— No lo creo. — Las palabras escaparon de su boca sin permiso, con la vista aun en la rubia que decoraba la foto, la habría reconocido entonces y ahora seguro que se veía igual de bella que antaño. Pero estaba claro que Rhett no se parecía a su padre, o al menos Výktor no le veía el parecido. Recordaba a ese hombre bien, la cantidad de veces que se mordió la lengua hasta que la paciencia acabó con él y la nariz del alemán, pero eso había quedado antes de que Rhett pudiera nacer.
La diferencia de edad era grandiosa y aun así ahí estaba, a los pies del más joven con una sonrisa suave en sus labios, seguro de sus pasos, porque sin darse cuenta se había empezado a preguntar demasiadas cosas que podrían acabar con su carrera, pero quien no arriesgaba, no ganaba.
Los ojos del más bajo se quedaron fijos en los labios de él cuando se mordió el labio y su mano se alzó al mismo cuando la vista cayó al suelo. — Mírame, Rhett. — Su voz a pesar de ser una orden era suave, amena, una aterciopelada que ayudaba a que el ambiente se mantuviera solo entre ellos. Su pulgar pasó por el labio mordido y tiró de él hacia abajo. El ruso estaba encaprichado de esos belfos, pero aún no hizo nada más que deslizar la mano a la nuca del alto, aproximándose a él para colocar una mano en su cintura, con cautela, casi pidiendo permiso antes de que tomara lugar en la curva de su cuerpo.
Sus ojos subieron a la par que lo acercaba más a él, casi pegando sus rostros a pesar de mantener las distancias aun pertinentes, solo los alientos se rozaban y el ruso notaba la emoción del momento recorrer sus venas. — Si vas a estar nervioso, al menos que sea por un buen motivo, ¿no? — Murmuró sobre su boca, acercándola más con una sonrisa y los labios ligeramente abiertos, sin besarle aún. Deseaba poder ver la reacción ajena antes del final.
“Te pareces a tu padre”, esas eran las palabras que le repetían incesantemente, algunos incluso confundían su nombre con el del neerlandés logrando que el más joven aceptase en silencio su puesto sin poner grandes problemas. Nunca le habían dicho que se parecía a su madre, pocos destacaban la mirada cristalina de ella o aquella timidez encantadora que había heredado de ella. Por eso un extraño calor le recorrió el pecho, casi como un orgullo porque alguien se había fijado en eso, pero a la vez le hizo preguntarse cosas, cosas que en ese momento no quería enunciar porque temía molestar al mayor con sus estupideces.
Cuando él enunció aquella orden, el muchacho obedeció sin rechistar, era un niño bueno, le habían enseñado a ser amable y hacer lo que se le pedía, justo como en ese momento. Al sentir el dedo del otro sobre sus labios casi se le cortó la respiración, nervioso, ¿cómo no? ¿Cuánto tiempo hacía que nadie se acercaba a él de aquella forma? Él diría una vida entera, porque jamás se había sentido tan nervioso como en ese preciso instante en el que sus ojos azules estaban anclados en los verdosos ajenos.
Su mano en su cintura logró que el corazón le latiese tan fuerte que casi hasta podría llegar a avergonzarse, tan mayor y tan fácil de alterar, ¿qué dirían sus padres? Eso no importaba en aquel momento, porque el chico estaba perdido, casi derritiéndose por su tacto, por aquel olor que inundaba sus fosas nasales y el placentero calor ajeno que le invitaba a acercarse más. Un escalofrío le recorrió de los pies a la cabeza por aquel murmullo, entreabrió los labios, se sentía perdido ante todo aquello, abrumado por algo que siempre se había negado y de golpe se confirmaba como algo que sabía desde la primera vez que le había visto: ese hombre lo iba a volver loco.
—S-sí —tartamudeó, sus mejillas estaban sonrojadas y él era casi incapaz de mover cualquier músculo, Výktor era más de lo que él era capaz de soportar.