Enamorarse es un proceso precioso. Notas las mariposas literalmente revoloteando por tu estómago. Tu cerebro empieza a imaginarse mil situaciones que vivirás junto a esa persona. Tu corazón va a mil por hora. No puedes imaginarte con nadie más, y francamente, no hay nadie más. Enamorarse es algo que puede durar años. Es mirar a esa persona con lágrimas en los ojos, porque temes que se vaya. Sentir que es irremplazable.
El otro día me preguntaron que cómo sabes cuándo estás enamorado. Simplemente, lo sabes.
Lo sabes porque esa persona te hace ser tu mejor y peor versión todo en una. Porque esa persona te parece completamente única. Lo sabes porque lo que sientes nunca lo habías sentido antes, y sabes que nunca más lo sentirás.
Pero enamorarse, es tóxico. Es malo para la salud propia. Das tanto de ti que te quedas sin nada. Creas vínculos de dependencia, de necesidad. Necesitas a esa persona en tu vida. A esa y ninguna más. No hay más peces en el mar. Asumes que esa persona es como un familiar. Tu amor es incondicional. Y ¿qué hay más terrible que un amor incondicional?
Con el tiempo, como casi todas las cosas en la vida, esa persona se irá. Es ley de vida. Por eso duele tanto enamorarse, porque sabes que en algún momento hay una posibilidad, por pequeña que parezca de que esa persona se vaya. Y sabes que cuando lo haga, nunca serás la misma persona. Te convertirás en alguien posiblemente más maduro, sin toxicidad. Pero conlleva un precio, nunca volverás a sentir lo mismo.
Y ahí es cuando te preguntas si eso es bueno o terriblemente malo.
Quieres volver a enamorarte. Pero una vez que te deshaces de la toxicidad, de la necesidad, cuando te conviertes en alguien independiente, te das cuenta de que te quieres más que a cualquier otra persona. Y al igual que hay partes del cuerpo que no puede rascar uno mismo, hay lugares del alma que solo puede rascar otro. No es suficiente el amor propio. Y no puedes jamás volver a ese punto de necesidad y toxicidad. Así que vives condenado a conformarte.
Conformarse con un amor más maduro. Sin discusiones. Sin dolor. Sólo con las partes buenas. Alegría. Pasión. Pero ¿y el amor? Seguramente lo sientas. Pero no será nunca lo mismo. No otra vez.
Y ahí entra el eterno debate: condenarse a ser eternamente infelices pero teniendo algo sano, o amar con la locura que implica la propia palabra destruyendote en el proceso?