Ni siquiera se molestó en responder la pregunta que él había hecho, por alguna razón sabía que iba arruinar el momento con un comentario fuera de lugar. Sebastián solía hacer eso y ella estaba acostumbrada, además aquello había dejado de molestarla, aunque a veces la hacía fruncir el ceño y soltar uno que otro gruñido, enfurruñada. Soltó un suspiro mientras comía un poco de helado y se dedicaba a coger todas las frutillas que encontraba con la cuchara para comérselas luego. Le dedicó una pequeña sonrisa a su mejor amigo cuanto notó que la estaba mirando, al principio pensó que tenía algo en la cara así que se apresuró a coger la servilleta y a limpiarse los labios, pero entonces se dio cuenta que no tenía nada y que al parecer él ni siquiera se había dado cuenta de que la estaba mirando. Eso solía pasarle a ella siempre. Lo miraba, podía mirarlo por horas sin cansarse mientras que en su cabeza seguía repitiéndose que era el chico más increíble que había conocido en su vida y que, sin duda, era la persona con la cual quería estar para siempre. No se imaginaba un mundo sin Sebastián, no se imaginaba levantándose feliz por las mañanas sin esperar una de esas sonrisas que sólo le dedicaba a ella. Tampoco se imaginaba viendo una película sola, sin sus fuertes brazos acobijándola en las partes tristes o en las partes que a ella le provocaban taparse los ojos. Dudaba ser lo que era ahora sin él. No había Val sin Sebs, así de simple. Soltó una pequeña risita para luego negar con la cabeza mientras jugueteaba con la cuchara la cual tenía un pequeño trozo de frutilla encima. ―Si llegas a ser capaz de retroceder el tiempo, no tienes que darme un regalo. Simplemente tratarme mejor, quién sabe, si hubieras sido más tierno conmigo, probablemente ahora te querría más de lo que ya te quiero. ―Comentó, sonriéndole divertida para luego volver a meterse la cuchara a la boca, a pesar de que eran muy parecidos en algunas cosas, ellos también tenían sus diferencias. Valentina era comida sana total, mientras que Sebastián siempre prefería una hamburguesa o una pizza por sobre todas las cosas. La comida era una de sus grandes diferencias, también lo eran los deportes. La morena con suerte era capaz de entender un partido de fútbol y solía pasarse todo el rato preguntándole a él el porqué de aquello y de lo otro. Al final se había rendido y había decidido leer a su lado, para así evitar irritarlo. También era mala haciendo deportes. Él adoraba salir a trotar, jugar un partido de fútbol e ir al gimnasio un par de veces, Valentina hacía ejercicios ocasionalmente pero se aseguraba de estar en forma, sólo para comprobarle a él que comer sano si valía la pena.
Notó que el movía la silla y lo miró con el ceño levemente fruncido hasta que notó que sólo lo hacía para acercarse a ella, apretó un poco los labios para evitar sonreír ampliamente y estuvo a punto de dejar que la cuchara cayera sobre la gran copa, pero la sostuvo a tiempo para llevarse un poco de helado a los labios, ni siquiera se dio cuenta de que se había manchado. A pesar de estar acostumbrada a su cercanía, siempre sentía que su corazón se aceleraba cuando él se acercaba o que dentro de ella había un millón de mariposas cada vez que se encontraba con su mirada. Era algo que no podía evitar, tampoco quería hacerlo porque la hacía sentir viva. Él la hacía sentir viva. La hacía feliz, tan sólo una sonrisa de él podía lograr que ella estuviera feliz por semanas. Frunció los labios cuando sintió que él la limpiaba, como solía hacerlo siempre y le dedicó una pequeña sonrisa. Iba a decirle gracias, pero él interrumpió sus palabras. No pudo evitar sonrojarse ante lo que él decía, le gustaba que él la llamara así pero también la hacía sentirse tímida de repente y es que las palabras de Sebastián eran demasiado importantes para ella. Ni siquiera sabía por qué él estaba diciendo eso, sólo podía pensar en sus palabras, mirar sus ojos los cuales le indicaban que sus palabras eran totalmente sinceras. La morena se apresuró a subir una de sus manos hacía la mejilla del muchacho, acariciándosela con suavidad para luego delinear su mandíbula con uno de sus dedos. Negó con la cabeza al escuchar su pregunta pues no quería hablar, temía que si abría la boca diría una sarta de estupideces. Arrugó levemente la nariz al sentir su pequeño roce y le dedicó una sonrisa llena de sinceridad, sentía que sus ojos se llenaban de lágrimas pero se negó a echarse a llorar. No quería ponerlo incómodo y tampoco quería hacer el ridículo, le dedicó una leve sonrisa pero dudó que él pudiera verla pues entonces sintió sus labios contra los suyos. Movió su mano desde su mandíbula hasta su nuca para acercarlo un poco más a su rostro mientras sus labios se movían contra los de él, siguiendo su ritmo de forma suave y pausada. Dejó escapar un suspiro contra sus labios y se alejó lentamente, tomándose su tiempo para volver a abrir los ojos.
Se quedó mirándolo por varios segundos, quieta allí, sin saber qué decir o qué hacer. Sebastián era totalmente impredecible en ese tipo de cosas, a veces le decía eso y luego se cerraba otra vez, no sabía cuándo la dejaba entrar y cuando no. Ella quería estar presente en él siempre. Quería que la recordase tan seguido como ella lo recordaba a él y eso significaba pensar en él las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana. Con un mensaje él podía hacerla estallar de felicidad, incluso si el mensaje sólo era una carita sarcástica o un punto. ―Te quiero, Sebastián. ―Susurró contra los labios del castaño para entonces alejarse y dedicarle una sonrisa, de esas sonrisas que solía mostrarle cuando se encontraba feliz, cuando no podía estar más en paz con él y consigo misma. Si tuviera que elegir entre salvar su vida y la de otra persona, lo escogería a él. Sin dudarlo. Sin ni siquiera pensarlo. Lo salvaría a él, porque ella podía ser feliz fuese donde fuese, siempre y cuando él estuviera bien. ―Sé que probablemente lo sepas, pero me gusta decírtelo. ―Soltó una pequeña risa, negando con la cabeza mientras apoyaba sus manos en las mejillas del castaño. Le besó cortamente los labios y luego bajó una de sus manos para coger la de él y entrelazar sus dedos. ―¿Sabes, Sebs? No cambiaría nada acerca de mi vida. Absolutamente nada. Me alegra haber ido a ese orfanato, porque gracias a él te conocí. Eres la única persona que puede hacerme sentir bien incluso en los peores días. Eres el único que puede alejar mis pesadillas. Eres mi persona, ¿vale? Sin presiones. Con los pequeños detalles me haces sentir como si fuera la chica más importante del planeta y no sabes cuánto te agradezco eso. ―Acarició su mejilla y luego se inclinó hacia él para besar sus labios otra vez, de manera pausada y lenta. Diciéndole todo lo que no podía decir con el movimiento de sus labios contra los suyos. ―Definitivamente no. No cambiaría nada. Porque no elegiría ningún futuro por encima de ti. Tú eres la mejor opción. Mi mejor opción. ―Le murmuró con voz suave y luego acarició suavemente su nuca, apoyó su frente contra la de él mientras sus ojos se fijaban en los suyos, aunque seguramente eso no dudaría mucho. Valentina le sonrió otra vez. Sólo como podía sonreírle a él, comunicándole sin palabras que no era necesario decir Nada. Que sólo estaba diciendo eso porque era la verdad y ya no soportaba guardarse esas verdades dentro, necesitaba que él supiera lo mucho que ella lo quería. Lo mucho que lo apreciaba y valoraba. Él era todo lo que ella esperaba que fuera. Era su Sebastián. El chico que la salvaba de sus pesadillas. El muchacho que la hacía reír a carcajadas en el momento más inoportuno sólo para burlarse de su vergüenza. El joven que, al verla dormida en el sofá, la cogía en brazos y la llevaba a la cama. El mismo que se preocupaba de que tuviera una sopa y las medicinas adecuadas cuando estaba enferma. Era simplemente Sebastián. Y para ella eso era suficiente. De hecho, era más que suficiente. Porque lo amaba, y estaba segura de que lo amaría incluso si algún día llegaban a separarse.