Mi amor,
La tarde se vuelve interminable y el sueño pesa sobre mis párpados.
Digo que es cansancio, pero yo sé que tiene otro nombre.
Te culpo… aunque, en realidad, la culpa es mía: por extrañarte con una devoción tan absurda que ni siquiera cuando estás a unos pasos de mí consigo sentirte suficiente. Siempre quiero un minuto más, otra palabra, otro silencio compartido.
Y es que la noche siempre nos encuentra despiertos. Yo no te dejo dormir; tú tampoco me salvas del insomnio. Pero, ¿cómo cerrar los ojos cuando existes al otro lado de la almohada?
No quiero dormir.
Quiero conversar contigo hasta que la madrugada se vuelva mañana, hasta que el primer rayo de sol descubra nuestras voces cansadas y el café tenga que reparar el desorden que mi amor dejó.
Que el sueño me pase la cuenta después.
No importa.














