«Pues la belleza de todos los cuerpos es esta luz del Sol, que ves manchada por estas tres cosas, o sea, por la multitud de formas, pues la ves pintada de muchas figuras y colores, por límite espacial, y por cambio temporal. Quita su apoyo en la materia, de modo que más allá del lugar retenga las otras dos partes: tal es justamente la belleza del espíritu. Quita ahora si quieres el cam- bio del tiempo y deja el resto y te queda: la luz clarísima, sin lugar y sin movimiento, pero esculpida en todas las razones de todas las cosas. Esto es el ángel, esto es la belleza del ángel. Quita, por último, la multitud de las diferentes ideas, deja una luz simple y pura, semejante a aquella luz que permanece en la esfera misma del Sol y no se dispersa en el aire: ya casi en cierto modo has captado la belleza de Dios, la cual supera al menos tanto las otras formas cuanto la luz del Sol en sí misma pura, una e íntegra, sobrepasa el esplen- dor del Sol disperso, dividido, manchado y oscurecido por el aire nebuloso. Por tanto, la fuente de toda belleza es Dios. Dios es fuente de todo amor.»
Marsilio Ficino: De Amore. Tecnos, pág. 178. Madrid, 1994.
TGO
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