La noche avanzaba lentamente en el refugio, donde el caos de los últimos días por fin daba paso al cansancio. En los pasillos, el eco de pasos descalzos rompía el silencio de vez en cuando, mientras la mayoría se entregaba al sueño…o al instinto.
Y Vash, pobre Vash, seguía en su misión sagrada: encontrar un rincón sin ronquidos, sin llanto, y sin maldito sexo.
Descalzo, con el ceño fruncido y los brazos cruzados arrastrando una manta, como si eso pudiera protegerlo del mundo, había recorrido tres habitaciones y dos rincones improvisados. En la primera, alguien roncaba con el poder de un taladro industrial. En la segunda, una pareja de hermanos lloraba en turnos, sollozos sincronizados que perforaban el alma. Y la tercera…
…La tercera había sido una experiencia traumática con sonido ambiente y sombras en movimiento que ni en sus pesadillas más oscuras.
Gruñendo entre dientes, empujó con decisión la puerta de una pequeña sala mal iluminada por la tenue luz de emergencia.
—Perfecto —murmuró para sí—. Silencio, mantas… y parece vacío.
Dio un paso dentro. Y entonces lo vio.
Dos cuerpos pegados, piel contra piel, como si el apocalipsis fuera la mejor excusa para desnudarse. Una pierna de Gilbert colgaba fuera del colchón y Roderich tenía el rostro enterrado en su cuello, con una expresión tan dulce que parecía esculpida por ángeles borrachos.
Vash parpadeó. Una vez. Dos.
El silencio murió brutalmente.
—¡¿¡PERO QUÉ DEMONIOS…!?!
Gilbert se sobresaltó, incorporándose con media erección durmiendo bajo la manta y el cabello hecho un desastre erótico. A su lado, Roderich se cubría la cara con una mano como si deseara evaporarse.
—¡Vash! —exclamó Gilbert, aún medio en trance—. ¿Qué haces tú aquí?
—¡¿¡YO!? ¿¡QUÉ HAGO YO AQUÍ!? —bramó Vash, alzando una ceja tan alto que casi se le despegó—. ¡Esto es un refugio de emergencia, no una cueva de apareamiento de animales salvajes!
Roderich se retorció en el pecho desnudo de Gilbert, avergonzado hasta el alma. Gilbert, en cambio, se limitó a sonreír. Ese tipo de sonrisa que no pide perdón porque no le interesa pedirlo.
—Tranquilo, Vash. Si buscabas tranquilidad, puedes quedarte. Pero te advierto que ronco… y después de esta noche, probablemente no soy el único.
—¡NO! ¡Ya he visto suficiente! —bufó Vash, girando sobre sus talones con un dramatismo digno de una diva—. ¡Y si vuelvo a oír un solo gemido esta noche, ¡voy a dormir con un extintor cargado bajo la almohada!
La puerta se cerró de un portazo. Hubo silencio por un momento. Y luego, Gilbert soltó una carcajada.
—¿Ves? Te dije que deberíamos haber cerrado la puerta— murmuró Roderich, aún tapándose hasta las orejas con la manta.
—Estaba demasiado ocupado como para pensar en eso —replicó Gilbert con una sonrisita malvada, deslizándose de nuevo bajo las sábanas con un brazo posesivo sobre su beta favorito.
Afuera, Vash se alejaba a paso firme, mientras fruncía el ceño con una mezcla de indignación y resignación.
—Esto es una maldita conspiración hormonal —masculló—. Primero me topo a Alfred y Arthur en medio del almacén de suministros… ¡el almacén! ¡¿Dónde se supone que guardemos la comida ahora?! —gruñó, aún escandalizado—. Y ahora esto… ¡¿acaso nadie puede mantener sus pantalones puestos en plena crisis!
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