Dejé de escribirte porque dejé de pensarte.
Después de 4 largos meses, logré dejarte ir.
Dejé de checar tus redes sociales, de estar en modo jouska, de hablarle a la gente de ti, de buscarte en mis recuerdos, de intentar llamar tu atención, de extrañarte.
Te dejé ir y cuando hoy quise voltear a verte, por fin ya no estabas.
Respiro y me siento vacía de vicios, de nostalgias, de errores, de ignorancia, de rencor y de corazones rotos.
Fuiste la fuente de Duchamp de mi espíritu artista y lo firmé y lo afirmé hasta que el arte me reclamó.
Ahora sé que lo único que te agradeceré para siempre es algo que no podré agradecérselo a alguien más; tú me regalaste mi libertad.
Al principio no quería tu regalo porque estaba envuelto tan feo, tan vil, tan raro. No creía que esa envoltura fuera digna de los regalos que yo te había dado a ti. Pero qué más, no juzgues a un libro por su portada es lo que nos dicen siempre y yo, hasta este momento, lo entendí.
El mejor regalo debajo del peor papel.
Gracias por mi libertad, gracias por irte así, gracias por dejarme claro que soy la parte de la relación que no se quedó con nada, que lo entregó todo y que puede vivir presumiendo que de su parte (mi parte) siempre fue amor.
Ya lo veo de otra forma. Puede ser que preferiste ser tú la traicionera, preferiste herirte a ti misma, preferiste vivir tú con la culpa, ahogarte en el “hubiera”, preferiste lanzarte al vacío con tal de que yo fuera libre.
No sé si algún día volveré a escribirte pero por ahora te dejo ir.