El profesor de filosofía, I
La verdad es que siempre he sido buen estudiante, se me daba bien estudiar y sacaba buenas notas. Sin embargo, al llegar a primero de bachiller, con las hormonas revueltas empecé a flaquear en algunas asignaturas. La que más, filosofía. El tema me interesaba, pero el problema era el profesor.
Un españolazo de la cabeza a los pies. Moreno, 50 y pocos años, buen cuerpo, un bigote espeso, gafas de pasta, pecho peludo que asomaba por el cuello de la camisa, y un aire de chulito que me hacía babear. Tenía hasta pinta de ser de derechas, y eso me hacía ponerme aún más cerdo. Me pasaba las clases imaginando ese culo, seguramente peludaco, en mi cara asfixiándome, y un rabo bien gordo reventándome la garganta y el culo. Joder, había veces que según terminaba la clase tenía que ir al baño a pajearme.
Mis notas fueron bajando, porque la verdad es que me pasaba más rato fantaseando que atendiendo, y había empezado a tontear por chats y Grindr. Estaba experimentando lo que era ser un buen zorrón, y aunque no quedaba tanto como quería, no me cansaba de tragar rabo, a ser posible maduro.
Un día estaba en clase zorreando por Grindr cuando me pilló, me confiscó el móvil y me emplazó a verle después de clase.
- No estás sacando notas como para andar con el móvil como tonto en clase y no atender.
La verdad es que razón no le faltaba. En ese momento yo solo pensaba en el tío que me había mandado su rabo por Grindr y en si aun estaría con ganas cuando terminase la reprimenda de Enrique, el profesor.
Al acabar la clase recogí, charlé un poco con unos colegas hablando de la putada de tener que ir a su despacho, aunque en el fondo no paraba de imaginarme que me reventaba allí mismo sin piedad, y me dirigí a su despacho mientras el instituto se iba vaciando.
En el despacho estaban él y una profesora de historia, y me hizo un gesto para sentarme en su mesa a su lado. Tenía mi móvil encima de la mesa, boca abajo. Yo solo pensaba en tragarme ese rabo que me esperaba a 250 metros del instituto.
- Alex, no estás sacando buenas notas, y tus profesores de otros años me dicen que siempre has sido un excelente estudiante.
Empezaba la reprimenda, y yo solo podía mirar la mata de pelo que le salía de la camisa.
- Ya... Es que se me está haciendo este año cuesta arriba.
- Ya, ya... Estáis en la edad del pavo, con el móvil, los ordenadores y pensáis que esto no sirve para nada...
En la posición en que estaba hablándome, como de lado, se le marcaba un pezón en la camisa, enorme, rodeado de un matojo de pelo.
- Bueno... Son muchos cambios, jejeje.
- ¿No hay nada que te preocupe? ¿Se está metiendo alguien contigo? El jefe de estudios está preocupado, eras el que mejores notas sacaba...
- No, no, nada de eso, para nada.
- Será que estás distraído...
Entonces giró el móvil, desbloqueó la pantalla y me enseñó las 12 notificaciones de Grindr. El calentón se me bajó de golpe y la fantasía se disipó. La profesora de historia estaba recogiendo también y yo solo deseaba que se fuese antes de que eso fuese a peor.
- Vamos a ver qué es lo que te distrae, a ver si te centras. Es mejor que lo hablemos antes de que eches por tierra tu expediente.
- No, de verdad, seguro que se me pasa...
No solía llevar el móvil bloqueado. No sé por qué. Intenté lanzarme a por el móvil, pero Enrique lo alejó y me miró de reojo, parecía que me iba a soltar un guantazo. La profesora de historia se giró.
- De verdad, los críos de hoy en día con el móvil...
En ese momento Enrique le dio a las notificaciones de Grindr, girando el móvil hacia nosotros. Salieron todos los chats, y se abrió el del tío con el que estaba hablando en clase.
- ¿Esto era lo que estabas haciendo en clase?
Me quedé mudo. Solo quería llorar. Me imaginaba que llamarían a mis padres, y además estas cosas en el instituto arderían como la pólvora... joder, joder.
- Bueno, yo me voy, que te sea leve, a estos críos de hoy en día si les quitas el móvil les quitas la vida...
La profesora salió por la puerta, y Enrique empezó a subir en el chat hasta llegar a mis mensajes. Solo arqueó las cejas. Podía leer desde mi sitio mi último mensaje, en el que se había parado Enrique: “ps klaro k trago jejeje”.
- Encima es que ni se entiende lo que pone con tanta abreviación... A ver, ¿qué dices aquí?
Tragué saliva y me lo quedé mirando. El cabrón estaba disfrutando de lo lindo humillándome.
Me quedé callado mirando al suelo. Me moría de vergüenza.
- No pareces muy tímido en estos mensajes... ¿Te da corte ahora?
- Pues igual te debería dar igual de corte por teléfono, ¿no? Ves, esto es lo que pasa, os envalentonáis por teléfono... Venga, mírame a la cara y dilo.
Subí la mirada y volví a bajarla.
Volví a subir la mirada intentando mantenerla. La aparté y enfoqué a los libros que tenía de fondo.
Enrique suspiró y sacó una hoja y un boli.
- Al final lo que mejor funciona es lo de toda la vida... Escribe.
Cogí la hoja y el boli, sintiéndome un crío. Joder, esto era cada vez más humillante.
- Escribe “soy una puta cerda comepollas que traga lefa”.
Me quedé helado mirándole con el boli en la mano. Pensaba que era una broma, pero él estaba serio. Me indicó con la mirada que empezase. Empecé a escribir “soy una puta...”
- ¿Cuántas pollas te has comido?
- ¿Ni siquiera sabes cuántas? Hay que ser puta... Voy a tener que hablar con tus padres.
- No, no. Por favor. Lo he tendido. Si quieres borro la aplicación ahora mismo. De verdad, lo que sea...
- ¿Lo que sea? ¿Qué te crees, que esto es una peli porno? - empezó a reírse, se me llenaron los ojos de lágrimas. Joder, ¿qué cojones había hecho con mi vida?
- Sé cómo me miras en clase. Puto maricón. Qué asco me da cada vez que me giro y te veo que se te cae la baba.
Empecé a lloriquear. Enrique se seguía riendo.
- Vas a ser mi puta cerda a partir de ahora.
Me lo quedé mirando boquiabierto, con las lágrimas cayéndome por la cara.
- Borra el Grindr. Lo único que vas a tragar es lo que salga de mi rabo y mi culo. Puta cerda.