Éramos como animalitos salvajes con ojos grandes y abiertos.
Saltamos de la barda más alta a montañas de arena, y nos escabullimos entre muros viejos.
Siempre teníamos costras en todo el cuerpo, las rodillas raspadas, ropa sucia, tenis rotos de tanto derrapar.
Cualquier lugar llano podía ser un campo de batalla.
Hacíamos caras, contábamos chistes mientras nos buscábamos tras jugar al escondite, siempre nos delataban nuestras risas chimuelas.
Construimos campamentos de cojines en los patios.
Éramos desafiantes gladiadores, al comer la comida del perro sin vomitar.
Reptábamos por los árboles y construimos la casita en uno de ellos.
Escuchamos canciones hasta aprenderlas. Hacíamos programas de radio.
Nos prometimos regalos inalcanzables. Montabamos bicicleta como naves espaciales. Olíamos a madera de excursión a tormentas otoñales, a agua de charco.
Todo nos gustaba y sorprendía. Nada nos daba miedo, hasta que alguien nos lo decía, entonces nos quedábamos perplejos.
Nos ardían las mejillas quemadas por el sol y los ojos por el cloro de la piscina. Echábamos vaho en los vidrios y empañados dibujabamos caritas, corazones, estrellas.
Tapabamos la luna con un dedo, escalabamos hasta llegar a las ruinas majestuosas del pueblo.
Nos poníamos los zapatos de los grandes, nos tuzabamos el pelo y el flequillo.
Recogíamos latas, trapos, inventamos mundos posibles.
El sudor caía por nuestra frente, la sal de la vida. Nos comíamos los mocos.
Estábamos locos y enamorados de todo, repletos de la lujuria de la curiosidad.
Orbitaba en nuestra mente, respuestas a todo sin miedo a equivocarnos
Crecimos y crecimos hasta llegar aquí. Cuando era chico pensaba en crecer para ser adulto y ser libre. Y ahora de vez en cuando regreso ahí a ese pequeño escondrijo que me recuerda qué tanto de lo que fui soy ahora.















