Amor, me has hechizado.
Una mirada bastó
para volverte mi religión, mi todo,
y entregarte mis posesiones.
Mi cabeza, que loca se vuelve
cuando en mi pensar apareces
e imagino los estragos ardientes
que, en la oscuridad, causaríamos.
Mi boca, que se ciñe a tu nombre
mientras dulcemente me acaricio,
pretendiendo que esta noche
te acuestas en el fuego conmigo.
Mis labios, que, con fuerza, muerdo
ante la lujuria de tu recuerdo.
Mis manos, que padecen el anhelo
de cernirse sobre tus pechos
y apretarlos y arañarlos y poseerlos,
retozar con ellos como un rincón de juegos.
Mis ojos, que te observan:
estás evaporándote
junto al sonido de mi gruñido.
Pareces un ángel entre las nubes de mi éxtasis.
Mis expresiones, mis perversiones,
lo que despiertas en mí es inefable.
Eres un astro que cae en mi noche,
provocando que quiera apagarte.
Mi espalda suplica tus arañazos,
mi intimidad es insignificante sin tu lengua,
mis sueños no son húmedos sin tu sexo.
Mis cicatrices,
mis perfecciones e imperfecciones,
mis lágrimas
corresponden al dolor y placer que en mí causas.
No estás a mi lado, pero mi deseo cierra distancias.
Aún no me has tocado
y ya mi piel tiene
tu nombre tatuado.
Aún no me has explorado
y ya mis enigmas
se han desnudado.
¿Lo entiendes ahora? Mi cuerpo te pertenece.