Jenofonte: Anábasis
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Jenofonte: Anábasis
LA EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO SOBRE LA GUERRA General Rafael Dávila Álvarez (R.)
Nos olvidamos de la guerra, cuando la guerra nos visita de nuevo. Mientras más extendemos los derechos humanos, el respeto a la vida, la igualdad, la fraternidad, más conflictos surgen, todos bajo el gran riesgo de la explosión definitiva. La guerra, sus profesionales, filósofos, entendidos y charlatanes, coinciden: ciencia y tecnología mandan en la guerra. El futuro está en la capacidad del…
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«A menudo se ha comparado a Sócrates con Jesús. Entre otras analogías, es muy cierto que tuvieron una inmensa influencia histórica cuando ejercieron su actividad en un espacio y un tiempo minúsculos con respecto a la historia del mundo: una pequeña ciudad o un pequeñísimo país, y que tuvieron un número muy reducido de discípulos. Ninguno de los dos escribió nada, pero tenemos acerca de ellos testimonios "oculares": sobre Sócrates, las Memorables de Jenofonte, los diálogos de Platón; sobre Jesús, los Evangelios; y, sin embargo, es muy difícil para nosotros definir con certeza lo que fueron tanto el Jesús histórico como el Sócrates histórico. Después de su muerte, sus discípulos fundaron escuelas para difundir su mensaje, pero esta vez las escuelas fundadas por los "socráticos" parecen mucho más diferentes las unas de las otras que los cristianismos primitivos, lo que permite adivinar la complejidad de la actitud socrática».
Pierre Hadot: ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, pág. 35. México, 1998.
TGO
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Pero, Sócrates, ¿cómo podría darse tanta importancia a unas leyes o a su obediencia, cuando a menudo los mismos que las promulgaron las rechazan y las cambian?
Jenofonte
Ora a Dios al principio de todas tus obras, de modo que puedas llevarlas a buen fin.
Jenofonte
No puede existir un valor digno de alabanza si no va acompañado por la prudencia. Realmente, todo lo que entre los hombres carece de buen sentido, no puede ser más que maldad e injusticia.
Jenofonte
No oyes el más dulce sonido de todos, cual es a alabanza de ti; y no ves el espectáculo más agradable de todos.
Jenofonte
Encontrándolo un día, y queriendo ante todo hacerse escuchar, dirigió la conversación de la siguiente manera: “Glaucón, ¿te has metido en la cabeza eso de gobernar la Ciudad?”
—“Sí, Sócrates”, —contesto.
—“Por Júpiter. es el mejor de los proyectos que hombre pudiera formar; porque está claro que, si llegares a esa meta, te encontrarás con medios para hacer todo lo que deseares, servir a tus amigos, dignificar la casa de tus padres, agrandar la patria. Comenzarás por hacerte un nombre en la Ciudad. después en la Grecia, y tal vez como Temistocles hasta entre los bárbaros. En fin, a cualquiera parte que fueres tendrás los ojos de todos fijos en ti. —En oyendo que oyó Glaucón estas palabras, se engalló y quedóse saboreándolas con placer. —Y Sócrates continuó por términos semejantes: “No es cosa evidente que si deseas ser honrado, has de hacer servicios a la Ciudad?"
—“Es claro que sí”, —contestó.
—“Por los Dioses”, —continuó Sócrates diciendo—, “no me ocultes nada, dime cuál es el primer servicio que piensas hacer a la Ciudad.” —Y puesto que Glaucón callaba, buscando en su mente por cuál comenzaría, le dijo Sócrates: “¿No querrías en primer lugar, y a semejanza de si se tratara de enriquecer la casa de un amigo, esforzarte en enriquecer más y más tu Ciudad?”
—"Así es", —contestó.
—"Y ¿no será el mejor medio para conseguirlo aumentar lo más posible los ingresos?”
—"Así es de presumir”, —contestó.
— “Dinos, pues, de dónde provienen los ingresos actuales de la Ciudad y cuál es su monto. Porque es evidente que habrás hecho estudio de este punto a fin de poder con ellos suplir otras entradas más flojas y reemplazar las que vinieren a fallar.”
— “Pues, por Júpiter” : —contestó Glaucón—. “no había pensado en estos puntos.”
—“Puesto que no has pensado en estos, dinos cuando menos cuáles son los gastos de la Ciudad, porque no cabe duda de que piensas disminuir los inútiles.”
—“Pues, por Júpiter”, —dijo Glaucón—, “que tampoco había pensado en esto.”
—“Pues bien: dejemos para otra ocasión el proyecto de enriquecer a la Ciudad; porque, en efecto, ¿cómo podríamos pensar en ello antes de conocer el monto de gastos e ingresos?”
—“Pero, Sócrates”, —dijo Glaucón—, “se puede enriquecer a la Ciudad con los despojos de los enemigos.”
— “Sin duda, sí uno es más fuerte que ellos ; porque, si uno fuera más débil que ellos, no haría sino perder lo que tuviere.”
— “Verdad dices” , —añadió.
—“Quien quiera, pues” , —dijo Sócrates—, “aprovechar la ocasión de hacer una guerra, ha de conocer la fuerza de su propia Ciudad, y la de sus enemigos, a fin de que, si su Ciudad fuera la más fuerte, aconsejarle romper las hostilidades; y, si más débil, persuadirla a que se mantenga a la defensiva.”
—“Hablas correctamente”, —dijo.
—“Dinos, pues, ante todo”, —añadió Sócrates—, “cuáles son las fuerzas de que dispone nuestra Ciudad en mar y en tierra, y después cuáles son las de los enemigos.”
—"Pues, por Júpiter, que no pudiera responderte así de repente.”
—"Pero si hubieres escrito algo sobre este punto”, —dijo Sócrates—, “tráelo, que lo escucharía con muchísimo gusto.”
—"'No, por Júpiter, no he escrito nada sobre él.”
Jenofonte: Recuerdos de Sócrates. Universidad Nacional Autónoma de México, págs. 199-205. México, 1993.
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