La última (y única, al menos hasta aquí) vez que nos adentramos hasta los -para nosotros- exóticos parajes fríos y desérticos de la lejana Noruega fue para hablar del que quizás fue el movimiento musical más resonante de los que se sucedieron en un país que, sin embargo, sostiene desde hace un buen tiempo una saludable tendencia por motivar las expresiones artísticas más variopintas. En aquella ocasión, nos inmiscuimos en los muchos factores socioculturales que se dieron cita para la génesis de un estilo tan duro y oscuro como (muy a su pesar) controversial, el infausto black metal que invadió la sociedad noruega con su combinación de sonidos duros e intransigentes, estética sombría y misteriosa, agrado por el satanismo y la quema de iglesias y, ya hacia su momento de ocaso, crímenes hechos y derechos. Pero así como las sociedades son un entramado complejo y a veces difícil de discernir entre las idiosincrasias, saberes, gustos e intenciones de las diversas personalidades que las conforman, ceñir el importante acervo cultural contemporáneo de Noruega a un género musical, por más resonante y popular que este haya sido, es un reduccionismo criminal. No por nada los muchachos tienen el índice de desarrollo humano más alto del mundo; eso no deberíamos tampoco limitarlo a indicadores como alimentación y educación sino también extenderlo a la cultura que es uno de los valores más importantes para la buena formación del individuo. Y sí, Noruega es una tierra que como veremos hoy estalla de manifestaciones culturales, siempre con el sello fantasmal y contemplativo que no puede ser ajeno a esta tierra donde priman los climas fríos y nocturnales y las amplias extensiones de tierra desbastada. Tal es otra de las características fundamentales a la hora de comprender la música que emana de estas tierras, a propósito. Se trata de una expresión que es muy deuda de una historia con varios centenares de años de antiguedad, un folklore muy característico cuyas temáticas y tratamientos ayudan a delimitar de buena manera el impacto y la factura de sus producciones. Lo hemos dicho muchas veces por aquí, a menudo las mejores músicas provienen de aquellos pueblos que tienen la pericia suficiente como para reconocer las partes de sus folklores (palabrita que, recordemos también, etimológicamente quiere decir “música de la tierra”, elocuente definición) que son inherentes a la hora de encarar la producción de músicas futuras, esto es, que hacen a la idiosincrasia y la manera de encarar el hecho creativo. Una vez identificados estos factores, proceso que no es necesariamente consciente sino que -como las voces de los que nos precedieron, como todo lo que ha pasado en nuestra historia y formado la manera en que somos, pensamos y actuamos- está dentro de cada uno como un mandato preexistente, lo más importante pasa por la manera en que se procesan y se reinventan, convirtiéndose así en algo novedoso que a su vez es un tributo a todas esas obras fundamentales para la creación de una identidad tan única como es aquella que caracteriza a las diferentes naciones y sus pueblos. Durante nuestra semblanza sobre el black metal como movimiento ensayamos una suerte de extrapolación, pero no tenía mucho que ver con estos principios. Más bien lo que dijimos fue que una situación tan fructífera en la teoría como lo es la de la economía noruega puede en la práctica generar también sentimientos de alienación e infelicidad, esos bien típicos de las sociedades donde ni la guita ni el laburo son preocupaciones inmediatas, por lo que uno se puede poner libremente a ponderar en las márgenes de la propia existencia sólo para descubrir la agonía fundamental, la de la vida misma y la búsqueda de un camino que no se sabe bien cómo trasuntar. Si aunamos estos factores existencialistas con el paisaje bucólico de las tierras nórdicas, que también puede favorecer la contemplación y el recogimiento, tenemos el caldo de cultivo ideal para un arquetípico subidón del spleen, esa infelicidad esencial que nos hace tan humanos y frágiles como proclives a la repitencia y el estancamiento. Algo de eso era lo que se había dado cita para configurar el particular microclima que culminaría en horas trágicas para Noruega, y de algún modo eso también caracteriza al país como tal. Pero, nuevamente, sería injusto minimizar al seguramente vasto porcentaje de la población para quien estos humores reflexivos, lejos de ser un yunque que los tira para abajo, son el helio que los eleva hacia el cielo de la redención (?), la que se expresa por todos los medios vitales, entre ellos el providencial fuego de la creación. Por eso, hoy vamos a darnos cita en el descubrimiento de una veta maravillosa de la experiencia cultural noruega, el fascinante e innovador mundillo del jazz y la experimentalidad con que han dotado a su contemporaneidad de un toque ecléctico e inventivo. Sí papá, en Noruega hay jazz, ¿qué te creías, que para hacer jazz hay que ser negro? (?)
Por supuesto, sería bastante tonto de nuestra parte decir que lo que se hace bajo el -como sabemos- amplio y aglutinante paraguas de lo que conocemos con el nombre de jazz en un país tan lejano como Noruega tiene algo que ver con el bebop de los años ‘50 en los Estados Unidos, por lo que vamos a empezar diciendo lo obvio: a pesar de la amplia apertura estilística y procedural que el jazz muestra en su seno, lo que hoy vamos a presentarles apenas sí cumple con lo que sería jazz nominalmente. Esto es, se dejan -si fuera necesario- clasificar dentro de este particular subconjunto, pero las músicas de este extravagante cuarteto llamado Supersilent bien podrían estar inscritas en la tradición del avant-garde o tradiciones que tienen más que ver con lo más experimental de las formas compositivas, alejado esto a su vez de la música popular y más cercano a la de cámara. Pero es justamente ahí donde estriba su relación con el jazz, en su acercamiento con lo popular. Por supuesto, si esto es lo popular en Noruega, qué será lo demás (?) pero no hablamos exactamente de algo que venda millones sino más bien de lo que es profundamente influyente e importante para los artistas de su tiempo, un producto que ha traspasado las fronteras de su país para establecerse como uno de los proyectos más interesantes de los últimos tiempos, faro hacia el cual miran muchos de los innovadores de la época que vivimos en busca de una forma de hacer las cosas cuya praxis es tan atrapante como los resultados que logra. Se trata, en esencia, de un conjunto de cuestiones que hacen a lo artístico aunadas en derredor de una manera de hacer las cosas completa que ha generado un ethos personal, por momentos inextricable pero por otros (los del disfrute, los que sobrevienen de dejarse ir y sumergirse en la experiencia) verdaderamente fascinante. Este entramado, seductor y atrayente, es construido a partir de un convencimiento pertinaz, el de haber hallado un camino y seguirlo a ultranza para ver qué resultados depara esta exploración. En el caso de Supersilent, ese terreno -complejo, intrincado, laberíntico y elefantiásico- es el de la improvisación, el arte de sacar sonidos del silencio e ideas de la nada, de combinar voluntades en pos de una nota única, la de estas almas confluyendo para crear algo que no existía antes y que nunca volverá a ser igual. Pavada de misión la que encararon estos cuatro personajes nórdicos, cuya alianza creativa arrancó, como no podía ser de otra manera, motivada por el espíritu imaginativo que caracteriza a los movimientos culturales noruegos. Es en este punto donde es importante mencionar el inmenso fomento estatal que existe para aquellos que decidan dedicar su vida a las artes: desde academias hasta bienales, pasando por festivales y medios de promoción, todo es manejado y garpado por el gobierno noruego, lo que ha dado lugar a una verdadera plétora de formatos y maneras en que estas se manifiestan y difunden. Tal vez no tan habitual en el mundo del rock, esta práctica sí se ha hecho bastante corriente en el jazz, y es allí donde este monstruo de cuatro cabezas que se conoce como Supersilent vio la luz por primera vez, más específicamente en la edición de 1997 de Nattjazz, que junto al Polarjazz, el festival de Kongsberg y otros menores como el de Trondheim y el de Molde conforman una red de eventos que reúne, año a año, a las mejores manifestaciones de las diversas vertientes de este estilo. En el caso de Nattjazz, el foco está en lo contemporáneo, y por eso convocaron al trío Veslefrekk, conformado por Ståle Storløkken (teclados), Arve Henriksen (trompeta) y Jarle Vespestad (batería) a reunirse en el escenario con el músico de ambient Helge Sten, más conocido como Deathprod, para una única presentación en la que combinaran sus acercamientos. Aquella bacanal de estructuras rítmicas complejas, disonancias y drones estridentes fue tan fantástica que ya para comienzos del año siguiente habían editado su primer álbum, 1-3, un triple con las tres horas de este show improvisado, bajo el nombre con el que se los conocería luego. Este disco fue el primer lanzamiento, a su turno, de Rune Grammofon, sello fundado por Rune Kristofferson -quien fuera estrella pop en los ‘80 con su grupo Fra Lippo Lippi- para difundir músicas heterodoxas y experimentales de su país a la manera en que el sello alemán ECM lo venía haciendo hasta entonces. Los tremendos envíos de Supersilent, siempre nomenclados en sucesión y con un arte minimalista y bello, se fueron sucediendo a lo largo de varios años y así llegamos a este 6 que es, quizás, su opus magnum. Editado en 2003, consiste de seis composiciones (todas, también, nombradas según su orden de aparición) donde se dejan entrever componentes melódicos entre los misteriosos y etéreos sonidos que surgen entre las texturas y los hipnóticos ritmos ya característicos del grupo. Calmo y reposado, intrigante y desconcertante, 6 es una lección de ambición colectiva, fruto de una creatividad que surge del deseo de ir más allá y explorar las fronteras del hecho musical con el solo objeto de subvertirlas.