Me acuerdo de esas flores más de lo que me gustaría admitir.
No me acuerdo de la discusión, ni siquiera de las lágrimas. Me acuerdo de las flores.
Qué destino tan raro el de una peonía azul. Imagínate nacer para ser hermosa y terminar convertida en una disculpa... Todavía quisiera preguntarle a alguien si eso es justo.
A la flor, quizá. Decirle: cuéntame, ¿qué sentiste cuando él te eligió? ¿Supiste que venías a una casa donde alguien acababa de llorar? ¿Notaste algo en sus manos cuando te sostuvo? ¿La culpa pesa? ¿La tristeza deja olor sobre los pétalos?
Porque yo las vi antes de verlo a él. Abrí la puerta y ahí estaban: redondas, delicadas, imposibles. Mis favoritas.
Mis malditas flores favoritas.
Y durante unos segundos olvidé que estaba enojada. Olvidé el motivo de mis lágrimas. Olvidé las palabras que me habían tenido dando vueltas por la habitación durante horas.
Solamente vi las peonías, después levanté la mirada y ahí estaba él. Curioso, ¿no?
Siempre he pensado que era un hombre extraño para amar, no extraño en el sentido malo. Extraño en el sentido de que parecía entender algunas partes de mí mejor que yo misma, mientras otras se le escapaban por completo.
Sabía qué flores me gustaban, cómo me tomaba el café, qué canción poner cuando tenía un día terrible, sabía conocer mi silencio incluso cuando yo decía que estaba bien... Y aún así lograba herirme.
Esa contradicción me perseguía constantemente, porque no puedo decir que no me conociera. Me conocía.
Me conocía tanto que eligió peonías azules. Ni siquiera unas cualquiera... Esas.
Las que yo habría señalado en cualquier escaparate, las que habría fotografiado, las que siempre me parecieron exageradamente bonitas.
Y mientras las sostenía pensé algo horrible. Pensé que las flores no deberían tener que trabajar tanto.
¿Qué culpa tenían de nuestras conversaciones pendientes?
¿Qué culpa tenían de los mensajes escritos y borrados?
¿Qué culpa tenían de los momentos en los que yo me acostaba preguntándome por qué amar a alguien podía sentirse tan sencillo unas veces y tan agotador otras?
Ninguna. Sin embargo terminaron ahí, entre nosotros. Intentando cerrar una distancia que nunca les perteneció.
Recuerdo haber pasado los dedos por los pétalos mientras él hablaba.
No escuché todo, eso tampoco se lo confesé jamás. Escuché fragmentos, palabras sueltas, disculpas, promesas, explicaciones.
Mientras tanto yo seguía mirando las flores, porque las flores eran más fáciles.
Las flores no decepcionaban, no se alejaban, no tenían miedo.
Simplemente existían, abiertas, hermosas, breves.
Y entonces me vino una pregunta que todavía sigue conmigo:
¿En qué momento una persona empieza a asociar sus cosas favoritas con el dolor?
Porque yo amaba las peonías. Las amaba antes de él, las amaba por sí mismas.
Y de pronto estaba sosteniendo un ramo precioso sintiendo un nudo en el pecho. Como si la belleza hubiera llegado acompañada de algo más, algo incómodo, algo que no terminaba de reconocer.
Quizá por eso le pedí que fuera la última vez. No recuerdo las palabras exactas pero recuerdo la sensación. Ese cansancio suave que aparece cuando una ya no quiere más gestos para reparar lo que desearía no tener que reparar.
Quería conservar mis flores, mis canciones, mis lugares favoritos. Quería dejar de vincularlos con las heridas.
Porque yo sabía que iba a perdonarlo; lo supe apenas vi el ramo. Lo supe antes de escuchar la primera disculpa. Lo supe antes de tocar su mano.
Tal vez esa fue la parte más triste, no que él hubiera llegado con mis flores favoritas, sino que yo ya conocía el final de la escena.
Lo amaba, en serio lo amaba demasiado, con toda la ternura que me despertaban sus intentos, con toda la frustración que me provocaban sus errores, con toda la admiración que sentía por ciertas partes de él, con todo el cansancio acumulado de otras.
Lo amaba mientras sostenía aquellas peonías, lo amaba mientras intentaba explicarle algo que llevaba meses intentando explicar, lo amaba mientras deseaba que aquella conversación sirviera de verdad.
Porque cuando una ama así, incluso las esperanzas pequeñas parecen suficientes... Basta una mirada, una disculpa, un ramo, una promesa.
Qué curioso era él, qué curiosa era yo. Porque ninguno de los dos habló de las flores después.
Las pusimos en agua, las dejamos junto a la ventana, las observamos abrirse durante los días siguientes.
Y yo me descubrí vigilándolas cada mañana, como si estuviera esperando una respuesta, como si una peonía pudiera explicarme aquello que nosotros no logramos decirnos.
Los pétalos siguieron abriéndose lentamente.
Y las flores, inocentes de todo, continuaron floreciendo en medio de una historia demasiado pesada para sus tallos.
Todavía pienso en ellas, en el color azul, en la forma en que descansaban entre mis manos. Y en esa pregunta que nunca encontré dónde poner:
si alguien puede amarte lo suficiente para memorizar tus flores favoritas, ¿cómo es posible que también pueda ser quien te haga llorar cuando las compra?