No consiste en recibir odiosos, groseros y humillantes comentarios todos los días donde te intimidan, ¡no!, no consiste en eso, consiste en lo que causan en ti, en el miedo que puedes sentir, en el escalofrío que recorre tu cuerpo al recordar cómo te golpeaban y juzgaban, consiste en pánico, en nerviosismo, miedo y sudor que recorre cada parte de tu piel al recordar que todo aquello puede volver a suceder, no consiste en un “ya no quiero asistir más”, consiste en un “no quiero que me golpeen o traten mal”, no consiste en un “madre me siento mal, creo que no puedo ir a estudiar”, consiste en lo que aquellas palabras pueden ocultar, consiste en la verdad como “no quiero que me golpeen más, no quiero que se burlen más, no quiero que me insulten más”, no consiste en llorar cada noche por el odio que sientes por ti y por quienes te han de intimidar, consiste en el dolor que sueles cargar, consiste en aquellas noches en velo deseando no volver a despertar, consiste en desear que tu vida se acabe ya.
La intimidación, el bullying, el acoso no consiste en un “ya pasará”, no consiste en un “todo mejorará”, no consiste en un “debes hablarlo con alguien más” y que al hablarlo nadie te venga a ayudar, no consiste en un “ya lo superarás”, no consiste en que mientras alguien mayor esté presente ya no te intimiden más pero que cuando sabes estás sola todo regresará, no consiste en que el tiempo pase y no te molesten más. Ya ahora consiste en tu salud mental, consiste en ansiedad, pánico, estrés, malestar, consiste en tener miedo por sentir que los demás también te lastimarán, consiste en luchar con tus pensamientos que dicen “eres un asco y los demás siempre te odiarán y se burlarán”, consiste en un odio constante por quién eres, por tu manera de vestir, por tu cuerpo, por tu personalidad, consiste en aquella depresión constante que no te deja en paz, consiste en aquellos días que por ansiedad terminas lastimando tu piel o comiendo compulsivamente, consiste en aquel pánico que te hace arrinconar en una esquina de tu habitación llorando sin cesar, consiste en abrazar la almohada y pensar en una y mil maneras de cómo te puedes suicidar porque crees que el dolor jamás acabará.