Caos, pasión y momentos de un amor imposible.
Y al final permitiste que me diera por vencida. Cómo pedir, cómo rogar si no querías estar de vuelta cuando aun persistía mi fe en nosotros.
Tantos días, tantas noches a la expectativa de recibir una palabra, un llamado, una luz palpitante que me diera esperanza para seguir adelante y luchar por nosotros.
Te quedaste ahí, te alejaste y permitiste las peores horas de mis noches.
Cómo permitirlo después de tanto tiempo buscando una oportunidad, una ocasión donde sólo algunas palabras, recuerdos y risas nos acercaran nuevamente.
Cómo olvidar la primera llamada que de ti recibí. Sudoración, palpitación, el éxtasis en mi voz al saberte después de tanto tiempo. Intercambio de frases prolongadas hasta el amanecer compartiendo anécdotas, opiniones y demás.
Tú a lo lejos, yo esperando día a día comunicarme contigo, a veces muy de cerca, a veces distante para que no tuvieras tiempo de aburrirte nunca de mí.
Tantos días extrañándote a la distancia, compartiendo imágenes de nuestros rostros y cotidianidad. Tomas banales y encantadoras que alegraban el corazón. Palabras lindas, frases tiernas de cariño. Un "buenos días", "te adoro", "eres lo mejor". Solapándonos como tontos con palabras cursis, palabras suficientes para sentirme en casa y -profundamente- el incendio dentro de mi pecho que se acrecentaba al paso de los días.
A tu regreso a la ciudad, aquella tarde cuando te vi en la librería a lo lejos, o cuando me esperabas paciente con hermosas flores y un osito de peluche; escena formidable, recuerdo imperturbable en mi memoria.
Los lugares, los detalles como un chocolate siendo mi postre favorito. Caminando entre calles, entre aceras, entre juegos de niños. Ese domingo en el parque, tenis con fango y avesillas parlantes. Almuerzo delicioso junto a ti y el cielo resplandeciente.
Esa mesa, oscura y las letras rojas denotando nuestras iniciales que fueron puestas por alguien que ya nos sabía juntos. Tomarte de la mano, tibia y suave protegiéndome, perteneciéndote sólo a ti.
Una iglesia, una brecha, oscuridad suficiente para de ti saborear tu piel. Un deleite que inundaba mis sentidos con pasión y deseo; un ardor dentro de mí.
El calor de tus abrazos, el aroma de tu piel, la suavidad y dulzura de tus labios que en conjunción con tus manos eran el éxtasis en mi cuerpo, en mi alma y en mi ser.
Esos viajes -que aunque breves- significativos a cada momento. Tomar el riesgo de verte después de algún tiempo sin saber qué esperar, de hacerlo porque valía cada kilometro recorrido bajo el azar de ser descubierta. Un fin especial que jamás podré borrar... Te vi, sonreíste, me tomaste, nos quisimos y sólo fue cuestión de horas para dejarnos envolver por el calor de la piel. Los nervios, la premura, la impaciencia... los besos, las caricias, la madrugada junto a ti con una malteada de chocolate. Abrazarte, olerte, sentirte tan cerca. El agua de la regadera mojándonos la piel desnuda, tan desnuda como los sentimientos e ilusiones, ambos despojados de ropa, despojados del mundo entero.
Bloc Party al que me acompañaste, sucumbiste y conmigo saltaste. Los trayectos, los regresos. La última visita que te hice a CDMX comiendo en Sukiya, escuchando el jazz, bailoteando por la calle entre tropiezos y sonrisas. "El péndulo", ¡que hermoso lugar! atiborrado de libros y demás por indagar. El balcón, el fresco de la tarde, la música y nuestras bebidas brindando por lo afortunada que era en aquel instante inigualable e insuperable.
Autobuses, boletos y despedidas, añoranza repetitiva hasta vernos de vuelta, pero...
Hacía tiempo tenías un plan en mente, uno que no me concernía en su totalidad. Estuviste dispuesto a dejarlo y yo jamás quise detenerte, no por falta de amor sino porque iba a sufrir más el día que me reprochases querer ir y no poder hacerlo por haberte quedado conmigo. No quise ser egoísta sino por el contrario, impulsarte aunque a mí también me doliese que estuvieses con alguien más.
Desde allí poco poco algo fue rompiéndose, yo con mi falta de palabra al seguir escribiendo después de habértelo prohibido. Debí parar y dejar que estuvieras como debías estarlo allá. Iba a esperar y dentro de mí confiaba que no me fallarías. Cediste, cedimos y algo que debió ser una experiencia compartida se convierto en desdicha. Dije muchas cosas que no debí y en mi intento por ser honesta contigo y conmigo sólo nos rompí. Escuchaste, me maldijiste, cediste de vuelta y comenzamos otra vez... así venimos haciéndolo desde entonces, palabras más, palabras menos, actos y los que no que dejan vacío o profundas heridas. Volver a la normalidad hemos querido con ahínco, con fuerza, con amor...
El reencuentro, los nervios de verte después de dos meses. El río, el camping jugando Jenga. Agua helada, aire fresco. La piscina, tus movimientos al nadar, unos que mas tarde querrías mostrarle a alguien más.
La compañía de ese Febrero 19, la mejor noche por tratarse de ti, contigo y de nosotros. El comienzo oficial de un anhelo, de una reflexión, de un amor. Tiempo después volviste, estuvimos juntos casi una semana, en un río, una pequeña entidad y un castillo surreal. Comiendo vegetales, improvisando alimentos. Escalando cerros y bañándonos en agua helada. Jugando Scrabble, bebiendo malteadas, observando desde el kiosco y recorriendo las tibias calles por la noche tomados de la mano.
Susceptibilidades, hostilidad y frialdad nos alejaron, nos hundieron y nos hartaron hasta dejarnos vacíos, sin versos, sin vivencias, sin deseos; con demandas, con carencias y experiencia.
Aún con todo lo anterior hubo algo que nos quedó. Las tardes en casa mirando series, jugando, llorando o riendo. Las cenas, los platos con papitas, los días buenos con ánimos de atragantarme de ti y chuparte hasta vaciarte en mi. Cogiendo duro, cogiendo poco, con luz o sin ella, con personas o no, con temor o con impulso... cogiéndonos los dos.
Traté y me esforcé tanto como lo hiciste tú pero cada vez sentía una demanda mayor que no podía cubrir. Tú querías que te amara, yo quería lo mismo pero no pudimos comprender cómo hacerlo, cómo entendernos para evitar el efecto rebote de acciones/palabras malentendidas.
Quisimos estar juntos sin saber siquiera que algo nos faltaba comprender, y es que entre dos corazones y dos percepciones distintas el amor no siempre es suficiente para mantenerse vivo y en pie.
Y es que qué es una pareja sin discusiones acaloradas y reconciliaciones, conocer el peor lado del otro, tolerarlo y ayudarlo a ser mejor. Pelear y sentir la adrenalina, la intensidad con que se toman las cosas cuando se ama se vuelve un círculo vicioso, es sentirse vivo y agotado al mismo tiempo. Una condición constante insana y desgastante que al reflexionar no queda otra que aceptar que sólo nos dañamos cada vez más.
Que más nos queda, sino la nostalgia de un encuentro que merma una vez más. Ser conscientes de que aunque nos queremos no podemos luchar ya. Ambos merecemos estar tranquilos, ser queridos y comprendidos sin egoísmos o luchas de poder.
Pese a todo no me arrepiento y no sé si tú lo harás, pero cada instante que contigo he vivido lo agradezco, así como también a ti te doy las gracias por el tiempo compartido, por abrirte conmigo y por hacerlo tal cual se hizo. Maldigo por otra parte al destino, y es el hastío por no conseguir que nos quedásemos juntos. No sé qué clase de jugada sea, no sé si se trata de una lección; sin embargo, quizá sea tiempo de aceptar lo ya vivido y continuar.
Tal vez no signifique lo mismo, pero quiero que lo sepas... Eres capaz de iluminarme o apagarme en su totalidad, tienes un poder y un lugar especial dentro de mí siempre, pero a pesar del inmenso cariño sé que juntos vamos a destruirnos, porque la pasión entre los dos supera con creces todo lo que hay alrededor. La calma juntos no existe, estamos en los extremos de toda la felicidad o todo el sufrimiento, y nos ha tocado oscilar entre cada uno de ellos día con día.
Me voy y te suelto ahora -una vez más-, así pasen los años siempre estaré anhelando todo lo que contigo fui y compartí. Justo estoy en un lugar donde hay paz y no sufro, y sin embargo, te extraño en mi mente, en mi cuerpo y en mis días; te añoro y te suelto porque es lo mejor que puedo hacer ahora. Juntos tan jóvenes e ilusos no vamos a ser felices. No sé si deban pasar muchos fríos inviernos para volver a verte y abrazarte, para sentir que estoy de vuelta en casa o si en definitiva es la despedida que el destino siempre tuvo escrita en nuestra historia.
Sea una o sea otra... Te quiero y siempre lo haré, te llevo conmigo deseando lo mejor en tu vida.