Giorgio Agamben: Los turistas, al igual que los peregrinos, son peregrinos, es decir, según el significado del término latino, extranjeros en la tierra. El turismo es el signo de un cambio trascendental en la relación entre los hombres y la tierra que habitan: estén donde estén, son forasteros, están fuera (extra), ante todo en la misma ciudad en la que viven. Recuerdo perfectamente el asombro con el que, hace ya muchos años, cuando vivía en Venecia, me di cuenta de que ya no era posible distinguir a los venecianos de los turistas... no solo ha cambiado la relación de los ciudadanos con su ciudad, sino que también ha cambiado la propia ciudad: los hombres se han convertido en turistas, es decir, en extranjeros, en la misma medida en que ahora les resulta extraña y ajena la tierra que habitan (o, mejor dicho, que habitaban en otro tiempo). Si se lee la extraordinaria descripción que Joseph Roth hace de Marsella en el otoño de 1925, con sus callejuelas densas y aventureras, donde en una superficie de pocos kilómetros se agolpaban vivas todas las épocas de la historia y nadie era forastero, es difícil escapar a la amarga e implacable constatación de que las ciudades ya no existen hoy en día: el turismo ha podido destruirlas porque ya habían dejado de estar vivas... Habitar es una forma intensiva del verbo tener (habeo) y significa una cierta manera de morar y de vivir, de tener hábitos y costumbres... El hecho de habernos convertido en turistas, de haber perdido la capacidad de habitar, de ser peregrinos y forasteros en todas partes, nos obliga entonces a imaginar de nuevo una ética posible, a reinventar de arriba abajo la capacidad de habitar. Una tarea ciertamente nada fácil, pero que quizá nos ofrezca la única vía para salir del turismo, para volver a hacer habitables nuestra tierra y nuestras ciudades