Hace tiempo quise escribir una idea que se me vino a la mente, acerca de un sujeto que vendía tiempo. La historia sigue entre mis planes, pero no de la manera en que recuerdo.
Una versión de mí yo del pasado guardó un borrador de aquella idea y se convirtió en algo parecido a una historia corta, sobre amor y tiempo.
Así que sin más... aquí está:
Hace ya mucho tiempo, me encontraba caminando por una fresca tarde rumbo al centro de la ciudad, me gustaría decir que estación del año era, pero la verdad es que no tengo recuerdo de eso y siempre he sido malo para distinguir épocas. La mayor parte del tiempo me guío por la cantidad de frío que siento en el ambiente, por qué tan cálido es el mundo o que tan fresco es el viento. Ese día, el clima no era ni muy frío ni muy caliente, el verde de las hojas brillaba con el color del atardecer y me daba una sensación de vida. Solo podía decir que era una tarde agradable.
En mis caminatas siempre acostumbro a observar detenidamente las cosas, porque en cualquier momento puede ocurrir que algo llame mi atención, algo insignificante. Un capullo de rosa, o una baratija dentro de la enorme cantidad de cosas que puede haber en algún bazar. Ocurre de repente una extraña sucesión de pequeñas cosas que no van a ninguna parte. Durante dos o tres días dan vuelta por mi cabeza y después vuelven, sin ninguna prisa, a la oscuridad.
Esa tarde, me había percatado que entre los callejones que solía frecuentar había ocurrido algo distinto, había algo que parecía no estar en su lugar de entre los recuerdos que guardaba, algo que me hacía creer que el mundo se había movido unos centímetros, como si alguien hubiese cortado una rodaja de la ciudad y de repente existiera una pieza menos de pastel. Proseguí con mi caminar en busca de aquello que le hacía falta al mundo, pensando que tal vez, era una de aquellas paranoias mías que me sucedían cuando me comenzaba a dar hambre.
El viento comenzaba a soplar y mi estómago a rugir, por lo que decidí ir al lugar en dónde acostumbraba estar a esa hora y comerme una torta, una de las mejores que había encontrado jamás, una torta de pollo con jalapeños increíbles, que si pudiese describir eran la más pura descripción del sabor de un jalapeño o eso me repetía siempre que estaba ahí, suponiendo que estuviéramos hablando de jalapeños. Habiendo terminado de comer, comencé a caminar de regreso a casa, aún con la intriga de aquel sentimiento de que algo faltaba y que me hacía pensar que era mi deber encontrarlo.
Aunque, desde otra perspectiva y después de pasar largo rato analizándolo, me di cuenta de que era como si en lugar de faltar, hubiese algo que estaba de más. Era una forma extraña de cambiar mi opinión, pero lo relacioné con que mi estómago estaba vacío y dentro de mi faltaba algo para llenarlo y ver mejor el panorama. Conforme mis pies golpeaban el pavimento, avancé entre las largas filas de gente que se abarrotaba por la zona en dónde vendían artesanías de todos colores, era algo normal que la gente se detuviera de manera brusca a cada paso, cada una de esas pequeñas piezas estaban talladas y coloreadas con el corazón de aquellos artesanos que se dedicaban a mantener vivo aquel oscuro lugar por el cual me encantaba caminar.
El abrirme paso era difícil y de vez en cuando tenía que entrar en algún local para evitar un cumulo de personas que venían como en estampida hacia mí, era la única forma de esquivarlas para seguir mi camino a casa. Hasta que, sin darme cuenta, mientras evadía a una señora con su carreola, que estaba tan despistada con los brillantes colores de las artesanías como para notar que estaba a punto de aplastarme, entré de un salto para no caer, en un lugar de lo más extraño De las paredes colgaban relojes de todo tipo y un sinfín de cadenas caían del techo, terminando en pequeños relojes de bolsillo que repetían sin cesar “tic toc, tic toc”. En ese lugar me recibió un pequeño y amable sujeto que parecía ser el dueño y a su vez, aquel que vendía esos extraños relojes que producían un sonido mecánico, en dónde cada reloj marcaba una hora distinta del día. En ese momento pensé que, si vendía relojes también podría vender tiempo, vaya disparate. Le pedí que me vendiera una hora, porque no quería que ese día se terminara… Y que si fuera posible, me vendiera dos por si necesitaba que el calor de la tarde me entibiara el corazón. Para mi sorpresa, no me tomó a loco y me dijo que “estaba bien” que me vendería el tiempo que le pedí y que, como lo había encontrado de buen humor, me vendería tres horas y me regalaría una hora extra.
El vendedor de tiempo me dijo que se encontraba de muy buen humor ese día, vaya casualidad y me dijo que, si así me apetecía, podía venderme una hora extra para usarla como me plazca. Dijo que las únicas condiciones que tenía era que no podría dividir esa hora en minutos y a su vez, esos minutos en segundos, es decir, que debía utilizarla toda de corrido y sin apresurar o acortar ese tiempo que tenía.
Me dijo que podría usarla para cualquier momento que quisiera, para volver y rememorar una hora específica si aún la recordaba, o para adelantarme y vivir esa hora en el futuro, sin saber lo que me podría esperar. También me explicó cómo es que funcionaba el tiempo y me dijo que era como colgar un reloj de una vieja cuerda, apretada de los extremos y tensándose a tal punto de que parecía que iba a reventar en cualquier momento. Cuando se agitaba esa cuerda, el mundo comenzaba a vibrar de una manera distinta y las cosas cambiaban de lugar, en otras palabras, el mundo se movía. En ese instante recordé una foto que llevaba conmigo, una vieja foto en dónde me encontraba sonriendo, recostado junto a una alguien que estuvo conmigo, era una tarde muy parecida a la de ese día en que encontré al vendedor de tiempo. En la foto, estábamos en una vieja grada de concreto roído por el tiempo y casi de manera inconsciente, mi mano tocaba mi cara, lo que me permitía apreciar la hora en mi reloj, cómo si hubiese sido un punto de referencia o alguna clase de mensaje para mí, enviada desde el pasado, el reloj marcaba exactamente las 6:24 de la tarde, pensé que sería buena idea usar esa hora extra que me vendía aquel sujeto y volver. Pero de inmediato recordé sus palabras y entendí que, de ser así, podría arruinar ese momento si hacía vibrar la cuerda con mi llegada, que alteraría todos los sucesos que ocurrieron esa fresca tarde, a las 6:24 pm. Así que, resignado y con un nudo en el corazón, decidí caminar sin rumbo una hora más, para disfrutar de aquella tarde tan bonita, en dónde el sol entibiaba un poco mi corazón.
El día de hoy, volví al puesto del vendedor de tiempo y me encontré con la amarga noticia de que no se encontraba, pegada en un cartel que colgaba de una vieja cuerda, había un letrero en dónde decía que el vendedor se había ido “por un tiempo”. Pero me temo que al igual que esa tarde en dónde no pude volver, el tampoco regresará… Y el tiempo seguirá amarrado de una cuerda.