𝗗𝗢𝗟𝗖𝗘 𝗩𝗜𝗧𝗔.
𝘝𝘢𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴, 𝘖𝘤𝘵𝘶𝘣𝘳𝘦, 𝟤𝟢𝟤𝟧: Finn Tate, Baldur N. Hadar, Perséfone Delaney, Holden Sinclair y Bella Hart.
Nunca había sentido tanto estrés como en las semanas previas al viaje. La clínica ya funcionaba con sus primeros pacientes en línea, pero la ilusión de verla nacer se había tornado en una maraña de cifras, decisiones, proveedores y responsabilidades que parecían multiplicarse cada día. Baldur, que acababa de mudarse a Londres para unirse al proyecto, había sido mi compañero en ese caos desde que lo inicié; nos reuníamos a diario entre planos, informes, pruebas de sistemas y presupuestos que se evaporaban antes de siquiera asentarse. Y aunque agradecía su apoyo, no había manera de ocultar el agotamiento. Trabajaba desde que la luz entraba por las cortinas hasta que la noche me arrastraba, y aun así, el insomnio me retenía en la cama, con la mente zumbando y el cuerpo al borde del colapso. Las migrañas eran cada vez más frecuentes, y el dolor en el estómago me recordaba que mi cuerpo estaba gritando lo que yo me empeñaba en callar. Necesitaba detenerme o colapsaría.
Así que cuando finalmente llegó el día del viaje, no supe si sentir alivio o culpa. Me costaba la idea de dejarlo todo, de alejarme justo cuando la clínica empezaba a respirar por sí misma. Pero Finn insistió, y cuando él insiste, es difícil decir que no. Decía que necesitábamos “𝘥𝘦𝘴𝘤𝘰𝘯𝘦𝘤𝘵𝘢𝘳𝘯𝘰𝘴” durante una temporada, y aunque me reí al oírlo, en el fondo entendí lo que quería decir. En el aeropuerto, con las maletas amontonadas y el bullicio de la partida, sentí que algo en mí se aflojaba. Tal vez era la anticipación o el miedo, o ambas cosas entrelazadas. En el asiento del avión, con el murmullo de los motores a punto de despegar, abrí el libro que había comprado unos días antes, titulado "𝘿𝙚 𝙎𝙖𝙣𝙜𝙧𝙚 𝙮 𝘾𝙚𝙣𝙞𝙯𝙖𝙨". Era el favorito de Eriol, y si soy sincero, lo hice por él. Quería comprender lo que lo conmovía tanto, esa emoción que le iluminaba los ojos cuando hablaba del libro, esa pasión que no se podía fingir o esconder de mí. Quizá era una forma de acercarme a él a la distancia, de descubrir un fragmento de su mundo interior. Empecé a leer en cuanto el avión ascendió sobre las nubes, y mientras Finn dormía y las luces de Londres quedaban atrás, me descubrí sonriendo con la primera descripción de la protagonista. "¿𝘗𝘦𝘯𝘦𝘭𝘭𝘢𝘱𝘩𝘦.ᐣ 𝘘𝘶𝘦 𝘯𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦 𝘮𝘢́𝘴 𝘵𝘦𝘳𝘳𝘰𝘳𝜄́𝘧𝘪𝘤𝘰."
Italia me recibió con un calor pegajoso, con voces desconocidas que se entremezclaban en las calles y el olor denso del mar colándose por cada esquina. Al principio, mi cuerpo tardó en comprender que ya no había correos que responder ni informes que revisar. Durante los primeros días, todavía despertaba sobresaltado, esperando una notificación o una llamada urgente, pero pronto el sonido de las campanas y el aroma a pan horneado comenzaron a sustituir esa ansiedad. No llevábamos un itinerario programado con horas incluidas, sabíamos los lugares pero no lo que haríamos cada día. Finn se negó a planificar nada y, contra todo pronóstico, yo lo dejé hacer. Nos dejamos llevar, caminando por ciudades que olían a piedra mojada, empapándonos de su historia y el aroma a sal o comida. Cada mañana era distinta y esa falta de estructura me descolocó al principio tanto como me sanó después.
Buah, no sé ni por dónde empezar. Creo que no recuerdo la última vez que me he reído tanto, y tan seguido, hasta el punto de que me doliera la cara y tuviera que apoyarme en una pared para no caerme. Todo empezó siendo una tarde normal. Estábamos paseando por Venecia, callejeando sin rumbo, como solemos hacer cuando Finn y yo nos empeñamos en “𝘥𝘦𝘴𝘤𝘶𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘭𝘢 𝘤𝘪𝘶𝘥𝘢𝘥 𝘱𝘰𝘳 𝘪𝘯𝘴𝘵𝘪𝘯𝘵𝘰”. Acabamos subidos en una góndola, los seis, haciendo el idiota y cantando cualquier cosa que se nos ocurría. El sol caía despacio y el agua relucía como si estuviera viva. Y de repente, en uno de esos arrebatos de brillante estupidez que solo a Baldur se le ocurren, empezamos a echarnos carreras de puente a puente. Lo que viene siendo saltar justo cuando pasábamos por debajo, correr por el lateral y volver a la góndola antes de que el gondolero nos gritara algo en italiano que sonaba peligrosamente a insulto. Era absurdo, infantil y completamente genial.
Comimos helado como si no hubiera mañana. Creo que llegué a probar cinco sabores distintos, y aun así seguí diciendo que el de caramelo salado era el mejor, porque, bueno, era lo más parecido a Eriol que podía encontrar allí. Tenía la tripa a punto de estallar, pero me daba igual. Llevaba días riéndome sin control, pero ese día… ese día fue el colmo. Sobre todo cuando se me ocurre decirle a Bella "𝘉𝘶𝘧, 𝘯𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘰 𝘮𝘢́𝘴, 𝘭𝘰 𝘵𝘪𝘳𝘰." después de habernos gastado medio riñón. Y su respuesta matadora de "𝘌𝘩, 𝘯𝘰. 𝘛𝘦 𝘭𝘰 𝘤𝘰𝘮𝘦𝘴. 𝘠 𝘴𝘪 𝘯𝘰 𝘵𝘦 𝘭𝘰 𝘤𝘰𝘮𝘦𝘴, 𝘵𝘦 𝘭𝘰 𝘣𝘦𝘣𝘦𝘴." Maldita Bella, nos tuvo a todos con el helado veinte minutos en mano.
Esa noche, tumbado en la cama del hotel, aún me dolían las mejillas. Pensaba en todo lo que habíamos hecho, en lo simple que había sido el día, y en lo feliz que me había sentido siendo tan ridículamente... normal. Humano. No un príncipe o "𝘦𝘭 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘥𝘦". Solo un tipo de veinticinco años riendo hasta quedarse sin aliento en una góndola que casi volcamos. Y, joder, qué bien se siente reír así.
Yo, que llevaba semanas reprimiendo mis verdaderas emociones me encontré riendo de verdad. Una risa tan profunda que dolía en el estómago, en las mejillas, en el alma. Me ardían los ojos de tanto reír y no podía parar, y en ese instante comprendí que me había olvidado de lo que era sentirse así. Ligero, torpe, feliz sin motivo.
Los días siguientes se deslizaron sin prisa, bañados por el sol y el vino barato, por las conversaciones absurdas que solo tienen sentido entre amigos que se quieren sin condiciones. No éramos un grupo de adultos con carreras y preocupaciones, sino una especie de familia improvisada que se encontraba a sí misma entre calles extrañas. Y lo que más me sorprendió fue lo mucho que me gustaba no tener que ser nadie más. No había ojos sobre mí, ni cámaras escondidas tras las macetas. Nadie me exigía mantener la espalda recta, ni filtrar mis palabras, ni pensar en las consecuencias. Podía ser descuidado, decir estupideces, incluso beber más de la cuenta, y el mundo no se caía. Sentí que podía respirar sin pedir permiso.
Y claro que hicimos cosas que en Londres habrían sido impensables. Hubo una noche en la que Finn y yo terminamos echando unas carreras por calles desconocidas, con la idea de ver quién de los dos conducía más rápido. Su orgullo y fanfarronería le llevó a gritar a los cuatro vientos que me había ganado. Yo le dejé decirlo porque no me atrevía a quitarle la ilusión y el brillo en los ojos. Otra de las veces fue en la que Perséfone nos convenció de colarnos en un recinto cerrado solo para ver las luces de la ciudad desde lo alto. No eran grandes delitos, apenas travesuras, pero la adrenalina me recorría el cuerpo como si estuviera cometiendo la más gloriosa de las rebeliones. Era como desprenderse, capa a capa, de todas las máscaras que me habían enseñado a llevar. Y la sensación de libertad… era casi violenta. Sentía el viento en la cara, la música de la calle flotando en el aire, y sabía que nadie me observaba. Nadie tomaría nota para después recordarle a mi padre que su hijo se comportaba como un delincuente.
Finn solía mirarme todo el viaje con una mezcla de comprensión y complicidad, como si supiera lo que se agitaba dentro de mí. No lo decía, pero creo que lo entendía. Sabía que ese viaje no era solo un descanso, sino una especie de salvación. Había pasado tanto tiempo intentando controlarlo todo —𝘮𝘪 𝘵𝘳𝘢𝘣𝘢𝘫𝘰, 𝘮𝘪 𝘷𝘪𝘥𝘢, 𝘮𝘪𝘴 𝘦𝘮𝘰𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴— que había olvidado lo que era sentir sin calcular. Italia me devolvió esa parte. Me devolvió la risa, el hambre, la curiosidad. Me recordó que puedo ser más que una sucesión de decisiones correctas.
Cuando regresé a Londres, el ruido de la ciudad volvió a apretarme el pecho, pero ya no del mismo modo. Traía conmigo una sensación diferente, la balanza del peso había cambiado, ya no sentía la opresión de siempre. Había aprendido algo que ni la universidad ni la realeza podrían enseñarme:
𝘘𝘶𝘦 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮, 𝘴𝘪 𝘴𝘦 𝘷𝘪𝘷𝘦 𝘥𝘦 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥, 𝘴𝘪𝘦𝘮𝘱𝘳𝘦 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘪𝘤𝘢 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘥𝘦 𝗱𝗲𝘀𝗼𝗿𝗱𝗲𝗻. 𝘠 𝘲𝘶𝘦 𝘢 𝘷𝘦𝘤𝘦𝘴, 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘢 𝘷𝘦𝘤𝘦𝘴, 𝗿𝗼𝗺𝗽𝗲𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗿𝗲𝗴𝗹𝗮𝘀 𝘦𝘴 𝘭𝘢 𝘶́𝘯𝘪𝘤𝘢 𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢 𝘥𝘦 𝗲𝗻𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲.














