11
La noche porteña estaba perfecta para caminar. El aire estaba tibio del calor que seguramente había hecho durante el día, pero había una brisa apenas fresca. Salí del hotel buscando algo que hacer, algo para distraerme de lo que estaba pensando insistentemente hacía varios días. La salida en Viña me había ayudado a sacarme a Pedro Pablo de la cabeza durante algunas horas y ese día buscaba lo mismo. Sin recordar muy bien caminé varias cuadras. No había mucha gente en las calles, y los bares estaban cerrando. De repente me crucé entre unas avenidas grandes, odiaba no acordarme de nada. Doblé a la izquierda y me acordé que Gonzalo me había hablado de un bar gay que abría siempre. Sin remilgos le pregunté a un señor de un kiosco si sabía de algo abierto, me miró y me dijo:
-A dos cuadras hacia allá hay un bar, solo de hombres. Al llegar a la esquina doblas a la derecha y está casi al lado de la esquina, la calle se llama Rodriguez Peña.
Agradecí la amabilidad, compré un paquete de cigarrillos y caminé animado.
Llegue al bar en cuestión que estaba en un subterráneo. Bajé la escalera y había un letrero con el nombre “Contramano”. La concurrencia no parecía muy animada, bastantes señores mayores, unos pocos chicos de mi edad o menores. Fui a la barra y pedí un agua con gas. Me tenía que levantar temprano, así que preferí no tomar nada de alcohol, además que supuestamente veinticuatro horas antes de volar no se puede tomar nada de alcohol. Me felicité por portarme bien. Al rato de estar mirando cómo era la interacción de la gente me empecé a aburrir. Algunos chicos se fueron acompañados de señores mayores y me di cuenta de que era más un bar de alterne. Estaba pensando en eso cuando se me acercó uno a hablarme y a invitarme una copa. Le respondí amablemente que ya me iba en un rato porque viajaba temprano. Se puso insistente y puso una mano sobre mi antebrazo. Notoriamente incómodo le dije que estaba cansado y que me iba. En eso se acercó un chico que estaba sentado más allá y le dijo:
-Dejalo, que no ves que no quiere?
-Que te metés vos, Damián?- respondió
-Vení- dijo Damián, mientras me tomaba del brazo para sacarme de ahí.
Una vez fuera del bar se lo agradecí.
-Tenés que andar con cuidado acá, hay mucho viejo choto que no entiende un no por respuesta. Y si acá, con más gente no entienden, en privado se ponen peor.
-Si me di cuenta.
-De donde sos?
-De Chile, vine a dar una vuelta y me metí al bar.
-Ah, con razón no entendías nada! En días de semana hay señores buscando chicos guapos, es como un intercambio. Dinero por un poco de juventud.
-Buscaba un bar para despejar la cabeza, nada más.
-Y, está complicado en un día como hoy. Igual ya me iba, no vi ningún potencial cliente. Caminamos juntos? Hacia dónde vas?
-Creo que a mi hotel- dije
-Si querés te acompaño.
-Bueno-respondí. Me preguntó la dirección, busqué la tarjeta del hotel, vio la dirección y empezamos a caminar.
Me contó brevemente que a veces se prostituía cuando andaba corto de efectivo y que generalmente buscaba clientes en ese bar. Otras solamente por diversión, como en esa noche. Me contó que estudiaba diseño y que terminando se quería ir a Barcelona. Luego me interrogó y hablé un poco de mi. Cuando nos acercábamos al hotel empecé a pensar qué tal vez Damián tenía intenciones de subir a la habitación conmigo. Si bien era guapo pensé que lo más adecuado sería subir solo. Si alguien de la tripulación me veía no sabría cómo explicarlo. Por el contrario cuando llegamos me dijo que llegaba hasta ahí y que tuviera cuidado. Que cuando volviera a Buenos Aires lo llamara para que saliéramos a tomar algo. Entré rápido a pedir un lápiz y algo donde anotar. Apuntó su número y se despidió con un beso en la mejilla que me tomó por sorpresa. Siguió su camino y to entré al hotel, me di cuenta que el chico de la recepción, unos cinco años mayor que yo, me estaba mirando y había estado viendo lo que pasaba mientras estaba afuera con Damián. Fui a devolverle el lápiz y el block de notas que me había prestado y me dijo:
-Todo bien?Tenga cuidado con esa gente.
-Es un amigo- respondí a su impertinencia.
Subí a mi habitación a tratar de dormir un poco, me saqué toda la ropa y me metí rápido a la cama. Apagué la luz y escuché que tocaban a la puerta, muy suavemente, casi imperceptible. Me levanté de un salto, con curiosidad me acerqué lentamente a mirar por la mirilla. Era el chico de la recepción, traía algo en la mano que miró, pero por el ángulo de la mirilla no alcanzaba a ver. Pregunté que quería desde dentro sin abrir la puerta.
-Perdón, dejó algo en la recepción.
Se sentía raro que me tratara de usted, pero solo cumplía su trabajo.
-Un momento, respondí- tenia que buscar rápido algo para ponerme, aunque estuve tentado de abrir la puerta tapándome con ella. Fui rápido al baño a buscar una toalla, y encontré una bata.
Me devolví a la puerta, la abrí, me miró de pies a cabeza y me entregó la hoja de papel con el número de Damián.
-Perdón por lo de abajo, no sabía que era su amigo, y bueno...uno suele juzgar al libro por la tapa.
-No te preocupes, nos habíamos conocido recién y se portó muy bien conmigo. Me salvó de una situación incómoda y me acompañó hasta el hotel.
-Ah, que bueno. Pero igual hay que tener cuidado. Y usted es nuevo? No lo había visto por estos lados. Siempre me toca el turno de noche y los conozco a casi todos.
-Si, llevo poco tiempo volando. Muchas gracias por traerme el papel.
-De nada, que pase buenas noches.
Me devolví a la cama y apagué todo, pensé que era muy raro que hubiera subido el papel, si me lo podría haber entregado cuando hiciera el check out en un par de horas más.
Al final no logré dormir y llegó la hora de levantarse, me duché, me puse el uniforme, ordené mis cosas y bajé a hacer el check out. No había bajado nadie de la tripulación todavía, aún estaba de noche y estaba el mismo chico solo, entregué mi llave y me senté a esperar al resto. Sentía que no me sacaba los ojos de encima y un minuto después se me acercó para entregarme una hoja del mismo block de notas. La hoja estaba doblada, la abrí, decía Daniel más un número de teléfono y una carita feliz. En eso salía del ascenso en el copiloto, volvió rápidamente a su puesto para hacerle el check out.
Llegamos a Santiago con pocos pasajeros y unas ojeras que me llegaban al suelo. Me fui directo a dormir y desperté cerca de las cuatro de la tarde cuando sonó el teléfono, era Mariana invitándome a comer a su casa. No estaba seguro de querer ir, y quedé en confirmarle dentro de un par de horas.
Decidí quedarme en casa y descansar. Me hacía falta un poco de calma y tranquilidad y no tenía ganas de hablar ni dar explicaciones del tema Pedro Pablo, que seguro
Mariana quería saber más. Teníamos muy buena relación y la consideraba amiga, pero a veces se le pasaba un poquito la mano con querer saber detalles. Y en ese momento no creí que fuera lo mejor para mi. Llamé a Gonzalo para saber si tenían planes, y me respondió que sólo quería estar tranquilo en casa, así que le propuse que esa noche los esperaba con comida. Salí a comprar algo para cocinar, no había almorzado y tenía hambre. Mientras caminaba al supermercado decidiendo lo sobre el menú de esa noche, sentí que alguien me estaba mirando; me detuve en seco para ver si realmente alguien me miraba o era mi imaginación y la falta de sueño. Metí la mano en el bolsillo de mis jeans para sacar un paquete de cigarrillos y me giré para ver a mi alrededor. No veía a nadie en actitud de estarme mirando fijamente o de estarme siguiendo. Encendí el cigarrillo y seguí mi camino. Ya en el supermercado compré varias cosas para cocinar, pagué y salí de regreso al departamento. A la cuadra volví a sentir la misma sensación, decidí caminar un poco más lento, y un poco más allá me senté en un paradero que afortunadamente estaba bastante lleno. Miré semi escondido entre las personas que esperaban, de repente se asomó Pedro Pablo de una calle que yo había cruzado hacia pocos minutos. No me vio entre la gente del paradero y camino rápido con rumbo a mi casa, cada tanto miraba a los lados, pero no hacia atrás. Yo caminaba tan rápido como lo hacía él, para seguirle el paso. Mientras caminaba, no tenía idea de lo que le
Iba a decir, y trataba de pensar en algo rápido. Me moría de ganas de tirar las bolsas, acercarme por detrás y taparle los ojos para que adivinara quien era, y cuando me descubriera, besarnos en medio de la calle, luego llevarlo a casa y estar con él toda la noche abrazado. Pero sabía que eso era imposible y ya no volveríamos a besarnos ni abrazarnos ni nada; cuando pensaba en esto, me daba una sensación de vacío en el estómago, enojo y pena al mismo tiempo.
Sin haberlo pensado mucho, caminé más rápido para quedar solo un par de metros detrás suyo y lo llamé por su nombre. Paró en seco, se dió vuelta lentamente. Vi su cara pálida y los ojos muy abiertos.
-Porqué me estás siguiendo?
-Tengo que hablar contigo, explicarte, no sé.
-No tenemos nada de qué hablar, ya te lo dije antes. No creo que tenga que repetirlo- dije sintiendo como la rabia me subía del estómago a la cara.
-Pero es que tengo que darte una explicación, por favor dame cinco minutos. No sé que hacer, ya no doy más-Su cara cambió, se acercó a mi, mientras empezaba a llorar sin control. La gente que pasaba miraba de reojo esta escena. Eran las seis y media de la tarde y muchos ya iban de regreso a sus casas, pero no me importaba que nos vieran.
-Lo siento, si tu piensa si que me debes explicaciones a mi, creo que estás equivocado. Tienes una relación con alguien, a él le debes explicaciones, no a mi.
-De eso mismo se trata!- decía sin poder contener el llanto- por favor déjame explicarte!
Con eso último había logrado atrapar mi atención y despertar mi curiosidad.
-OK, tienes cinco minutos para darme las explicaciones que tanto necesitas justo ahora- dije irónico.
Me miró con la cara inflamada por el llanto, los ojos rojos llenos de lagrimas, se sonrió y respondió:
-Seguro que después que escuches lo que te voy a decir vas a tener mas preguntas y no van a ser cinco minutos.
-Solo te puedo dar cinco minutos. Tengo cosas que hacer-respondí cortante
-Si al menos sirve para que me perdones, me quedaré más tranquilo.
-Veamos- dije mientras me di media vuelta para que camináramos a mi casa.
Cuando llegamos calculé que le podría dedicar máximo cuarenta y cinco minutos sin atrasarme con la comida que había prometido.
Le ofrecí un vaso de agua que aceptó y le pedí que fuera breve, insistiendo en que disponía de poco tiempo.
Empezó con un preámbulo muy largo de su salida del clóset en su casa, la separación de sus padres, el tiempo que vivieron fuera de Chile por el trabajo de su papá. Al final tenía un cierto sentido para comprender su historia.
Habían conocido a Urrutia hacía algunos años. La mamá se había hecho muy amiga de él en el momento más álgido del quiebre del su matrimonio con el papá de Pedro Pablo. Urrutia le tendió una mano cuando volvió a Santiago sin nada y dos hijos estudiantes. Le prestó un departamento para que vivieran, Pedro Pablo quiso estudiar periodismo y Urrutia fue su mentor. Su mamá al darse cuenta de la situación, de cierta forma fue facilitando las cosas para que Pedro Pablo tuviera una relación de pareja con José Antonio Urrutia. Claro, le convenía económicamente, pues el papá de Pedro Pablo mandaba dinero de vez en cuando para sus hijos. Y ella, una mujer que en su vida había trabajado y no tenía idea de nada, no tenía cómo sustentar su estilo de vida. Finalmente había obligado a su hijo a tener a José Antonio contento, para poder subsistir. José Antonio organizó y pagó vacaciones, el departamento y los gastos de la madre y el hermano de Pedro Pablo. José Antonio era quien tomaba las decisiones y Pedro Pablo, su mamá y su hermano más chico acataban. Le consiguió un trabajo a su mamá, que había sido criada para ser una dueña de casa, pero de situación. Después de un tiempo Pedro Pablo quiso independizarse y buscar trabajo, pues sus resultados académicos no le permitieron seguir estudiando. Entonces José Antonio le consiguió una entrevista de trabajo en la línea aérea con algún contacto y le arrendó el departamento en el que yo había dormido, para tener acceso más libre a Pedro Pablo, pero le había salido el tiro por la culata, porque su protegido ya no quería estar más con él por obligación. Si mamá se había enterado de lo que había pasado en el cumpleaños de José Antonio, que la había puesto al tanto de mi existencia, ella para proteger su posición y futuro económico le estaba haciendo la guerra a Pedro Pablo para que volviera con José Antonio.
Cuando terminó de contar la historia ya no lloraba. Tenía los ojos fijos mirando hacia la calle. Finalizó su relato de los hechos con un “no quiero seguir prostituyéndome por mi mamá y mi hermano.”
No sabía que decirle, pues todo era muy fuerte para mi. Me di cuenta de la hora y le dije que tenía cosas que hacer y que lo llamaría al día siguiente. Lo tomé por sorpresa y no se negó a irse a su casa.
Justo a tiempo para ponerme a cocinar la comida que había ofrecido preparar para mis amigos.















