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Apenas Matty abrió la puerta y develó el mundo que se desarrollaba tras ella, debió hacer un gran esfuerzo de voluntad para no dar un giro de noventa grados y marchar en dirección y hacia un lugar opuestos. Sus talones, empero, se mantuvieron fijos en el lugar. “Te voy a tomar la palabra,” el tono fue de advertencia, si bien sabía no guardaba peso real y, de hecho, le parecía que todo aquello era lo mínimo que podía hacer por él. “Créeme, no me sorprendería,” guardó manos en ambos bolsillos, inhaló hondo y se preparó mentalmente para internarse en ese ambiente tan ajeno, tan diferente a lo que él categorizaba como atractivo. Una vez dentro, ojos escanearon el espacio, en busca del sitio con menor concentración humana, y se dirigió allí sin pronunciar palabra; no era impropio de él, por lo que no lo preocupaba la perspectiva de desorientar a su amigo.
Si bien un lugar así no significa incomodidad para Matty, sabe que para su amigo sí lo es, así que agradece enormemente que hubiese accedido a acompañarlo y que no saliera corriendo al ver de qué se trata su plan. Su mirada se pierde por el recinto durante un momento y logra reaccionar cuando ve a Maks alejarse hacia un lugar en particular. Le sigue para encontrarse con una jaula donde hay la menos seis cachorritos de raza que no logra identificar y decide interpretarlo como una elección ajena, incluso cuando sabe que no es así. ‘Aw, ¿crees que uno de ellos debería irse conmigo a casa?’ pregunta, sin esconder el entusiasmo que le causa aquella escena y los pequeños canes moviendo la colita como si pudiesen percibir sus vibras. ‘Ese se ve como el más entusiasta de todos’ señala a uno de los animalitos y, sin sopesar que aquello no esté permitido, toma al perrito en sus brazos para enseñárselo a su amigo. ‘¿Crees que a Floyd le caería bien? Es muy lindo y creo que le agrado.’











