¿Puedes hacerme un favor?
No hace falta que sea una conversación larga. Dime cualquier tontería. Pregúntame cómo estuvo mi día, qué comí, si sigo dejando los libros abiertos sobre la cama o si todavía me pierdo en los museos hasta olvidar la hora. Haz una de esas preguntas pequeñas que parecían no tener importancia y, sin embargo, sostenían el mundo entero.
Quiero comprobar una cosa, quiero saber si todavía existes.
Llevo tanto tiempo intentando encontrarte que empiezo a pensar que te imaginé.
Sé que suena ridículo. Tu cara sigue siendo la misma. Tu voz también. Si escuchara una grabación tuya, la reconocería entre cientos. Si te cruzara en cualquier ciudad, sabría que eres tú antes de verte de frente. Nunca tuve problemas para recordar tu rostro.
Lo que olvidé fue cómo se sentía estar contigo.
A veces me pregunto si tú también lo notaste. Si hubo una mañana en la que te miraste al espejo y pensaste: "ya no soy el hombre que ella conoció". O si todo pasó tan despacio que ni siquiera alcanzaste a darte cuenta.
Al principio te defendía incluso cuando no estabas presente. Decía que estabas cansado, que atravesabas un momento difícil, que ya volverías a ser el de siempre. Lo decía con tanta seguridad que terminé creyéndomelo.
Me habría gustado que me desmintieras.
Que un día entraras por la puerta y me abrazaras igual que antes, sin esa distancia rara que empezó a crecer entre nosotros. Ni siquiera sé cuándo apareció. Un día simplemente estaba ahí, sentada con nosotros durante la cena, acostándose en medio de la cama, respondiendo por ti cuando ya no encontrabas palabras.
Qué extraño. Extraño a alguien que nunca se fue.
¿Te das cuenta de lo absurdo que suena?
Nunca tuve que aprender a vivir sin ti.
Tuve que aprender a vivir sin el hombre que eras mientras seguías ocupando tu lugar.
Todavía recuerdo una tarde en la que me miraste y pensé: ahí está. Volviste. Bastó una sonrisa para convencerme de que todo había sido una mala racha. Esa noche dormí tranquila por primera vez en mucho tiempo.
Al día siguiente ya no estabas otra vez, y no hablo de irte de casa. Hablo de ti.
De ese tú que conocía mis silencios mejor que nadie.
Del que se daba cuenta cuando fingía estar bien.
Del que podía leerme sin hacer preguntas.
¿Dónde aprendiste a dejar de verme?
Esa pregunta me acompaña desde hace meses.
La llevo conmigo igual que una fotografía vieja. La saco de vez en cuando, la observo un rato y vuelvo a guardarla, esperando descubrir algún detalle que antes había pasado por alto.
Nunca aparece, solo apareces tú. O, mejor dicho, el recuerdo de ti.
Qué injusto fue enamorarme de una versión tuya que ya no iba a volver.
Todavía hablo de ti como si fueras esa persona. Me descubro diciendo "a él le gustaría este restaurante" o "seguro se reiría con esto". Después me detengo. Me doy cuenta de que hace tanto no te conozco que ni siquiera sé si esas cosas siguen siendo ciertas.
Quizá ya no te guste el café como antes.
Quizá ya no escuches la misma música.
Quizá ya no sonrías de esa manera.
Quizá nunca dejaste de hacerlo y simplemente dejaste de hacerlo conmigo.
Esa posibilidad me parte el pecho, no imaginas cuánto.
Hubo un tiempo en el que yo era el lugar al que corrías para contar cualquier cosa. Recuerdo esa confianza con una claridad que casi lastima. Me llamabas por cualquier motivo. Me enviabas fotografías solo para decir "mira esto". Yo también lo hacía. Era tan fácil encontrarnos.
Después empezó el silencio. Se instaló como se instala el polvo sobre los muebles: despacio, sin pedir permiso, hasta que un día descubres que todo está cubierto y ya no recuerdas el color original.
Nunca te pregunté si eras feliz.
Me preocupé tanto por recuperarte que olvidé preguntarte si tú también te habías perdido.
Tal vez por eso nunca entendimos qué estaba pasando.
Yo seguía hablándole al hombre del principio.
Y los dos insistíamos en llamarnos por el mismo nombre.
Todavía quisiera sentarme contigo una última vez, no para volver, ni para arreglar nada. Solo para conocerte otra vez; Preguntarte quién eres ahora, escuchar tus respuestas como si fuéramos dos desconocidos.
Quizá descubriría que ya no tenemos nada en común.
Quizá entendería, por fin, que el hombre al que sigo extrañando dejó de existir mucho antes de que nuestra historia terminara.
Aunque, si soy completamente sincera...
Hay una parte de mí que sigue esperando un milagro pequeño.
Que un día levantes la vista, sonrías de esa forma que ya casi olvidé y digas mi nombre con la misma calidez de antes.
No para que volvamos, en serio. Solo para confirmar que no inventé al hombre del que me enamoré. Porque, algunas noches, el recuerdo se vuelve tan lejano que empiezo a asustarme.
Y lo único que quisiera preguntarte es si, en algún rincón de ti, todavía vive aquel hombre que me enseñó que amar podía sentirse como llegar a casa.