Hay algo dentro mío
rasguñando las paredes.
No sé si nació conmigo
o si lo traje de vuelta
de algún bosque al que nunca debí entrar.
Pero late.
Tiene hambre.
Y a veces, en las tardes de verano,
cuando el aire vibra lleno de cigarras
y el mundo parece derretirse despacio,
lo siento moverse debajo de mis costillas
como si estuviera buscando una salida.
Creo que sólo quiere ser tocado.
No de esa forma simple
con la que las personas se rozan para no sentirse solas.
Quiere algo peor.
Quiere que alguien meta la mano
hasta el centro exacto de la herida
y no retroceda
cuando encuentre algo extraño respirando ahí adentro.
Qué horrible anhelo éste.
El de querer ser visto completamente
aunque eso signifique
mostrar la parte no humana,
la parte rota,
la parte que ama con dientes afilados.
Y aun así seguir esperando.
Como un monstruo sentado al borde del verano,
cubierto de luz dorada,
soñando con que algún día
alguien escuche el ruido dentro de su pecho
y, en lugar de huir,
lo reconozca.
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