Para Zhenya era tradición visitar, por al menos un rato, alguna de las discotecas de Nápoles cada noche. Mientras que el modo de escape para unos era el leer, o ver una película, o cualquier otra cosa, para la pequeña muchacha el entrar en uno de aquellos lugares, llenos de personas desconocidas, y bailar hasta que sus pies no pudiesen más, era su forma de escape de la estresante realidad que cargaba sobre sus hombros. Aquella noche no iba a ser menos y, atendiendo a la invitación de unos amigos, se presentó en una de las tantas nuevas discotecas. En cambio, todos sus planes dieron un giro radical en cuanto el guardia de la puerta rechazó su entrada. No podía creerlo. Zhenya no podía creer que le denegasen la entrada, a ella, y menos por pensar que era menor de edad. ¿Tan poco aparentaba? ¿De verdad? ¿Es que el maquillaje no ayudaba? ¡Pero si ella nunca había tenido problemas con aquella cuestión! Y, para colmo, no llevaba identificación encima con lo que corroborar que contenía la edad suficiente para poder entrar al lugar. Un par de gritos después, marchó de allí sintiéndose humillada. Pero no se iba a rendir, claro que no, por lo que se dirigió a la parte trasera del edificio en búsqueda de una puerta secundaria, como en las películas… ¡Y bingo! Sonrió, pero al escuchar pasos, alzó ambas manos y exclamó—: ¡Prometo por Vuitton que no estaba haciendo nada! —sus orbes se ampliaron pero, al notar que no era el guardia anterior, suspiró con alivio—. Dios, me asustaste.