Llegué al cumpleaños y la socialidad me da su primer golpe: todxs excepto yo llaman a mi amiga con otro nombre. Es decir, el nombre es el mismo, pero usamos diferentes diminutivos, que a mis ojos es cambiarle el nombre. Así que para esquivar explicaciones y oídos curiosos evité todo lo posible convocarla por otros medios que no fueran che, eu, pst, o un toquecito en el hombro aprovechando que estaba sentada a mi lado.
Aún así es imposible esquivar interrogatorios cuando voy a un cumpleaños solo y únicamente conozco a la homenajeada mientras el resto fue en manada y pertenece a uno o varios mundos completamente ajenos a mi (en este caso: el mundo laboral). Las conversaciones se dividieron, se formaron grupos y me tocó el que estaba en una esquina de la gran mesa. Como método esencial de supervivencia decidí guardar silencio, solo intervenir haciendo preguntas para abonar las charlas ajenas y evitar alguna que me involucre más de lo deseado.
No funcionó.
No tardaron en preguntarme y vos quien carajo sos, qué mierda hacés acá y de donde concha conocés a MI amiga. Aunque por supuesto lo plantearon con otros términos más diplomáticos. Traté de responder lo mínimo posible: la conozco de tal lado.
-Ah, ella también es de allá -respondió quien me interrogaba, y señaló a otra invitada, un poco amenazando con que si no la conocía a la otra quizás (y solo quizás) mi historia era una mentira.
Yo decía la verdad, efectivamente también conocía a la otra pero decidí ocultar mi intimidad como es mi costumbre, divagar por territorios soeces como también es mi costumbre, y dije: “Ah pero a mi amiga yo la conocí en un prostíbulo donde trabajaba, la otra seguro es otro tipo de persona”. El silencio fue perturbador, lo suficientemente largo como para saber que dudaban si incomodarse o reírse, lo suficientemente corto como para que no quedara raro porque a la gente le da pánico quedar raro. Optaron por reírse, no ahondaron sobre el asunto y siguieron con otros temas.
Nadie me volvió a hablar el resto de la noche.