La relación con sus padres aún era inestable, pero de alguna forma sabía manejarla. El problema recaía cuando debía estar pendiente de su ácido sentido del humor que, por el momento, brillaba por su ausencia. “Oye,” saludó, de manera tan particular, a la primera persona que se encontró por delante. La sonrisa en sus labios fue su redención a la poca cortesía que creyó manifestar. “¿De casualidad sabes qué están dando de bueno en el cine? Hace años que no voy. Aprovechando mis vacaciones aquí, supongo que no es mala idea--” pausó, rememorando entonces todos los percances de la semana anterior. Frunció sus labios antes de añadir: “Porque supongo que no van a tirarme una bomba de camino al centro comercial, ¿no?” Pediré toda la sala, me gusta disfrutar bien de las películas-- qué va, ¿me acompañas?”









