El dolor es constante, como una alarma que no puede apagarse. A fuerza de hábito nubla los sentidos, te vuelve incapaz de prestar atención a algo que no sea su propia existencia. El dolor se vuelve lo único que conoces, tu método de expresión, tu comodidad y tu lugar seguro. Te sientes cómodo en el dolor, consigues paz en la melancolía. Finalmente eres libre. Encadenándote eres libre.
Pero algo debo admitir: vivir sintiendo dolor no me hace tener el poder para decidir quién más sufre.













