«Anticipemos ya que el señalar el carácter innato de un comportamiento o una disposición no implica en ningún modo que sean inaccesibles a la influencia de la educación ni que se deban tomar por naturales en el sentido de que tengan un fin biológico determinado. Un comportamiento de origen filogenético puede perder su función original. Así pudo un fuerte instinto de agresión haber provocado en otro tiempo el desarrollo intelectual del hombre por la aguda competencia entre los grupos humanos y haber asegurado la difusión del género humano por toda la tierra. Pero hoy un exceso de agresividad podría conducir al autoaniquilamiento. No vamos, pues, a confirmarla porque sea innata en nosotros, y debemos por el contrario esforzarnos en controlarla. La etología nos ofrece con el estudio de los fundamentos las condiciones necesarias para una terapia en todo caso necesaria.»
Irenaüs Eibl-Eibesfeldt: Amor y odio: historia natural de las formas elementales de comportamiento. Siglo XXI Editores, pág. 7. México, 1972
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