Siempre va a variar el tiempo, no importa qué herida tengas. Podemos tener a dos pacientes con el mismo diagnóstico sin embargo pudieran curarse en tiempos totalmente distintos. Aprendes que las agujas del reloj cosen heridas porque el tiempo es aliado -o enemigo- dependiendo cómo quieras verlo. Aprendes que no importa cuánto te cuides, hay enfermedades con las que ya naces y que hay heridas que nadie puede evitar vivir -o sufrir-.
Nos vamos dando cuenta que el tiempo es relativo cuando el tiempo no te alcanza en la cama rogando 5 minutos más y cuando sientes que las manecillas se detienen en medio de una crisis de ansiedad alargándola cada vez más. Que hay personas temporales, otras que parecen instantes casi mentira, mientras que otras se vuelven eternas en recuerdos y otras que también el tiempo se encarga de borrarlas porque también aprendemos a dejarle »cosas al tiempo«, de librarnos y soltar esa carga como si se tratara de alguien que hará nuestro trabajo y que claro el tiempo también se encargará de pedir factura.
En algún punto decides que ya no quieres gastarlo y que ya no tienes tiempo para ciertas cosas. Hablamos de el tiempo y creemos ser su dueño cuando somos nosotros quienes vivimos viendo el reloj, esclavos de un »tic tac« y vamos viendo como los tiempos cambian, sin que podamos hacer algo para frenarlo, las cosas ya no valen lo que antes desde el tiempo que haces en coche hasta cuánto dura una serenata -si es que te toca escucharla-. o lo que tardas en escribir una carta.
Que hay prontos que nunca llegan, nuncas que siempre perduran y algún quizá que pueda darle un giro a todo. Con el tiempo aprendemos que es importante darnos tiempo, pero hay cosas que sólo se aprenden con el tiempo.