Los nervios se colaron por todo su cuerpo, sin embargo, tuvo que fingir demencia y esbozar la mejor de sus sonrisas cuando arribaron a la mansión Montesinos, donde sería la cena y el anuncio tan aclamado por su padre hacia ambos críos. Llegó de la mano de Aarón, orgulloso y valiente ante lo que tuviera que enfrentarse ahí dentro, que como ya había visto, Rebecca había llegado antes, puntual como siempre. Angélica los recibió con los brazos abiertos, y detrás ya aguardaban las miradas, la tensión y quizás un poco hasta la incomodidad del momento. “Hola hola. Qué guapa, mamá”. Sonrió halagándola y continuó con los saludos, hasta llegar a Rebecca, a quien le había prometido abrazarla fuertemente para hacerle saber que la echaba de menos y eso hizo. La abrazó casi borrándole las manos de Samuel de su piel, para así, dejar un beso sobre la frente de la chica, como si el ser hermanos pesara más que el pasado. Pasaron a la mesa y ahí, Alberto entregó a ambos un par de cajas, elegantes y con olor a nuevo. “Joder”. Expresó para sí, abriéndola y emocionado, chifló en son de victoria. “Esto es demasiado, papá. Que te has lucido, macho. Gracias, prometo que cuidaré como a mi propia vida el penthouse… Mejor dicho, cuidaremos, ¿verdad amor?”. Juan Pablo creía que todo era miel sobre hojuelas, hasta que su padre anunció la segunda sorpresa: vivirían justo enfrente del otro. ¿Una tortura más? ¿Por qué no?. “¿Es una puta broma no?”. Dijo sin filtro, pensando que nadie lo escucharía. Le agradaba la idea de cuidarla, de protegerla como siempre lo había hecho, pero las circunstancias ahora eran diferentes y aunque la reconciliación con Samuel había sido todo un éxito, no podía negarse sentir celos y una rabia que lo albergaba todos los días. “Bueno vale, que igual y no es tan grave, joder. Que podemos cuidarnos, cenar de vez en cuando, pero cada quien respetando la privacidad del otro ¿no?… ¿Qué dices, hermanita?”.
Rebecca estaba sentada con Samuel, compartiendo anécdotas y risas frente a la familia cuando el azabache arribó a la mansión, se había programado automáticamente para que todo saliera lo mejor posible, pues su padre había insistido en que tenían que verse y compartir las buenas nuevas, así que disimuló todo lo que pudo cuando lo visualizó en la entrada con Aarón y más aún cuando transcurrió el tiempo hasta que llegara hasta ella, recibiéndole en sus brazos aunque la dejara con un estremecimiento después de aquellos segundos que compartieron en intimidad. Sucesivamente tomó a Samu del brazo y dejó un beso ligero sobre él, animándole a pasar a la mesa para sentarse juntos y disfrutar de la exquisita cena. Todos disfrutaban y mantenían la plática lo más casual posible, y cuando recibió la caja en sus manos, su sonrisa no pudo expandirse más mientras la compartía con su novio y le besaba los labios fugazmente, no pudiendo ocultar la ilusión. Relamió sus labios al terminar y con la copa en mano, casi se atragantó antes de escuchar aquella noticia. Claramente ella no estaba satisfecha y miraba a su padre como si fuese un traidor, pero se dijo a sí misma que no perdería la calma, así que respiró profundamente y escuchó a Juan Pablo, queriendo golpearlo en ese momento con un jarrón; más sólo se hizo visible una de sus sonrisas hipócritas. “Vaya papá, no tenías que molestarte… En serio, no tenías que hacerlo”. Le comentó enarcando una de sus cejas, pues todavía podía hacerlo cambiar de opinión, pero el jefe de familia parecía imperturbable. “¿Estás seguro de que es tu decisión final?” Al recibir un asentimiento en su parte, se rindió y miró al azabache directamente a los ojos, que flamearon al escucharlo decirle “hermanita”. Deslizando su pie por la pierna del muchacho por debajo de la mesa en un instinto por desorbitar sus orbes, sólo que antes de llegar hasta arriba, empujó la silla, ocasionando que se desequilibrara ligeramente. “Claro que no hay problema, hemos vivido prácticamente todos juntos desde que éramos críos, así que estamos acostumbrados a la presencia del otro. Además, estaremos muy ocupados en nuestro respectivo penthouse. Así que, felicidades por tu nuevo nidito de amor… Hermanito”. Giró hacia el castaño, buscando rastros de incomodidad de su parte, y disculpándose ligeramente con la mirada. “Y, chin chin por nosotros”.
Ya en la mesa y con toda la disposición del mundo, Samuel se propuso a no inmiscuir su mente más allá si lograba ponerse incómoda la situación, pues ese era el rumbo que estaba por tomar aquella cena tan peculiar. Y es que no era para menos, Los Montesinos estaban caracterizados por hacer del cielo un infierno o viceversa. Observó todos y cada uno de los movimientos de Juan Pablo mientras que una copa de vino se transportaba hasta sus labios, pudiendo notar que no era el único que se sentía fuera de lugar en esa enorme mesa, ya que gracias a las decisiones de Alberto, todo se tornó gris y un con tono sarcástico a morir. Samuel sólo pudo sonreír cuando las llaves estuvieron en las manos de su novia, a quien con mucho anhelo, regaló un beso en los labios y uno mas en su diestra; sabía que la castaña estaba feliz de poder trascender a dar un paso más en su vida y ahora comenzar una nueva etapa como lo era vivir sola. Era evidente que si los celos hubieran sido el plato principal de la noche, estarían servidos en los tres tiempos. “Sé que tanto Aarón, como yo estamos incluidos en los planes de Juan Pablo y Rebe. Siendo así, quiero agradeceros, Alberto y Angie, por la hospitalidad y la oportunidad que me estáis dando en vuestra familia. Ese penthouse estará muy bien resguardado, que ahí no entra ni Dios”. Recalcó, claramente dando el yaga, pero guardándose para lo mejor, quizás un poco apresurado, pero debía hacerlo. “No quiero desaprovechar ésta oportunidad. Debo deciros que nunca me había sentido tan enamorado, y ahora, que estamos todos reunidos, Alberto… Quiero pedirte la mano de tu hija”. Sin titubeos, ni ironías, Samuel se confesó en medio de un caos, sabiendo que aquello sería una bomba nuclear y tendría efectos colaterales irreversibles. De un bolsillo de su chaqueta, extrajo una cajita pequeña de color azul navy con bordados de estrellas doradas en su cubierta. “Rebecca Montesinos, ¿te casarías conmigo?”.
El ojiazul tenía la ligera intuición de que las cosas iban a ponerse demasiado interesantes aquella noche, iba impecable, con uno de sus mejores trajes entallados, que resaltaban su porte y su elegancia frente a la gran mansión que los vio crecer, eran demasiados los sentimientos encontrados que se auguraban en cada rincón, así que se mantuvo sosteniendo a su novio firmemente de la mano, hasta que ocurrió lo que muchos temían, el roce de piel contra piel entre Rebecca y Juan Pablo, mismo que compartieron por unos segundos, pero que todos los miraban. Parecía inofensivo el tacto, aunque cargado de un sentimiento que no logró identificar. Estaban en la mesa y parecía que todos los espíritus del mal estaban arribando para ponerlos a prueba, cosa que le habría parecido en extremo divertido por una cosa: Estaba celoso. Profunda y arduamente celoso por la forma en que Juan Pablo veía a Rebecca. Nunca le había pasado en semejantes magnitudes, pero se sentía tan ajeno a aquello, que guardó silencio gran parte de la noche, excepto para ser cortés con los dueños de la casa. Aunque, todo fue de mal en peor, la forma en la que Samuel se había referido a Angie y Alberto, con tanta propiedad, educación y clase, lo hizo sentir como un pordiosero, y más aún; antes de compartir otro comentario sarcástico, algo se había movido en la silla de Juan Pablo, lo que hizo que por instinto, encerrara su mano en el muslo del azabache y se mordiera los labios. “Sólo nuestro, testigo de todas y una de las veces en que te haré feliz. Marcaremos cada rincón”. Susurró contra su oído, en un instinto porque nadie más escuchara la acalorada conversación. Entonces ocurrió lo impredecible, Samuel le estaba pidiendo matrimonio a Rebecca y todo en él tembló. “MIERDA”. Se le salió decir enfrente de todos a mitad de la proposición y se disculpó con una sonrisa tonta. Buscó con desesperación la mirada de Juan Pablo, que por supuesto estaba perdida, la escena se desenvolvía ajena a ambos, mientras Rebecca estallaba en risas y con unas cuantas lágrimas brotando por sus mejillas asentía en dirección a Samuel y los dejaban a todos como estatuas al besarse apasionadamente. Tenía que hacer algo, no sabía qué, pero algo tenía que hacer. Le tomó la mano al azabache, y sin pensárselo, tiró de él. “Vámonos, vámonos de aquí”.
Todo estaba pasando demasiado rápido. Sus hijos se estaban declarando la guerra entre miradas, y al segundo siguiente había una proposición. Ni siquiera pudo entenderlo, estaba riñendo a Rebecca, pues la razón por la que quería que vivieran uno a lado del otro era porque quería que ambos se apoyaran y cuidaran en cualquier circunstancia, pues él más que nadie tenía muy claro que eran necesarios para la vida del otro; pero nunca visualizó las miradas de reproche y sarcasmo que se avecinarían. “Los dos dejen a un lado sus niñerías, quiero que sean el apoyo del otro y... “ Se interrumpió, pues esas miradas de repente se habían convertido en un coqueteo extraño y él simplemente no entendía nada, miró a Angelica en busca de ayuda; pero su mujer tampoco poseía las palabras, hasta que vino el discurso de Samuel; Alberto se sentía muy complacido por sus palabras, asintiendo hacia el muchacho con una sonrisa, realmente le agradaba y más aún la sonrisa que dibujaba en su hija, pues brillaba más que cualquier diamante con sólo tocarlo y mirarle. “No tienes nada que agradecer, como padre me llena de orgullo y me complace darles a mis hijos y las personas que aman lo que se merecen. Sólo con verte me doy cuenta de lo mucho que amas a mi hija y eso es más que suficiente para mí”. Brindó en su dirección para sucesivamente mirar a Juan Pablo y Aarón y se dirigió a ellos. “Y ustedes, los veo felices; que su amor siga rindiendo frutos y cada día se amen más que el anterior. Brindo por su felicidad”. Chocó la copa con su hijo hasta escuchar las siguientes palabras de Samuel y se atragantó de un segundo, tosiendo como un anciano por sus palabras, pues el muchacho ya estaba sacando el anillo y su pequeña hija no podía parar de reír y llorar; más lo único en lo que pudo pensar en lugar de asentir hacia la pregunta del castaño fue ver a su pobre hijo. A penas un mes, él hablaba de casarse con Rebecca y de arreglar todos sus problemas y de repente ahí estaban, en caminos diferentes, ¿Qué podía hacer? Se había convertido en una estatua y no tenía ni puta idea de como revivirlo. Comenzó a aplaudir por inercia, pero al momento en que Rebecca se lanzó a los brazos de Samuel, todos quedaron helados, se inclinó hacia Juan Pablo, tratando de consolarlo de alguna forma, pero parecía vacío. “¿Hijo?”