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jean.
Miró al contrario por unos segundos, pero su mirada se desvió en cuanto encendieron su cigarrillo y pudo tomar la primer calada. Lo tomó entre un par de dedos, sacando el humo tras haberlo procesado por otros instantes. Eso necesitaba, tanto que incluso se sintió calmada por completo en cuanto el humo invadió sus pulmones por primera vez. “Gracias.” Respondió, sonriendo ligera y efimeramente ante el comentario que prosiguió. Sí, incluso ella había sentido la llama cerca de su nariz, a punto de quemarla. Una vez más, llevó el cigarrillo a entre sus labios mientras negaba con la cabeza. Entonces sus ojos comenzaron a doler, dolerle de verdad. “Solo asegura que me rompas la nariz. Lo merezco.” Bromeó con una sonrisa ladeada, aunque casi de inmediato se puso seria ante el malísimo chiste que había manejado, negando una vez más en cuanto terminó de hablar. “Mala semana, mal mes…” Suspiró, dejando que su mirada cayese hasta los pies contrarios. “Pero aquí tenemos que estar, ¿no es verdad?” Continuó, llegando hasta las facciones masculinas de nuevo, cuales se situaban frente a ella.
Sus cejas castañas ascendieron sin aparente sorpresa, una respuesta que en el fondo había esperado por parte de la dueña de áureo cabello. “Tu rostro no quedaría bonito si te golpeo la nariz” siguió el juego, una sonrisa apenas perceptible se asomó en sus labios. Levantó su hombro diestro, dejándolo caer enseguida; no era más que un gesto para evitar obsequiarle tanta importancia a todo el asunto. “Todos tenemos de eso algunas veces, unas más intensas que otras...” comenzó, siento interrumpido por un suspiro breve, pues el humo que su cuerpo guardaba debía ser expulsado tarde o temprano. “Pero no es tan así como dices... Estamos en una universidad, no es una cárcel, tampoco la secundaria. Si no sientes ánimo de venir a clases, puedes tomarte un par de días libres, ya sabes, para digerir los problemas y después ponerte al día” le resultaba lógico, el noruego usualmente anteponía su salud y bienestar antes que todo, en especial cuando se trataban de materias que no era de su agrado cursar.
anya.
─Vale, vale.─asintió un poco más calmada, no se podía semejar a la profesionalidad de la bibliotecaria así que eso la tenía alarmada, de por si ella era torpe así que temía dejar a alguien desconforme. Haciendo caso a sus palabras, tomó dos ejemplares del estante y luego reviso la portada del libro, había tenido suerte en agarrar los de primer año.─Aquí están.─anunció luego de dejarlos sobre el mostrador.─Creí por un momento que eras profesor, ¿es la primera vez que estás de ayudante?─le preguntó con un fisgoneo fácil de detectar, Anya había ayudado a algunos alumnos de primer año pero jamás de forma oficial en alguna clase.─De antemano te deseo suerte.─no se imaginaba en esa posición, su ímpetu la bloqueaba bastante en algunas ocasiones.
Sus cejas ascendieron con ligereza. “¿Profesor?” reiteró, apenas una sonrisa ladeó sus labios. “No sabía que me veía tan mayor..., voy a tomarlo como un cumplido, por supuesto” chasqueó su lengua, de esa forma pudo drenar relevancia a todo el tema. “Sí, primera y última, porque presiento que renunciaré a la primera semana. No vine hasta Canadá para enseñarle psicología a un montón de niños” explicó, con un ceño parcialmente fruncido; paciencia no le sobraba en lo absoluto, y además era bastante mimado. “Gracias” respondió, revisando los libros que la muchacha le entregó, sus orbes buscaron las facciones femeninas apenas las palabras fueron desprendidas. “¿Son tan terribles...?” preguntó, ahora curioso, humedeciendo su labio inferior.
eryn.
Oh…-el irlandés no sabía que fuese a ver clase ahí aunque si no era algo perteneciente a su carrera era bastante normal que no lo supiese, quizás eso explicaba que estuviese tan vacía la sala cuando llegó- bueno, no creo que deba quedarme de oyente aunque si es una clase que me interesa igual lo pienso pero tampoco quiero molestar.
Sus hombros se encogieron, restándole importancia a esa situación en particular, tampoco gustaba desocupar salones cuando ya estaban siendo utilizados por alguien más. “No vas a molestar. Y sí, la verdad es que es bastante interesante...” prosiguió, sus ocelos parcialmente entrecerrados dirigidos a él. “¿Qué estas viendo? No me digas que porno o esto será verdaderamente incómodo” se permitió bromear, una sonrisa entretenida figuró en el rostro noruego.
jean.
Inutilmente, comenzó a realizar intentos fallidos de ejercicios de respiración, haciendo que su pulso aumentara al doble y que su cabeza girara más de lo normal. Necesitaba calmarse o aquello podía terminar de la peor manera. Agradeció que no preguntase inmediatamente sobre lo que le acontecía, aunque de alguna manera, se la esperaba. Ambas manos suyas se colocaron sobre su rostro, mientras ella luchaba internamente contra sus demonios internos para calmarse. Asintió con lentitud, sintiéndose torpe, congelada, temblorosa y patética. Su pálida mano se extendió y sacó un cilindro de nicotina de la cajetilla ajena, mientras la colocaba entre sus labios y buscaba un encendedor en sus bolsillos. Genial, todo lo había dejado en el salón. “N-no es nada.” Respondió, insegura. Le molestaba continuamente el hecho de ser tan cerrada respecto a sus asuntos. “¿T-tienes fuego?” Murmuró, sosteniendo el cigarro entre sus temblorosos labios.
Tuvo que permanecer en silencio, una pausa prudente y necesaria; estaba seguro de cómo continuar con la desconocida, mas no sabía si el interés por parte de ambos estaba decretado. “Tengo” asintió, porque su mente había sido iluminada antes de abandonar su habitación, un destello que rememoró un cigarrillo quemado. De su bolsillo extrajo un encendedor, el cual obsequió a la estudiante; no fue hasta que la llama viva encendió la lumbre del cáncer que lo guardó. “Si te movías un poco más iba a quemarte” chasqueó su lengua, sus orbes caceo permaneciendo sobre las facciones femeninas. “¿Tengo que reclutar personas para golpear a alguien o simplemente tuviste una mala semana?” preguntó después, el interés podía percibirse genuino y honesto., la curiosidad pintó cada detalle del rostro noruego; lo cierto era que no estaba de ánimos para comenzar un tira y afloja, por lo que sería una oportunidad única para poder prestar un poco de ayuda.
galit.
Todo se oscureció después de la muerte de su esposo, la vida dejó de tener sentido…aunque muchos la consideraban dramática, ella prefería aislarse del mundo en el que estaba condenada a habitar. Se mofaba de aquellos que constantemente se quejaban de sus problemas, ¿por qué no se daban cuenta qué existía un mundo allá afuera? Detrás de su burbuja personal, se encontraban un sinfín de personas que verdaderamente luchaban día a día para sobrevivir. Imbéciles. Recordaba los besos de su amado como un hermoso amanecer, después de las seis de la mañana, su día mejoraba. El olor a café, el constante goteo de la llave que necesitaba reparación –le recordaba unas quince veces al día que necesitaban repararla, pero él siempre se negaba a contratar la ayuda de un profesional-, el sonido de los labios dándose un beso, un suspiro, una despedida, y después de varios años de estar acostumbrada a un estilo de vida, todo se tornó oscuro. (Negro, era un ser que vagaba por el sendero de la soledad, buscando un alma que estuviera igual de torturada). Recibió al silencio como un viejo amigo, abriéndole las puertas con los brazos abiertos. La fémina parecía esperar algo más, pero ¿qué? Puesto que no podía ofrecerle ninguna explicación satisfactoria sobre su vida, salvo citar algunas frases de autores que rondaban por su mente. (Un verdadero desastre para los psicólogos, los doctores que supuestamente se iban a hacer cargo de ella, ahora estaban muy ocupados tratando de mantener una distancia considerable de su paciente). “¿Ida? ¿Entonces cómo te estoy respondiendo?” Se encontraba bastante bien –mejor que en otras ocasiones-, había comido un plato de pasta in bianco después de su inquietante episodio de mareos de la noche anterior. Luego había tomado vitaminas y suplementos dietéticos, y se había acostado. Durmió unas seis horas, que era más de lo que había descansado en un mes. Todavía tomaba dos calmantes al día, pero ahora se le podía notar más fresca y controlada, con más confianza que nunca. “Galit.” Dijo la árabe mirándolo directamente a los ojos. (Observando cuidadosamente los rasgos de la persona que se encontraba a su lado, un ser humano que seguramente estaba pensado en cientos de cosas en ese preciso momento). Galit era solitaria y callada, y se ajustaba perfectamente a la imagen que se había formado la gente de ella. Su manera de pensar única y exclusivamente en el entorno que la rodeaba, tenía cierto atractivo. “Me lo imagino, no creo que sea normal andar por la universidad ofreciendo ayuda a desconocidos.” Terció la cobriza sarcásticamente. “Acabo de perder la oportunidad de mi vida. Tranquilo, estoy segura que no me arrepentiré.” Prosiguió, consiente que su interlocutor trataba de entablar una conversación con ella. Se adentraban en la era de las charlas modernas, donde las decisiones las tomaban los celulares, aparatos diseñados para arrebatarles el poco cerebro que poseía los seres humanos. “Ya somos dos. El día de hoy he decidido venir hasta acá, normalmente voy a la azotea de mi edificio.” No era del todo cerrada, de vez en cuando podía platicar con las personas, decidiendo no decir información de más. ¿Su vida? Aún seguía siendo un misterio para aquellos que trataban de averiguar algo sobre ella, prefería mantenerse aislada, creando su propia realidad alejada de la de los demás. El humo salió expulsado de sus labios, mezclándose con el aire que se estaba llevando las palabras que salían de su boca. “Morfeo constantemente juega con mis sueños, dejándome ver el peor lado de mi vida.” Estaba segura que en su juventud hubiese podido experimentar las cosas de las que hablaban las chicas de su edad, pero tristemente, todo le fue arrebatado al momento en el que la apartaron de su familia. La mirada de una dulce de siete años, se transformó en un reflejo de todos los golpes que recibía por parte de la vida. Recordaba todo a la perfección, cada una de las heridas seguían intactas dentro de su quebrado corazón. “No me preocupan los policías, estoy segura que la mente del criminal es mucho más hábil que la de ellos.” Un par de minutos después, ya se encontraba charlando con el rubio, deseando que nunca se hubiera acercado a ella. Llegando a ese punto, Galit era una persona totalmente diferente a la que demostraba ser. “Nunca juzgues a un libro por su portada, estás emitiendo un criterio sin fundamentos.” Agregó la cobriza, citando una de las frases que su difunto esposo utilizaba constantemente. ¿Lo extrañaba? No. O eso contaban las malas lenguas. Las que juraban que ella misma lo había mandado matar, con el único propósito de quedarse con todo su dinero. “Te acabas de responder. No puedo dormir, y como mencioné anteriormente, salí a dar un paseo nocturno.” Entonces su mirada se perdió en el horizonte, pensando en los cientos de ciudadanos que podían transitar libremente en la ciudad.
Sus ojos rodaron, evidente ignorancia ante la historia de vida que traía consigo la muchacha árabe, tampoco estaba de ánimos para indagar más en una vida que carecía de demasiada importancia, tenía sus propios problemas en Noruega que atender. “No te lo tomes tan literal” empezó, sus párpados entrecerrándose parcialmente, humedeciendo su labio inferior antes de proseguir. “Que estés ida no quiere decir que estés inconsciente, sólo... Bah, no importa, creo que las explicaciones son innecesarias” un suspiro pintado de gris abandonó sus pulmones, finalmente su organismo podía sentirse completo, la nicotina entrelazándose con su cuerpo. “Galit” pausó para enseguida continuar, un vestigio de una sonrisa se hizo entre las comisuras de su boca. “En mi opinión todos tenemos un concepto diferente de normalidad, para mí es normal preguntar cuando veo que algo anda mal, imagino que es una condena del psicólogo, no tengo idea” y en realidad no lo sabía, era más costumbre que otra cosa, tampoco planeaba ayudar a quien se cruzase en su camino, sin embargo, las interrogantes nunca estaban de sobra. “Es bueno variar. Yo paseo o molesto a mis compañeros de habitación, en realidad, pero no suelo salir tan tarde” sus hombros se encogieron, podía percibir quizá que la castaña no llevaba ánimos de entablar una conversación, tampoco pretendía obligarla, pues él era de los que buscaban atención y el asunto no era al revés. “Ah, sí. Morfeo suele hacer ese tipo de trucos, aunque por lo general es una mezcla de imágenes distorsionadas de lo que vives en el día a día. Es interesante cuando empiezas a analizarlos” chasqueó su lengua, un golpecito a columna de su vicio para que la ceniza adornara el suelo; estaba a medio consumir, y su cama lo estaría esperando apenas finalizara su dosis noctámbula de tabaco, esa que tanto necesitaba. “¿Eres una criminal entonces? Bah, depende del criminal, he visto algunos videos que me parecen bastante ridículos, robos entre otras cosas” siempre los pasaban por televisión, delincuentes que carecían de un sistema nervioso eficiente para lograr su cometido sin ser atrapados por la justicia. Sus cejas ascendieron en una inquietante sorpresa, su vista a su vez descendió por el menudo cuerpo de la estudiante. “No estoy juzgando al libro por su portada, estoy viendo directamente el libro y puedo saber lo delgado que es. Puedes tener fuerza quizá para golpearme, si la colocas toda en tu mano, pero no para cargarme, menos estando muerto. En fin, ni siquiera sé por qué llegamos a ese tema” bufó, se le antojaba de lo más irrelevante, en realidad, sus deseos de contrariar a la dueña de hebras cobrizas no estaba en sus planes más latentes por el momento. “Bien” se levantó, una última calada bastó para que su cigarrillo estuviera totalmente extinto, la colilla decidió mantenerla en su mano para deshacerse de ella de camino al dormitorio. “Me voy ya, se está haciendo tarde y tengo clases mañana relativamente temprano. Aquí no tengo ninguna sirvienta que me despierte, así que... Te veo por ahí, Galit” expulsó lo que sus pulmones resguardaron de humo, el frío del invierno comenzaba a notarse; y aunque pudo aconsejar a la árabe de regresar a su habitación, prefirió permanecer en silencio; podía asegurar que se negaría utilizando cualquier argumento.
Nombre: Rainer O. Hagebaak. Fecha de Nacimiento: 5 de Junio de 1990 (26). Nacionalidad: Noruego. Carrera universitaria: Postgrado (Magister) en sociología. Rostro ocupado: Evan Peters.
Las dos caras de una misma moneda.
cara: Elocuente, inteligente, persuasivo. sello: Mentiroso, manipulador, egocéntrico.
El último respiro, una pausa con apariencia de eternidad.
Década de los cuarenta, rozando los cincuenta. La guerra llegó su fin, pero la envidia continuaba encerrada en el cuerpo de todos los seres humanos; y nadie podía culparlos, así es simplemente la naturaleza. El expresionismo se adueñó de la música, del cine, de los artistas en general. Y ahí, deleitándose con una copa de la mejor champaña francesa, ignoraba que sería lo último que su estómago probaría: Él era un aclamado pintor de la época, había sobrevivido al holocausto, había visto el infierno de cerca por no decir que ahí mismo había vivido. Lo logró, surgió con el talento de sus dedos, lienzos y brochas como fieles compañeros; la muestra abstracta de sentimientos y el dolor que impulsó la segunda guerra mundial, la pérdida de sus seres queridos, lo transformó en un destacado artista, a pesar de sus fantasmas pudo salir adelante. La exhibición de sus obras se estaba dando a cabo en el famoso museo metropolitano de Nueva York, un salón específico para ese tipo de eventos tan exclusivos; la celebración se encontraba en su máximo apogeo cuando el licor pareció atascarse en su garganta: carraspeó para aclararse en medio de su discurso, una sonrisa víctima de los nervios se vislumbró en los labios del joven, humedecidos por el vino blanco que no dejaba de consumir para recuperar la voz que parecía haber perdido. La audiencia permanecía en silencio, expectante, uno de ellos más atento que el resto; el aludido buscó un apoyo en la silla más cercana, la respiración cada vez se mostraba más forzada. Uno de sus asistentes finalmente atinó a mover los músculos y aproximarse al aparentemente herido; la confusión se apoderó de todos apenas los jadeos y gimoteos similares a impetuosos alaridos eran liberados de los pulmones del americano, la parálisis llegó primero a las extremidades, en tanto sus órganos iban retorciéndose de dolor hasta que, con una lentitud despiadada, los latidos abandonaron su corazón. Un caos fue esa reunión, un funeral que nadie hubiese deseado asistir con tanta prontitud. La ponzoña yacía en la copa de cristal, una letal, proporcionado por el odio de una persona bastante similar, otro artista con menos fama y menos aplausos, simplemente lo necesitaba fuera del mercado.
Un nuevo comienzo, vida y oportunidad.
La capital de Noruega fue testigo de su nacimiento en una calurosa llegada de Junio. El primer hijo de los Hagebaak, así como también el más consentido. Su madre, una mujer sencilla criada en los barrios más precarios de Oslo, mientras que su padre cargaba el título de un abogado poderoso, exitoso. Podría decirse que desde ese lado absorbió el encanto de la mentira y manipulación, no por genética, sino porque cuando la niñera no asistía, Rainer acompañaba a su progenitor a la oficina, o bien se escabullía por ahí a escuchar conversaciones que, de alguna u otra forma, quedaron grabadas a fuego en su memoria. Nada era intencional, siempre intentaron inculcarle los valores tradicionales y un amor incondicional. Creció con esa premisa, aunque comenzó hablar tardíamente debido a que todos sus caprichos eran concedidos con facilidad. Con dos años vividos, un par de nuevas integrantes llegaron al hogar: gemelas preciosas que heredaron la belleza nata de su progenitora. El hasta ahora príncipe de la casa trataba a las infantes como si de un par de muñecas se tratasen, eran su juguete nuevo, pero también su compañía: tardó un par de horas en adorarlas.
Los mimos continuaron, su madre había decidido abrir una especie de empresa de bordados en donde trabajaba desde la casa, lo cierto es que al hombre de la casa no le agradó la idea en lo absoluto; el mundo había cambiado, él estaba cansado de llevar las riendas económicas del hogar, y estaba seguro de que ese negocio tan mal organizado no aportaría en lo absoluto, mas por el amor que sentía hacia su esposa lo dejó pasar por un tiempo. El menor de cabello dorado no tardó en asimilar el rol de un hermano mayor, pasaba todo el día con las gemelas, inclusive gracias a ellas fue que se largó con las palabras, su único objetivo consistía en enseñarles a hablar, aunque por obvias razones iba a fallar los primeros meses. Las discusiones tomaron un lugar protagónico en las cenas, el dinero siempre había sobrado, pero los años comenzaban a pesar y debían ahorrar para colegiaturas, universidades y jubilación. Rainer comprendía toda la situación por encima, apenas empezaba a tener conciencia de las cosas que estaban pasando, faltaban sólo un par de semanas para ingresar a primaria y no tenía nada; su adorada progenitora estaba descuidándose de la familia, eso era lo que no su egocéntrica cabecita infantil no entendía. El divorcio podía olerse a kilómetros de distancia, pero para esa época era una temática tabú, prohibida tanto en la nación como en el mismo núcleo donde vivían. La rabia se instaló en el pecho inocente, necesitaba la atención que siempre había requerido. Por ende, en los primeros años de escuela, se convirtió en ese tipo de niños que jamás querrías tener como hijo: travieso, desordenado, citaciones al apoderado todos los viernes, peleador, brusco, irrespetuoso, y un sinfín de cualidades que no valía la pena mencionar. El motivo de su comportamiento era una llamada de auxilio desde su ego, quería que sus padres volviesen a preocuparse por él, y sino eran ellos, entonces serían los profesores o los mismos alumnos que le dieran todo lo que pedía. De sobra estaba decir que imposible era lograrlo, mas no faltaba esa docente de blando corazón que le permitía alguna aventura o que hiciese el dibujo que más le gustara para una disertación importante, pues estaba al tanto de que la situación en su casa marchaba de mal en peor. Y no fue hasta que la separación definitiva llegó a la puerta, que todo el cuerpo estudiantil empleó la empatía con el joven noruego, los niños volvieron a acercarse a él a pesar de lo insoportable que podía ser con ellos. No cumplía los diez años y estaba consciente de lo que una tragedia familiar significaba con todas sus letras. Un sentimiento de culpa entonces lo invadió; pues fue su madre quien tuvo que marcharse, esa madre que le entregó tanto cariño infinito ahora estaba presente un domingo de cada mes; su padre, en tanto, estaba más preocupado del trabajo porque así era como enfrentaba su depresión: consumiendo clientes, alimentándose del sueño que cada caso judicial le absorbía, las niñeras eran las únicas ocupadas de los niños, por lo que Rainer empezó a tomar responsabilidad sobre sus hermanas, en especial cuando empezaron a crecer todos dentro de ese colegio.
Ese carácter travieso se fue aplacado con los años, aunque siempre quedó un vestigio de esa sonrisilla ladina cada vez que hacía algo malo; las hormonas sacudieron su sistema alrededor de los catorce o quince años, edad donde puso más atención en los buitres que prontamente seguirían a sus hermanas; conoció el primer amor, el típico del que todos hablan, pero con él todo era diferente, pues no creía en ello: ¿a base de qué? ¿las mentiras constantes de su padre en el trabajo o el divorcio que lo dejó si madre? Se limitó a encariñarse, a botar, a recoger, a besar, a pesar, pero no a sentir; un miedo irracional lo invadía de acabar como alguno de sus padres…, sin embargo, se divertía, siempre ha descrito su adolescencia como la mejor época de su vida, se desligó de las normas, podía entrar a bares gracias a que su apariencia no correspondía a un quinceañero precisamente, de lo contrario, siempre estaba dispuesta una casa para lanzar alguna fiesta o reunión que conllevara muchísimo alcohol. Y así vivía, preocupado solamente por el bienestar de las gemelas. Nunca entendió (sino hasta mayor) que su encanto innato era capaz de robar corazones, y que hizo daños irremediables a jovencitas inseguras que de alguna forma empezaron a depender de él.
La edad complicada fue superada, y aunque ahora continuaba la de las menores, podía entablar ciertas conversaciones con su progenitor que antes se hallaba oculto entre papeles y llamadas; así como también se enteró de que su madre había rehecho su vida en otro país, lejos de los fantasmas que, lamentablemente, vendrían siendo ellos. Fue fácil notar la adicción que el abogado estaba comenzando a tener en el alcohol, ¿y cómo no? Terminó siendo una fiel compañía en un empleo tan solitario, lo único bueno que resultó de todo eso era que los ingresos habían aumentado. Rainer se cansó de tratar con los temas familiares, mas debía permanecer bajo ese techo si deseaba que sus hermanas no vivieran ese infierno, estaba convencido de ser el único que podría salvarlas de ello. Suerte tuvo de que sus amigos continuaron apoyándolo, al igual que esas novias esporádicas que a veces aparecían a brindarle algo de apoyo que, por supuesto, no necesitaba; y ahí era cuando se mostraba entonces el arte de la manipulación heredada por, metafóricamente hablando, osmosis. Estaba claro que su intención no era esa, resultó ser un rasgo más de esa personalidad conflictiva que tanto problema le había traído de pequeño, un escape de los castigos, un punto más en el examen; porque era de saberse que los estudios nunca habían sido su fuerte, sus intereses recaían en la pintura y la música, pero nada más allá de eso. ¿Números? Prefería ser atropellado por un tren, ¿letras? Sólo podía rescatar su bonita caligrafía y buena ortografía, pero le disgustaba escribir y leer libros pasados de moda; Don Quijote de la Mancha nunca fue una opción para el europeo. Sigue siendo un misterio cómo pasaba los cursos con las calificaciones mínimas, pero se convencía de la poca importancia que la universidad le daría a esos detalles. ¡Y así fue! Ningún problema tuvo para ingresar a una de las universidades tradicionales en Noruega; el buen puntaje en el examen logró darle ese pase, porque sí, cuando Rainer estudiaba, los resultados podían ser sorprendentes para todo aquel que lo conociera o que no lo conociera. Psicología fue la carrera elegida, y si se sentaba a pensar con detenimiento, resultaba bastante lógico al tener ese desastre en su cabeza desde tan pequeño.
Fue ahí donde se convirtió en un hombre por completo. La absoluta soledad y nuevas materias le obligaron a la responsabilidad aflorar con ligereza, y eso era lo que necesitaba, un pequeño empujón. Lo típico fue comenzar a analizar su propia vida, en especial cuando las etapas del desarrollos eran recién aprendidas: encontró respuestas clarísimas a cada cosa que vivía a una edad específica, cayendo en cuenta del monstruo que pudo ser con algunas personas en el pasado…, mas era tarde para tratar de cambiar. En especial si hablaba con respecto al amor, pues aún le parecía un espejismo incierto, pero misterioso. Lo cierto es que sí, su corazón se ablandó y más adelante encontró a su media naranja, a ella la amó con una dedicación tan prolija, un amor único e inigualable, pensaba él, claramente bajo los efectos de la dopamina y oxitocina. Cuatro largos años duró esa relación, cada día más hermoso que el anterior, ¿el término? El desgaste al tercer año. Todo comenzó a volverse un tanto dañino, una mujer demasiado sumisa para alguien tan manipulador que, sin darse cuenta, cortejaba a otras señoritas; los celos por parta de ella se volvieron enfermizos, él se aburrió, mas imposible era para ambos encontrarse distanciados, y entonces lo tóxico empezó: disputas cada día, bloqueos en redes sociales, coqueteos hacia otros por parte de los dos, llantos que simulaban ser eternos. Estuvieron en una cuerda floja hasta que Rainer cortó por lo sano: apenas tuvo su título en las manos, emprendió vuelo a Canadá para dedicarse a un postgrado. Sí, le costó dejar a sus hermanas tan lejos, sin embargo, ellas estaban grandes y podían cuidar de las adicciones de su padre, así como también podían viajar para visitarlo de vez en cuando y encargarse de sus vidas; una magia magnífica que nuestro noruego nunca manejó por completo: si estaba ocupado de su vida, descuidaba al resto, si se ocupaba del resto, descuidaba la propia, un círculo vicioso que culminaría en lo que es ahora.
Las huellas del pasado repercuten en nuestro presente.
1. Alergia al chocolate. Una lástima, aunque nunca ha disfrutado de los dulces en demasía.
2. Detesta a los nazis. Su materia favorita -después de las ramas artísticas- era historia, la segunda guerra mundial lo cautivó de tal forma que lo impulsó a investigar por su cuenta; devoró documentales y películas épicas, razones le sobran para aborrecer a Adolf Hitler.
3. Admira el arte, tiene habilidades para él, pero nunca las ha aprovechado como se debería; siempre ha postergado ese tipo de pasatiempos, excepto la música, a la cual se ha continuado dedicando.
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galit.
Había perdido toda la noción del tiempo, pero sabía que eran más de las doce de la noche. Tal vez se estaba acercando ya el amanecer. No obstante, es reacia a consultar el relej, pues eso no harìa más que recordarle el poco tiempo que le quedaba. En cualquier momento, se estaba haciendo tarde. Quería creer que todo estaba en silencio. Aparte de las pisadas que anteriormente había escuchado, y alguno que otro coche que recorría las instalaciones de la universidad. El silencio le resultaba adictivo, la envolvía de tal manera que la volvía su esclava. No era horripilante. Quizá debió de haberse quedado en su habitación, los maratones nocturnos resultaban ser más entretenidos de lo que se decía. Recordó que años atrás, ella solía ser de las personas que se sentaban en un enorme sofá, para poder acurrucarse con la persona que más amaba a su lado. Aquellos tiempos se habían ido, borrando cada uno de los recuerdos de su pasado. ¿Quién debía de ser ahora? ¿Estaba lista para expandir sus alas y volar? No lo sabía. Era sencillo pretender ser otra persona, un ser que dejaba todo al aire; esperando que el destino fuera capaz de mover correctamente sus piezas, dejando que las pobres almas que habitaban en el mundo terrenal, tuvieran un final feliz. Tal vez debió quedarse en su recamará y dejar que el parpadeo de la luz cortocircuitara su ahora sobrenatural capacidad de atención, que el ajetreo y el ruido incesantes se agotaran y quemaran toda esa energía que bombeaba en su organismo. Pero si no hubiese ido esa noche al jardín, a esa banca –que se encontraba a la mitad de la nada-, ¿dónde estaría en ese preciso momento? Difícilmente podría haber impuesto sus aflicciones a sus conocidos, así que imagino que no tenía más opción que esa: caminar lejos de las demás personas, hasta que los efectos de su medicamento desaparecieran por completo. “¿A caso parezco drogada?” La pregunta la ofendió un poco, debido a que no consideraba un adicto a las sustancias venenosas para su cuerpo. (Aunque ella sabía perfectamente que necesitaba de sus medicamentos para poder estar bien). Estaba sentada a la mitad del campus, todo le resultaba desconocido. Tenía su celular a la mano, podía ver con claridad la hora que marcaba su pantalla principal. ¿Estaba drogada? Lo dudaba. Seguía sintiendo, tristemente aún pertenecía al mundo de los vivos. “No recuerdo haber pedido ayuda.” ¿Por qué se empeñaban en mostrarle su apoyo? Además, no existía otra persona capaz de poder ayudarlo a conseguir lo que deseaba darle a la cobriza. Todo se silenció. Aprovechó el momento para buscar en el bolsillo de su pantalón un cigarro, algo que fuera capaz de quitarle la ansiedad que estaba sintiendo en ese momento. Disponía de unos cuantos más en su dormitorio, pero se negaba a ir a su cuarto. Tanta convivencia iba a terminar tarde o temprano con su poca paciencia. ¿Poseía un poco de ella todavía? “¿Has venido hasta acá para obtener un poco de fuego? Extraño.” Dijo, y le extendió al extraño el pequeño encendedor que anteriormente había sido utilizado para apaciguar uno de sus más grandes vicios. “Sería divertido cargar con un cadáver, pero tendré que negarme por hoy.” Logró entender la broma del desconocido, pero se reservó su sonrisa para después. Así era Galit, distante, difícil de comprender, pero capaz de analizar cada uno de los gestos de los entes que se acercaban a ella.
Si había algo que detestaba, después de su asquerosa relación amorosa, era el analizar a las personas. Quizá paradójico para alguien que ya estaba titulado como psicólogo, sin embargo, resultaba de lo más lógico para el noruego. No estaba ni siquiera pagándole para ello. Un chasquido de su lengua amenazó con romper el frágil hilo de su paciencia, la cual recobró en cuanto un poco de aire colmó sus pulmones. “Sí, de hecho sí, estás bastante ida en mi opinión..., eh, ¿cuál era tu nombre?” aseveraba que sí la conocía, en algún momento de su breve trayectoria en la universidad canadiense se había encontrado con ella, pero estaba de sobra decir la mala memoria que tenía con nombres que no resultaban de relevancia. “He escuchado eso un millón de veces, ¿sabes?” pronunció con ese acento tan característico de terrenos nórdicos, unos hoyuelos se hicieron en sus pómulos apenas sus labios se curvaron. “Dicen que es de mala educación rechazar una ayuda cuando alguien la está ofreciendo, pero supongo que no importa, lo voy a dejar pasar. Tú te lo pierdes, mira que esto no se repite de nuevo” tuvo que presumir, por supuesto, siempre marcaba ese ego tan grueso que poseía, como si fuera una capa rígida sobre una piel frágil y tersa. Su entrecejo marcó una arruga ligera, confundido ante la reiteración de su pregunta: sus cejas se levantaron, pintando su rostro con genuina curiosidad. “No hay mucho de dónde elegir, ya son las doce de la noche, y yo no puedo dormir” ah, ese molesto insomnio que se esforzaba por declarar una guerra constante a Morfeo; estaba siempre presente en sus horas libres, mas ausente en los salones cuando buscaba conocimiento. Sin aviso previo, se situó junto a la estudiante de ojos verdes, bastante bonitos si alguien lo preguntaba; por supuesto no era un detalle que mencionaría en voz alta, las atenciones siempre debían ser dirigidas a él y nadie más que a él. La lumbre de su cigarrillo cobró vida entonces, un par de caladas para procurar que su vicio no se drenara. “Gracias” devolvió su inerte salvador a su dueña, una media sonrisa le dedicó entonces a la fémina. “Divertido hasta que te atrape la policía, ¿huh?” se mofó con ligereza, permitiendo que su tóxica adicción reposara entre sus dígitos diestros: de su boca, mientras, se desprendió una oleada grisácea que se disipó con el vaporoso viento. “De todas formas, eres demasiado delgada como para llevar mi cadáver a cualquier parte, lamento ser quien te informe de eso” otra vez la broma apresó sus palabras, una simple negación con la cabeza antes de regresar ese cilíndrico cáncer a sus labios. “Si no estás drogada, ¿entonces qué haces aquí? Es tarde, y bueno, supongo que no puedo ser el único que no puede dormir en todo este lugar, ¿no?” pareció responder a su propio cuestionamiento, sus hombros se encogieron, dejando que su mirada cacao se perdiera en las penumbras de la ciudad que estaba a la vista.
anya.
─No sé cuanto tardará, así que puedes esperar si quieres.─le propuso al moreno con una sonrisa amable, no era la primera persona que se presentaba con ese problema y todas decidían irse. La posición en la que se encontraba era incómoda paro salía a flote, podía retomar las labores que tenía la bibliotecaria.─Vale, Piaget.─lo anotó mentalmente en su cabeza y luego lo escribió en el buscador. El código y el número de estante salió rápidamente, se puso de pie y comenzó su labor.─¿Cuántos necesitas?─le interrogó una vez que los encontró, supuso que necesitaba más de uno ya que hablo en plural, tal vez venía a sacar libros para él y sus compañeros, es una táctica que usaban muchos alumnos para no amontonarse en la biblioteca.
Negó una sola vez con la cabeza, lo cierto era que detestaba perder el tiempo. “No, no. Me basta con que una persona esté atendiendo aquí” respondió, simplemente buscaba a alguien que acatara sus peticiones. “Con dos estoy bien” después de todo, no necesitaba otra cosa que refrescar su memoria, telarañas seguro habitaban entre recuerdos del profesional helvético. “Si son para primer año mejor, me pidieron ser ayudante de una de las clases, no planeo hacer el ridículo en el primer día” creyó que era necesario añadir tal información, ¿cómo sabía si la suplente bibliotecaria no tenía mejores opciones para él? Decidió probar.
olga.
Abandonó su habitación con un simple deseo y este recaía en encender un cigarrillo, liberar la tensión acumulada en los últimos días y quizás quejarse entre dientes por la poca tolerancia que residía en su cuerpo para tolerar a las muchachas que compartían clases junto a ella en una carrera tan competitiva como lo era la danza. Humedeció sus labios caminando con los brazos en cruz entre las penumbras mientras empleaba un monólogo bastante ácido en pleno sabor de la soledad. Aún se observaban almas transitando por los pasillos, pero gran parte del alumnado había encontrado refugio entre cuatro paredes. Justo cuando creyó que ese metro cuadrado ofrecía una vista interesante para meditar sus errores y lo que había de hacer en el futuro, sus orbes se expandieron a tal extremo que sus cuencas experimentaron una sensación de vacío y desesperación. Nada más y nada menos que un muchacho en estado de ebriedad defecando en las rosas y los lirios. “Mierda, qué asco, qué asco”, reiteró una y otra vez retirándose de ahí con una prisa tremenda. No era una persona escrupulosa pero existía una brecha entre observar a un perro hacer sus necesidades y a un ser humano; no había pasado las duras penas del infierno para verle el trasero en acción a un desconocido. Trotó por el jardín encontrando un espacio libre de exhibicionistas, aunque ya estaba ocupado por otra silueta. “Perdona que te interrumpa, pero había un tipo cagando las flores de la universidad y…”, cubrió la arcada con la palma de su mano y tomó una bocanada de aire en un sólido parpadeo, “…Dios, el olor era terrible y tuve que arrancar.”
El molesto aparato continuaba vibrando en su bolsillo, vestigios de esa relación tan tóxica que regresaba cual fantasma en mansión embrujada. Deseaba ignorar el constante sonido, enfocarse en cualquier cosa que no fueran los desesperados mensajes que estaban cerca de colapsar su bandeja de entrada (porque ya había desconectado el internet móvil). Imposible era apagarlo, pues necesitaba estar en comunicación constante con sus hermanas. Un cigarrillo descansaba entre sus labios, a medio consumir, tan distraído que ni siquiera había continuado quemando su sistema con la ponzoñosa nicotina, su elixir. Una delicada voz femenina lo arrastró a la realidad, y amablemente se hizo a un lado para obsequiarle un lugar en la banca que estaba sentado. “¿Y era necesario atravesar todo el campus para escapar del olor? Porque vienes agitada” una sonrisa decoró sus facciones, y es que en primera cuenta le costó creer cada sílaba que pronunciaba la de hebras dorada. “De todas formas te aseguro que no vas a tener mejor compañía que yo en este lugar” inevitable ese comentario presuntuoso, una calada que finalizó su vicio, mas no tardó en reemplazarlo por otro. Harto de la constante molestia telefónica, decidió finalmente apagar su problema. “Eh, hazme un favor y avísame cuando pase media hora” era su rango máximo de incomunicación, con un rápido movimiento la lumbre del cigarrillo estaba de nuevo consumiéndolo.
galit.
En la universidad hacía mucho más frío que antes. Había oscurecido, pero aquella tercera dimensión centelleante en que se convertía la escuela por la noche empezaba a cobrar forma. También estaba menos concurrida, un anochecer típico en Canadá, con su intenso ruido –grillos, gritos, suspiros, y pesadillas nocturnas- que seguramente atormentarían las pobres almas de los estudiantes. Todo el mundo estaba cansado, irritable, y apurado, entrando y saliendo como una flecha de las estaciones del metro. Lo que sí resultaba evidente mientras se abría paso entre la penumbra de la noche, era lo rápido que empezaba a hacer efecto la pastilla que anteriormente había ingerido. (Calmantes, que ayudaban a que la fémina no mostrara en monstruo que habitaba dentro de su atormentado ser). Había notado algo en cuanto salió de su habitación. Era una leve alteración de la percepción, un parpadeo apenas, pero al recorrer los cinco edificios que la separaban de la libertad, el medicamento cobró intensidad y agudizó su conciencia de todo lo que la rodeaba: los cambios mínimos de iluminación, los pocos estudiantes que avanzaban a paso tortuga a su izquierda, y la gente que se acercaba a la cobriza en dirección opuesta. Se fijaba en sus ropas, oía fragmentos de sus conversaciones y atisbaba sus rostros. Lo captaba todo, pero no de una manera exacerbada, como sucedía con la droga. Por el contrario, todo le resultaba bastante natural, y al cabo de un rato, empezó a sentirse como si hubiera hecho ejercicio, como si se hubiese empujado a sí misma a una especie de límite físico estático. ¿Ejercicio? Mierda, ¿cuándo había sido la última vez? Diría que no había practicado deporte alguno en los últimos dos años. Cuando llegó al jardín principal de la universidad, se sentó en una de las bancas, entregándose por completo a los efectos secundarios del medicamento que la permitía ser un ente normal. ¿Normal? Bueno, eso era lo que ella pensaba. Respiró hondo, cerró los ojos…y todo se vio interrumpido por un par de pisadas que lograron sacarla de su trance. “¿Desde cuándo los grillos hacen tanto ruido?” Por un momento, se olvidó que se encontraba en un lugar transitado por los docentes y estudiantes.
Una pieza restante para alcanzar la dicha que su organismo necesitaba. Podría jurar que la gélida brisa empapaba su mejilla y sus dígitos encorvados con el cigarrillo entre ellos, no iban a encenderse por sí solos, y su instrumento más cercano para concluir con su deseo estaba en el edificio más lejano. Víctima de la distracción, había olvidado el encendedor sobre su mesa de noche. No iba a devolverse, prefería pedirle ayuda a otro estudiante que tuviese las mismas adicciones. Imposible era rememorar cuántas veces envenenaba sus pulmones estando en Noruega, sin embargo, estaba consciente de que era un número considerablemente menor que en tierras canadienses. Su mirada chocolate capturó la figura femenina en un cuadro efímero, sin planteárselo demasiado se aproximo a ella con una pregunta que se disipó en cuanto las palabras se desprendieron de los sonrosados labios. “¿Grillos?” tuvo que tomarse un momento para escuchar el insignificante sonido, sus ocelos taladraron entonces los de preciosos matices oliva. “Eh, ¿estás drogada...?” fue su obvio cuestionamiento, su título no lo cargaba consigo por mera gracia. La auténtica soledad en la cual se encontraba, la vista perdida y ese extraño dato sobre un incremento de ruido, no cabía duda que algo ahí no marchaba en el mismo eje que el planeta. “¿Necesitas algo? Puedo pedirle a alguien que traiga un vaso de agua” inconscientemente observó por sobre su hombro: ¿a quién? Olvidaba que ya no estaba en su querida Europa con todas las comodidades que siempre presumió, una mueca se torció en sus labios, corrigiéndose en la marcha: “O puedo acompañarte a buscar uno” era el acto de caridad más grande que podía ofrecer, cualquiera que lo conociera estaría anonadado. “En fin, la cosa es que vine a pedirte fuego, o vas a tener que cargar con un cadáver a quién sabe donde” bromista, permitió que una sonrisa iluminara sus facciones, un extremo del cigarrillo golpeteaba contra sus nudillos por la ansiedad que venía en aumento.
jean.
No iba a negarlo. Estaba cansada. Comenzaba a pensar la mala idea que había sido volver a clases cuando no se recomponía por completo. Pero en éste punto, cualquier cosa la ponía nerviosa y enferma. Con dificultad, logró salir de uno de los salones de pintura del campus, sin quitarse el delantal e incluso con uno de sus pinceles en una mano, con lágrimas en los ojos, incapaz de contenerse. Buscaba entrar a un lugar tranquilo, donde nadie pudiese verla. Y se detuvo. Lloraba cabizbaja, mientras se sostenía del tronco de un árbol. Alguien pronto se puso frente a ella, haciéndola perderse más. “Joder, ¿qué? ¿Se te perdió algo?” Sollozó, con una chispa de coraje en su voz. Más que nada, para ella misma.
Sus pulmones exigieron la dosis mañanera de nicotina. La clase comenzaba a volverse monótona y particularmente aburrida, por lo que sin una excusa para quedarse, decidió que lo más lógico era escabullirse al jardín y encender uno de los cigarrillos que parecían temblar en el bolsillo de su chaqueta. El frío no tardó en pintar de carmín sus pálidas mejillas, en tanto situaba el filtro del Marlboro entre sus labios. No se había percatado de una segunda presencia sino hasta que la delicada voz lo tomó por sorpresa. “Sí, las ganas de quedarme en esta universidad, pero asumo que no están aquí” bromeó, percatándose después de las gotas saldas que empapaban el rostro desconocido para él. “Aunque por lo visto a ti se te perdió algo más importante...” fue su manera de aligerar el ambiente, extrayendo la cajetilla que aún guardaba el cáncer en forma cilíndrica. “¿Quieres?” ofreció, su mirada fijándose en la femenina. “¿Alguien te hizo algo?” no pudo contener la pregunta, su gesto fue ensombreciéndose con lentitud en la espera de una respuesta.
eryn.
-en vistas de que sus compañeros de cuarto tenían que estudiar, Eryn había decidido marcharse a una de las múltiples salas que el campus tenia para ponerse en una solitaria mesa con los cascos puestos a ver una serie- Oh venga ya, detective si vais a terminar juntos, es obvio- Intentaba no hacer ruido pero de vez en cuando se le escapaba algún comentario en voz baja aunque estaba tan concentrado que no se había dado cuenta de que no estaba solo-
Las instrucciones habían sido claras; el salón debía estar despejado antes la hora estipulada. Con desgano, el noruego se dirigió hasta el aula indicada, mas necesitó hacer uso de la llave, pues la puerta ya estaba abierta. “Oye, no sé cuál es la diferencia de ver una película aquí o en tu habitación, pero habrán clases aquí en unos... diez o quince minutos. Puedes quedarte de oyente, si quieres” chasqueó su lengua, tampoco iba a molestarle la presencia de un desconocido, sin embargo, quizá el supuesto intruso prefería marcharse.
anya.
Se encontraba sentada allí por error, porque su generosidad era ciega y se dejaba engañar por palabras amables. Sabía que era un error pero ya era tarde, la bibliotecaria se había ido y allí estaba ella, tomando su lugar con su poca experiencia y su desazón a flor de piel. Escucho pasos desde lejos y se reafirmó en la silla, tratando de mostrarse competente a los servicios que iban a ser requeridos.─La bibliotecaria se fue atender unos asuntos a secretaria, no puedo hacer mucho por ti, bueno, en realidad, ¿qué es lo que necesitas?─ofreció una fugaz sonrisa luego de terminar aquella pregunta, había atentido una gran cantidad de alumnos en las horas que había estado allí y estaba segura que en cualquier momento abandonaria el lugar.
¿Él? ¿Tratar con estudiantes de primer año? Si bien lo consideraba un halago, también un fastidio; la paciencia no era una virtud demasiado fuerte del nacido en Noruega. Con su mejor sonrisa, aceptó la propuesta y se encaminó hacia el único lugar donde podía obtener información de años pasados, necesitaba refrescar su memoria. “¿Y tenía justo que irse ahora?” cuestionó en voz alta, sin esperar una verdadera respuesta. Humedeció sus labios antes de seguir: “Bueno, sí, en realidad sí. ¿Me podrías buscar los libros de Piaget, por favor?” sus dígitos se presionaron contra el mesón sin especial intención, su castaña mirada viajó por las altas estanterías que contenían una cantidad indescifrable de árboles muertos, sería imposible encontrarse con algo en ese sitio, a no ser que pasaras tu vida en esa biblioteca. Finalmente, fijó sus orbes en los contrarios, obsequiándole una efímera sonrisa.