Bastante seguido me encuentro con jueces y jurados que me acusan de ser muchas cosas, y en menor medida pero con igual carga de pedantería también se me aparecen fantasmas del saber que, con un imparable afán de notificación infalible, me informan que soy esto o aquello. Nada bueno nunca, y siempre sin que yo pregunte un carajo, obvio. Ellos mismos responden todo el tiempo preguntas que nadie les hizo. A veces creo que viven solo para hacer eso: su vida es un dedo índice enorme que señala y señala y señala. Una gran pija eyaculando juicios y prejuicios luego de masturbarse con sus autoelogios. Porque denigrar al prójimo implica automáticamente que quien denigra es mejor, está en un plano de superioridad moral. Se pajean el ego, flap flap flap. Por eso cuando me insultan y yo les respondo “¡pajerx!” no entienden. Encuentran en esa respuesta una prueba más de mi limitada capacidad para descifrar y asimilar las cosas.
No se de donde sacan la idea de que pueden descubrir bien y con asboluta exactitud quién o qué es el otro, sin un profundo conocimiento del prójimo. Sospecho que sale de esa costumbre implantada en los genes humanos, la de opinar sobre titulares, la de formarse una opinión con datos e información no más extensos que un tuit (mutación genética que apareció en nuestro ADN cuando vieron la luz las redes sociales).
Nunca sé bien qué soy y además eso depende del día en que me preguntes, y de si te respondo antes de coger o después, y si estoy sobrio o borracho o algo peor, y si el sexo oral me pasó por encima o vengo de una sequía monacal.
Por eso, cuando me preguntan “¿y vos quién sos?”, mi respuesta es “yo soy el que soy, por ahora”.