Hoy le hablé a las personas de ti. Y fue extraño…no temblé.
Mis ojos se llenaron de un brillo discreto, pero las lágrimas, esas que solían correr apenas te recordaba, se quedaron quietas, obedientes, resignadas.
Mi voz no titubeó. No hubo ese pulso desbocado que antes me delataba, ni esa ráfaga de escalofríos que atravesaban mi piel como un invierno que no sabía irse.
Hablar de ti, esta vez, tuvo otro peso. Fue como pronunciar un nombre que ya no quema, solo existe.
Como tocar una cicatriz que dejó de doler, pero aún conserva el mapa de la herida.
Entonces comprendí: que el tiempo no borra, sino que pule.
Que no se trata de olvidar, sino de recordar sin desangrarse. Y que el amor, cuando se transforma en calma, deja de ser una batalla para volverse aprendizaje.
Por primera vez, después de tantos años, hablé de ti sin dolor.
Y en ese instante silencioso, tan breve y tan inmenso, sentí que al fin había regresado a mí.