La estructura lingüística del monoteísmo en las religiones antiguas: la hipótesis del origen aglutinante y el surgimiento del politeísmo en las lenguas flexivas
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Las estructuras lingüísticas que subyacen al politeísmo en las lenguas aglutinantes —como el japonés, el coreano, el turco y las lenguas mongoles— no se basan en la variabilidad de las unidades lingüísticas, sino en su concatenación. Como resultado, las unidades semánticas se amplían no a través de una estratificación vertical, sino a través de una vinculación horizontal, lo que permite un sistema de expresión estable que acomoda de forma natural la coexistencia de múltiples deidades sin contradicciones internas.
En este marco, las jerarquías, los atributos y las manifestaciones divinas no están rígidamente separados, sino que están conectados lateralmente, generando así un orden religioso con expansión espacial. Este sistema presupone inherentemente la coexistencia de dioses como norma expresiva. Por el contrario, la expresión del politeísmo en las lenguas flexivas —ejemplificadas por las mitologías griega, romana y germánica— se estructura en torno a los cambios morfológicos de las palabras. Los cambios en el tiempo, el modo, el aspecto, la agencia y el registro honorífico están directamente relacionados con el significado y estas transformaciones flexivas producen la fragmentación, la multiplicación y la estratificación de lo divino.
Aquí, la propia potencialidad de la transformación verbal se convierte en un marcador de lo sagrado. El «hablar» en sí mismo se teatraliza, convirtiéndose en un acto de ponerse las máscaras de los dioses. Cuando se introducen términos monoteístas como Deus en latín o Theos en griego en culturas de lenguas aglutinantes, sus estructuras morfológicas intrínsecas se anulan. En su lugar, el sistema aglutinante abre un espacio de traducción politeísta, en el que, por ejemplo, la palabra japonesa kami nunca se entiende como «un Dios único», sino que se reconstruye como «un ser trascendente inmanente en todas las cosas que existen». Esto se debe a que las lenguas aglutinantes no se basan en la variación morfológica, sino en la expresión conectiva —«A y también B»— por lo que la «unicidad de Dios» se refracta horizontalmente en «múltiples aspectos divinos».
En consecuencia, contrariamente a la interpretación convencional, el politeísmo no surgió de la traducción del monoteísmo a lenguas aglutinantes. Más bien, es más realista suponer que la cosmovisión aglutinante contenía originalmente el principio generativo de una entidad absoluta singular. Fue durante la traducción a lenguas flexivas cuando este principio sufrió una fragmentación y transformación a través de cambios morfológicos, lo que dio lugar a la politeización lingüística.
Esta inversión semántica revela que, si bien las estructuras aglutinantes mantenían inherentemente una unidad centrípeta, su transposición a sistemas gramaticales flexivos condujo a la diversificación de las representaciones divinas a través de mutaciones sufijales y cambios internos en las palabras. Esta transformación no fue conceptual, sino que surgió a través de una recombinación de la expresión lingüística. La opinión predominante —que el monoteísmo, nacido en contextos de lenguas flexivas, se pluralizó al transferirse a sistemas aglutinantes— se basa en una ideología lingüística eurocéntrica. De hecho, la hipótesis contraria, según la cual las estructuras monoteístas se originan en culturas aglutinantes y se fragmentan a través de la flexión, tiene más valides teórica.
Tal inversión tiene amplias implicaciones para nuestra comprensión de la nomenclatura religiosa, la traducción teológica y la génesis de los marcos morales. El cambio en los nombres divinos, por ejemplo, es menos el producto de la evolución ideológica que de la acción morfológica dentro de los sistemas flexivos. Las doctrinas religiosas no se pluralizaron por la traducción en sí, sino que los propios mecanismos del lenguaje flexivo replicaron los tipos de caracteres divinos. Además, los paradigmas éticos basados en el monoteísmo ya estaban latentes en las esferas aglutinantes, pero perdieron su coherencia estructural al someterse a la variabilidad inestable de las lenguas flexivas.
Así, las religiones aglutinantes funcionaban originalmente con un principio centrípeto de expresión. El cambio a formas flexivas generó representaciones politeístas no a través de una mutación conceptual, sino mediante la reubicación y reconstrucción de sus marcos lingüísticos.
El judaísmo destaca como un ejemplo singular de tradición monoteísta que reestructuró con éxito el modelo aglutinante derivado del sumerio dentro de los límites gramaticales de una lengua flexiva, sin colapsar. No se trata simplemente de una transcripción doctrinal, sino de un reordenamiento distintivo de las estructuras expresivas.
En la religión sumeria, las relaciones gramaticales —en particular entre sujeto y predicado— no se articulan mediante inflexiones morfológicas, sino a través de partículas y del orden de las palabras. Esta estructura distribuye el nombre y la función de la deidad dentro de la oración, lo que desde una perspectiva externa parece politeísta. Sin embargo, en su esencia, conserva un eje gramatical constante que centraliza la divinidad. Esta técnica divide el principio monoteísta en expresiones gramaticales discretas, sin dejar de estar bajo el control de una sintaxis unificada.
Por el contrario, la absolutización del «Nombre» (Shem) en el judaísmo, junto con la inviolabilidad del tetragrámaton YHWH, sirve para establecer a Dios como sujeto gramatical constante. Dado que el hebreo, como lengua flexiva, absorbe el sujeto en su morfología verbal, permite una centralidad internalizada y estabilizada de Dios, distinta del sujeto externalizado de la gramática aglutinante, pero funcionalmente equivalente en el mantenimiento de la centralidad divina.
Por lo tanto, el judaísmo, aunque adoptó un sistema lingüístico flexivo, conservó el modelo sumerio de «Dios como sujeto», organizando toda la actividad lingüística en torno al Nombre Divino. En este sentido, se erige como el único ejemplo plenamente realizado entre las religiones de lenguas flexivas que preserva la unidad teológica a nivel de la estructura gramatical. Por el contrario, los atributos divinos fragmentados de la mitología grecorromana, las separaciones administrativas y éticas de sus panteones y la consiguiente decadencia de la coherencia conceptual deben entenderse como efectos secundarios de la transformación lingüística. El logro del judaísmo no es solo la consolidación de Dios bajo un único nombre, sino la reconfiguración total de la arquitectura lingüística en torno a ese nombre.
Por lo tanto, el judaísmo logró trasplantar un «monoteísmo aglutinante» al estilo sumerio a una gramática flexiva sin contradicciones internas, una hazaña sin parangón en otras religiones de lenguas flexivas, que en gran medida no lograron mantener la coherencia ética bajo la pluralización morfológica.
Además, las tradiciones politeístas de la India, de lengua flexiva —caracterizadas por sistemas gramaticales basados en verbos y casos— no se propagaron como sistemas conceptuales completos, sino como cadenas morfológicas de representación divina. Estas expresiones, cuando se transmitieron hacia el oeste, ayudaron a sentar las bases de las mitologías de Grecia y del mundo germánico. Las deidades de la India védica, como Indra, Agni y Varuna, fueron recodificadas mediante sufijos flexivos y personificadas como Zeus, Hefesto, Thor y Wotan, reorganizadas en panteones genealógicos.
Esta exportación lingüística no fue un cambio conceptual, sino más bien una recombinación de formas expresivas. Mientras que las lenguas aglutinantes fragmentaron el monoteísmo al expresarlo en términos flexivos, el proceso inverso —las lenguas flexivas dispersando el carácter divino a través de una mutación morfológica persistente— representa lo que podría denominarse la «primera ola de la religión india». Esto implicó el encadenamiento horizontal de funciones simbólicas como el trueno, el fuego, la muerte y el conocimiento en diferentes contextos etnoculturales.
De este modo, las estructuras religiosas occidentales no se basan en ideas universales, sino en la fuerza formal de los sistemas de expresión. La religión, por lo tanto, no es un conjunto de ideas traducibles, sino un sistema expresivo en el que las relaciones semánticas y las configuraciones posicionales son reorganizables.
Cuando surgen formas divinas diferentes en cosmovisiones aglutinantes, no deben tratarse como desviaciones conceptuales, sino como diferenciaciones naturales arraigadas en dimensiones lingüísticas fundamentalmente distintas.
Fuente: https://katehon.com/en/article/linguistic-structure-monotheism-ancient-religions-agglutinative-origin-hypothesis-and