Bellísima coreografía de Nacho Fizona para una bellísima versión del Pequeño Vals Vienés de Silvia Pérez...
Sade Olutola
Claire Keane
🪼

ellievsbear
he wasn't even looking at me and he found me
Keni

Kiana Khansmith
art blog(derogatory)

Product Placement
Sweet Seals For You, Always

PR's Tumblrdome
trying on a metaphor
Cosimo Galluzzi
dirt enthusiast

Kaledo Art

oozey mess
Three Goblin Art

★
almost home

Andulka

seen from Germany

seen from United States

seen from France
seen from Germany
seen from Netherlands
seen from Malaysia

seen from France

seen from Malaysia

seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from Türkiye

seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from Malaysia

seen from Malaysia
seen from United States
@rcasado-blog
Bellísima coreografía de Nacho Fizona para una bellísima versión del Pequeño Vals Vienés de Silvia Pérez...
Preludio en sol menor de Rachmaninoff. intérprete Mischa Levitzki.
Hacía mucho tiempo que no salía de ruta, y más aún con Javi y Samu. Hace unos años eran habituales nuestras escapadas al monte pero el día a día hace cada vez más difícil poder repetir estas salidas. Por eso hoy la he disfrutado de forma especial (hasta el tiempo nos ha acompañado).
text and music by Ivo Dimchev ................................................... music production Kan Wakan string arrangement Vladimir Djambazov https://ww...
Plaza mayor de Varsovia, Polonia
Horizontalism out now on R'COUP'D. Visit & sign up to Fink newsletter: http://finkworld.co.uk for more information. Buy & Follow Ninjashop: http://found.ee/h...
All rights belong to Telmavar Records LTD and Asaf Avidan. All songs written, composed and produced by Asaf Avidan Cinematography - Ori Bahat & Etienne Jeann...
- ¿Qué tal en el gimnasio? - Pues me estoy poniendo en forma. - ¿Ah, sí? - Sí, en forma de bola. No voy.
fotografía de RCasado…
IN THE LIGHT
Lately I've been sitting all alone and my mind has frozen time; but the clock is ticking
Tell me would you want to kiss me, hold me in your arms and squeeze me if you knew I was a beast
[Chorus (next two verses)] But in the light everything looks beautiful and bright, I can see no clouds up in the sky
Your sparkling eyes Make it hard to see behind the lies Why do I put up with this disguise ΄ Lately I've been sitting in the dark and our moments at the park seem so far and distant
Tell me would you want to kiss me, hold me in your arms and squeeze me if you knew I was a beast
(chorus x2)
Es la segunda vez en una semana que no dejo de escuchar una canción. Y cómo no, la letra otra vez del gran Tom Waits.
Cibelle. (2006). Green Grass. En The Shine Of Dried Electric Leaves.
Máquinas
La actividad era abrumadora. Los mensajes llegaban de todos los receptores posibles, creando una confusión que hacía imposible descifrar qué era lo que estaba pasando. Millones de impulsos eléctricos recorrían cada rincón, elevando la temperatura y la frecuencia de bombeo. El líquido de alimentación recorría con gran fuerza el extenso sistema de conducciones, alcanzando cada una de las piezas para permitir el perfecto funcionamiento del sistema.
Cada elemento, por pequeño que fuera, realizaba su función con una precisión milimétrica. Habían sido diseñados y producidos para encajar a la perfección unos con otros, formando un engranaje personalizado y extremadamente funcional.
Otra descarga recorrió el sistema como un rayo parte un cielo nublado durante una tormenta de verano. Los niveles volvieron a subir, alcanzando los límites establecidos. El roce de sus labios le erizó la piel.
La lluvia
Una gota le recorrió el rostro, precipitándose por su barbilla hacia un suelo totalmente embarrado. Era el cuarto día seguido que no paraba de llover. “En abril, aguas mil”, recordaba que le decía siempre su padre, adicto a los refranes. Siempre había tenido en muy alta estima a aquellos que conocían y recitaban el refranero. Otra gota cayendo de su pelo empapado y surcando su piel. Otra gota buscando su camino hacia el ciclo infinito en el que estaba atrapada. Gota que el día de mañana podría estar formando parte del mar de la China o surcando cañerías para refrescar alguna boca sedienta. Le encantaba esa sensación de limpieza, de frescura. Como esa ducha de la que no se quiere salir tras un duro día de trabajo. Nunca había entendido a esa gente que corría a esconderse bajo un parapeto ante la más mínima gota, como si intentase escapar de algún tipo de ácido corrosivo. O a aquellos que, aún habiendo parado de llover, seguían bajo la protección de su paraguas. Para él era una forma de integración con el medio. De formar parte de un todo, de un ciclo. Igual que hacen los animales salvajes o las plantas. Se sentía parte de esa naturaleza que le alimentaba con su riego, como se alimenta a un árbol o a una flor. Esas mismas moléculas que, formando el ochenta y tres por ciento de nuestra sangre, alimenta nuestro cuerpo. Pero eso no era lo único que le gustaba de la lluvia. Era el despertar de todos los sentidos. El olor. Ese olor que de pronto nos descubre la presencia de esos elementos de la naturaleza que la ciudad se empeña en esconder y fagocitar. El olor a tierra mojada, a pino, a flores. Que se multiplica por diez al contacto con el aguacero. O el oído. El sonido relajante del repiqueteo de las gotas sobre el capó de un coche, al rebotar en los charcos del suelo. El sonido de los truenos en la lejanía. Ese sonido que le transportaba a su niñez. Que le hacía recordar cómo se quedaba mirando al cielo después de que su madre le gritase desde la cocina “apaga la tele, que atrae a los rayos”. Para él, ver la forma cortante de los rayos quebrando el cielo se había convertido en un espectáculo mucho más hipnótico que el de aquella caja tonta que también se alimentaba de impulsos eléctricos. Era un regalo para la vista, de igual forma que lo es seguir el relajante paso del caudal de un río, ver la explosión de gotas que forma el chorro de una fuente o disfrutar de la sensualidad y sutileza con la que resbala una gota de rocío sobre un pétalo de flor. Todo ello le hacía sentirse tremendamente vivo. Tremendamente lúcido. Le hacía ser consciente de su presencia y de su ser. De su insignificante lugar en algo infinitamente grande. Le daba perspectiva a la vida, a sus problemas. Pero sin duda, el sentido que más despertaba en él era el del tacto. Le encantaba esa ligera sensación de cosquilleo que producían las gotas al resbalar por su cara, el peso de su pelo empapado o la sensación de ligereza que generaba sacudirlo con la mano y desprender una lluvia de gotas en todas las direcciones. Sensaciones que morían al llegar a casa y ser barridas por el suave roce de una toalla templada.