Siempre me gustaste porque pensé que ambos teníamos la misma característica adentro de nuestra cuerpo, una llama encendida en nuestro corazón que nos alienta a continuar cada día. Aunque fueran de tonalidades e intensidades distintas, me gustaba como parecían asemejarse la una a la otra, o por lo menos, como buscaban entrelazarse entre sus llamas.
El fuego que habitaba en tu interior era parecido al de los incendios forestales, a las erupciones de los volcanes que estaban dormidos durante años, similar a estar debajo de una lluvia de fuego.
Todo alrededor tuya se tornaba de tonos rojizos, la forma en la que practicabas el amor, la intensidad con la que besabas mis labios, la fuerza con la que realizabas cualquier cosa que te propusieses, y la violencia que ejercías para lograrlo.
Todo alrededor tuya era de tonos rojizos, las cajetillas de Marlboro vacías encima de la mesa, mis boxers de diablitos, la sangre en la punta de mis labios, los pósteres de tu habitación, las zapatillas Adidas desgastadas en un rincón, el cuenco de la comida de tu mascota.
Todo a tu alrededor acogía las características del color rojo, seducción, poder, guerra, determinación, liderazgo, malicia, orgullo, luchador y campeón.
A veces me gusta pensar que tú corazón sólo sabía bombear pólvora y gasolina.
Y eso es algo que en el fondo siempre me gustó de tu persona.
Solías decir que la llama de mi interior era parecida al brillo de las estrellas, a la calidez del sol cuando acaricia tu piel en una mañana de frio, a la suavidad de la luz de las velas en las páginas de un libro cuando lees a oscuras, similar a la punta encendida de un cigarro en mitad de la noche.
Todo a mi alrededor se solía tornar de tonos rosados, la forma en la que practicaba el amor, el cariño con el que dejaba dulces besos en tus mejillas, las yemas de mis dedos cuando te acariciaban, la dulzura con la que pronunciaba tu nombre.
Todo a mi alrededor era de tonos rosáceos, los pétalos de los geranios sobre la mesa del comedor, tus bóxer de Calvin Klein, el color de tus mejillas, el encendedor que compartíamos para los porros, el collar que llevaba tu mascota.
Decías que yo solía tener todas las cualidades del color rosa, su suavidad, su dulzura, su belleza, su pasión, su creatividad, su cariño, su encanto, su armonía, muso y poeta.
A veces te gustaba pensar que mi corazón sólo sabía bombear pétalos de cerezo y cartas de amor.
Y eso es algo que en el fondo siempre te gustó de mi persona.
Quizás así se entienda el final que se nos dio, y el porque actuamos como lo hicimos.
La ultima vez que nos encontramos, tú ya tenías una idea en mente, y la katana desenvainada apuntando hacia mi dirección.
Ambos sabíamos ya lo que iba a suceder.
Te lo había visto hacer miles de veces en la vida en diferentes situaciones y aspectos. Y ahora yo era quien iba a experimentarlo en su propia piel.
Debías de continuar con tu vida, pero yo ya no cabía en ella. Aunque no quisieses hacerlo, no quedaba mas opción que hacerlo.
Y estaba claro que ibas hacerlo. Pero de la única forma en la que sabías hacerlo.
Con mucha violencia, pero sobretodo, con mucho más amor.
Me gusta pensar que por eso corrías hacia mi con lágrimas en los ojos.
Y yo, sabiendo lo que sé de ambas personas, tanto la tuya como la mía, abrí mi pecho y me lancé a ti con un último abrazo.
Sólo murió un muchacho aquella tarde.
Pero te gusta pensar que sólo moriste tu aquella tarde con la atrocidad de tu acto.
No manché tus mejillas con los pétalos de cerezo, porqué sería un mal recuerdo de despedida para tu persona.
Y tu bravamente opacaste los sonidos de disparos y explosiones que estallaban vastamente en tu interior para que no fuera lo último que escuchara mí persona.














