Hay días en los que la tristeza no se anuncia: simplemente se instala. No grita, no dramatiza; acompaña. Aun así, persiste una inclinación casi obstinada hacia la luz, como si la alegría no fuera un estado, sino su vocación. Vive negociando con el duelo, sin romantizarlo. Sostiene gestos mínimos —una palabra, una atención— como quien cuida algo frágil. No desconoce el cansancio ni la duda. Hay una ética en ese intento: no endurecerse, no ceder del todo. Seguir creando, seguir ofreciendo, aun cuando el ánimo no acompañe. No por optimismo, por fidelidad a algo más hondo.
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