No todo lo enterrado muere
En mi interior persiste una espantosa tristeza que, como un grito en el cementerio, me aterroriza.
Quizá esté muerta; tal vez, desde hace mucho tiempo, alguien me enterró.
Mas no bajo tierra, sino bajo traumas y traiciones, bajo desilusiones, bajo palabras hirientes y humillaciones.
Tal vez soy un alma en pena que se pasea por las calles del amor sin ser vista ni escuchada.
Siento un luto que me destroza.
Soy el grito en un cementerio: alguien enterrado que, terco, se niega a morir.
Un corazón abandonado que, incluso enterrado, continúa sintiendo.
Un espíritu que, aun teniendo alas, no sabe cómo escapar.
Dentro de esta caja vieja y gastada, llena de recuerdos y sueños sin cumplir, me mantengo encerrada.
Tan acostumbrada a este encierro que terminé llamándolo refugio.
Pero incluso el dolor asusta.
Por eso me pasan de largo.
Y quien se acerca —valiente o curioso— no tarda en irse cuando entiende que no hay nada más profundo que alguien
que sigue sintiendo, después de haber sido enterrado.