Mamá, creo que nos han robado
Es sábado. Otro día como cualquier otro, despierto tarde. La una de la tarde marcaba el reloj del buró, y por si aún no había quedado claro, los poderosos rayos del Sol de tarde entran por la ventana dándome en toda la cara. Frunciendo el ceño y algo malhumorado doy un gran bostezo y me levanto de la cama, con los hombros hasta el suelo camino como un perezoso a cerrar la cortina negra prohibiéndole el paso a la escandalosa luz.
Una vez la oscuridad se hizo presente en mi pequeña habitación, la rutina de cada día comenzó de nuevo, o al menos eso creí yo.
Entro al baño, me desvisto y tomo una ducha que salvajemente me despierta de lo fría que estaba el agua.
—Estaba mucho mejor en mi cama abrigado. –dije titiritando.
Una vez me acostumbre a la hélida temperatura del agua –que al parecer no era tan insoportable– seguí duchándome. Mientras me bañaba, algo extraño sucedía: un silencio profundo me aturdía, ni siquiera el canario blanco que se posaba fuera de la ventana del baño cada mañana estaba cantando.
—Tal vez ya es muy tarde como para que esté cantando. Mejor para mí, ahora podré escuchar mis propios pensamientos sin ser interrumpido por su canto. –pensé sin tomarle mucha más importancia–.
Cerré la llave, mantuve mi mirada en la regadera hasta que la última gota de agua cayera y acto seguido salí de la ducha. Tomé la toalla y comencé a secar mi cuerpo, teniendo extremada delicadeza en la rodilla derecha, en donde tenía un raspón que casi hacía que muriera desangrado. Bueno, tal vez exageré un poco, pero el dolor era inmenso.
No obstante, ese dolor no se compara con la vergüenza que pase enfrente de mi amigos al caer de ese viejo árbol. Para mi (mala) suerte y como cereza sobre el pastel, mi madre acudió aterrorizada según ella a mí "auxilio", como si yo fuera, ¿qué? ¿Un niñito de 5 años?
—Mamá, tengo 16 años, por favor. –le dije irritado–.
Al parecer pronuncié palabra sin generar sonido, puesto que ella hizo caso omiso a lo que había dicho.
Terminé de secarme y me vestí, salí del baño y otro suceso poco común estaba frente a mí: la cortina negra de mi habitación permaneció cerrada durante mi estancia en el baño. Cada que tiene oportunidad mi madre se cola en mi habitación y abre esas cortinas de par en par. No me molestó en lo más mínimo, es decir, qué mejor, pero aún así eso seguía siendo algo raro.
Tratando de no enrrollarme más, me puse los zapatos olvidándome por completo del tema de la cortina y me dirigí hacia la salida de mi habitación. Al abrir la puerta y poner un pie fuera sentí el peso de una montaña posándose sobre mis hombros. El ambiente estaba tenso, sofocante, ese silencio intenso me aturdía más que cuando me estaba duchando. Me quedé quieto por unos segundos, como si de una estatua se tratara. Di algunos pasos y llegué a la sala y, sintiendo como mi boca se secaba y mis latidos se aceleraban a punto de que mi corazón quisiera salirse por mi boca, vi todo totalmente desordenado: las lámparas y el televisor rotos y en el suelo. El horrible cuadro de mi graduación de la secundaria mal colocado a punto de caer, y aunque me decepcionó un poco que no se cayera y se rompiera, mi angustia y el ambiente asfixiante no me dejaron pensar demasiado al respecto.
—¡Nos han robado! –grité desesperado en mi mente.
Me encaminé muy exaltado hacia la cocina y el comedor para ver si por ahí había pasado el ladrón. A pesar de que encontré las sillas fuera de lugar y unos cuchillos en el suelo de la cocina, no había demasiada evidencia de actividad ilícita en esos lugares.
La única cosas que me pregunté en ese momento fue: ¿que se habrá robado?
Mi casa no es una gran mansión y mucho menos somos ricos. Pese a que vivimos establemente, hay mejores lugares dónde robar. Tal vez se trataba de un ladrón novato.
Comencé a indagar por toda la casa revisando cada cosa para saber qué es lo que se llevó el sujeto que había irrumpido en mi casa. Minuciosamente revisé cajones, gabinetes, armarios; vamos, incluso revisé el refrigerador para saber si tal vez solo estaba hambriento el hombre. Pero, después de 15 minutos de intensa búsqueda, llegué a la conclusión de que no se había robado nada. Incluso el odioso gato gris que duerme debajo de la alacena aún seguía ahí. Fue de verdad una lástima.
Ya totalmente confuso y sin poder explicar lo que había pasado, fui hacia la habitación de mi madre a preguntarle qué fue lo que paso.
Antes de llegar a la puerta de su dormitorio, sentí como mi pecho se convertía en un agujero negro, comprimido y pesado. Abrí la puerta y, tal débiles plumas, mis rodillas se doblaron y caí al suelo; suelo que estaba mojado en sangre que provenía del cuerpo de mi madre, muerta en el suelo con un cuchillo clavado en el corazón. Observé sus ojos abiertos y llenos de tristeza, cristalinos con una lágrima que llevaba el último suspiro de su alma cayendo por su hermoso, suave y frío rostro.
Aquella tan dura, perturbadora y a la vez tan poética escena me dejo perplejo, totalmente congelado. Mis labios blancos, mis ojos muertos y profundos como los de una muñeca y mi rostro pálido se vieron reflejados en el charco de sangre.
Me acerqué a su cuerpo, tomé su cabeza y la puse sobre mis piernas doblada. Lágrimas negras de dolor se habrían paso sobre mis mejillas y el silencio de mi llanto hacia un eco ensordecedor en aquella habitación.
Mi pregunta lamentablemente ya tenía respuesta, aquel ladrón había hurtado lo que nunca pude apreciar completamente y como se merecía: la vida de mi madre. La felicidad y vitalidad de su espíritu había sido arrebatado salvajemente de ella.
Después de minutos sin poder procesar aquella situación, sequé mis lágrimas y también las que habían caído sobre el suyo. Acerqué mis labios a su oído lentamente y le dije con voz quebradiza y vacía:
—Mamá, creo que nos han robado.