«En España, en las últimas décadas, ha habido un cierto cultivo de la traducción de poesía china y japonesa, llevada a cabo, generalmente, por estudiosos. Los resultados han sido disímiles, no por el desconocimiento de las lenguas sino porque se olvida que lo que se traduce es poesía, es decir, algo que fue hecho por poetas, o mejor dicho: algo que, por su altura expresiva, hizo poetas a sus autores. La existencia del original no garantiza la felicidad del trasvase. A veces intuimos que el poema anda por ahí o que debe de ser bueno en su lengua, otras no entendemos por qué tal renombrado poeta puede serlo por tan malos poemas. Pero es fácil caer en la cuenta: sólo un poeta puede traducir poesía, aunque nada está garantizado. No digo que un traductor que no haya escrito poesía no pueda serlo: pero tiene que demostrarlo, así sea traduciendo. En nuestro país se traduce en la actualidad a muchos poetas ingleses, alemanes, italianos y franceses, pero gran parte de esas traducciones están demasiado lejos de la calidad de los originales. No, la traducción de poesía no la puede hacer cualquier persona culta que conozca el idioma. Tampoco se debe traducir en falsos versos lo que en el original son versos y estrofas concretos pertenecientes a una tradición determinada. Traducir es una tarea que conlleva oficio literario e inspiración.»
Juan Malpartida, Letras Libres, 2004














