Entre tus buenos días y mis buenas noches.
No sé en qué momento comenzamos a hablarnos como si el silencio fuera un idioma compartido. Tal vez desde el principio. Tal vez desde esa extraña manera tuya de estar y no estar, de acercarte con pasos temblorosos, como quien quiere entrar pero deja la puerta entreabierta para huir a tiempo.
Hoy intento despedirme de ti, aunque nunca supe si alguna vez llegaste del todo.
Siento que nuestras conversaciones fueron un cuarto sin ventanas: ahí adentro respiramos lo justo, dijimos lo necesario, evitamos mirarnos a los ojos. Me pregunté algunas veces qué querías, qué buscabas, qué nombre ponerle a eso que me dabas. Pero tú te envolvías en explicaciones torcidas, en medias palabras, en “no sé” que sabían a abandono anticipado.
Y aun así, yo me quedaba.
No sé cómo empezar algo que ya estaba empezado desde hace tanto, ni cómo terminar lo que se fue desgastando entre mensajes que parecían eternos. Quizá estas palabras son solo un intento por darle forma a lo que siempre estuvo ocurriendo en silencio.
Había algo nuestro en lo cotidiano.
En esa manera de escribirnos apenas despertábamos, en el humor ligero que se convertía en refugio, en las películas que veíamos al mismo tiempo como si así pudiéramos tocar el mismo sofá, la misma noche, la misma vida.
Éramos dos pantallas iluminándose a la par. Dos risas que coincidían a la distancia. Una rutina que se volvió hogar, aunque nunca lo dijimos así.
Y sí, yo fui a buscarte. No lo grité, no lo presumí, pero fui. Fui con el cuerpo completo, con mis horas, con mis ganas. Fui porque pensé que verte cambiaba algo, que algo se afirmaba, que lo nuestro se volvía más real cuando tus ojos estaban frente a los míos.
Tú, en cambio… nunca viniste. Y aunque siempre tenías una explicación, una razón, una historia acomodada con cuidado, la verdad siempre estuvo en lo que no hiciste.
Con el tiempo dejé de moverme yo también, como si mi quietud pudiera enseñarte lo que era intentar, como si mi ausencia corporal pudiera invitarte a buscarme por primera vez. Pero no pasó.
Y aun así me escribías como si nada faltara, como si el afecto pudiera sostenerse sin presencia física, como si lo cotidiano fuera suficiente para callar los vacíos.
Era bonito, sí. Pero también era tibio. Y yo necesitaba algo más que tibieza.
Recordé nuestra última conversación como quien relee un presagio.
Tú repitiendo no sé que decir. Yo intentando entender lo que ya sabía desde antes: que lo nuestro estaba sostenido por mí, por mi impulso, mi presencia, mis viajes, por mis ganas de que algo creciera donde tú solo querías que nada cambiara.
No te culpo. De verdad que no.
Hay gente que ama desde lejos porque no sabe acercarse más.
Hay gente que prefiere la comodidad del casi porque lo completo les asusta, los sobrepasa, los compromete.
Pero yo ya no puedo vivir en un casi. No puedo seguir amando a alguien que se queda siempre a unos pasos del encuentro. No puedo quedarme en una historia que se escribe con cariño, pero sin movimiento.
Por eso estas palabras también son para mí. Para la parte de mí que se conformó con lo cotidiano, que confundió la costumbre con el destino,
que pensó que una pantalla encendida podía reemplazar la presencia que yo necesitaba. Para la parte que quiso creer que el cariño bastaba,
cuando bastaba para ti, pero no para mí.
Fuiste una despedida lenta.
Una que se fue formando en cada mensaje, en cada duda, en cada secreto, en cada intento mío de alcanzarte mientras tú ya estabas reuniendo tus sombras, acomodándolas en la mochila para irte.
Ese silencio que me regalaste me dio la oportunidad de entender lo que no quería aceptar: que yo estaba sosteniendo algo que tú ya habías soltado hace tiempo.
Para la mujer que quiso ser entendida, que se cuestionó de más, que se preguntó qué hizo mal cuando en realidad no había nada que hacer.
Para la que merecía palabras de frente, no susurros cansados ni “no sé” disfrazados de sinceridad. Para la que merecía una presencia completa, no un fantasma educado.
Hoy me digo adiós a mí misma: a la versión que te esperaba.
Y te digo adiós a ti:
a tu indecisión,
a tu privacidad disfrazada de secretismo,
a tus secretos,
a esa vida de la que nunca me hiciste parte,
a tu afecto en bajito,
a tu fuga silenciosa que aún me arde en el pecho.
No te guardo rencor. Solo guardo memoria.
Y aunque te haya querido a destiempo, aunque mi corazón haya intentado inventar un futuro que tú nunca quisiste mirar, me despido.