Te extrañé en marzo. Te extrañé en abril. Te extrañé hasta en julio, y aun en agosto, cuando no te escribí para tu cumpleaños.
Aunque, si continúo con las confesiones; me resultó bastante cómoda la lejanía, porque estaba tan empeñada a sobrevivir en tu ausencia, que de poco me olvidé del sufrimiento. Y amé la distancia por hacerme anhelarte más. Incluso ante las negaciones de la razón.
Busqué otros amores, besé otros labios y cuando mi corazón quería despojarte por completo, se armó un sindicato entre la razón y el alma. Y tú sabes bien que entre esas dos no puede haber un consenso. Corazón no apoyó a ninguno; así que no te dejó permanecer, pero tampoco decidió echarte. Anidaba tus recuerdos, pero estaba totalmente convencida de que no podrían renovarse. La distancia era tan justa, porque yo tampoco había recibido solicitud de tregua por tu parte. Así que mis labios siguieron besando a otros. Imagino que los tuyos también. Y no es reproche ¿Cómo podría? Mis palabras cruzaron nuevas fronteras y mis manos alzaron las velas en una embarcación diferente. Yo me atreví a darle un segundo vistazo al amor, así que cuando las dos palabras que sellan destinos se enmarcaron en mis labios e hicieron un eco al viento, me convencí por completo de que había perdido tu rastro. Que tu velero se había desviado hacia el Atlántico y que habías dejado desoladas las aguas que algún día fueron nuestras y no alcanzaron a ser bautizadas. En cambio, mi experiencia errática en la navegación y geografía, me aventuró hacia el Pacífico. Y no tenía la menor idea de que estás aguas me arrastrarían tan cerca de las tuyas, pero sin llegar a mezclarnos. Y así estamos ahora, pero yo no lo sabía entonces. Mis mañanas se volvieron más calmadas, era como estar en tierra firme, mi velero viajaba en buen clima y mi alma atesoraba la paz. Pero si algo he aprendido es que después de tanta calma no puede haber más. La tormenta esta vez llevaba mi nombre y apellido. Fui yo quien comenzó a llover sobre los labios que me acompañaban y mi mal presagio anunciaba ahogamiento. Era mi deber anunciar esto a las manos que desesperadamente me sujetaban en la proa. Pude ver el rompimiento de velas en sus ojos cuando anuncié con certeza las palabras... déjame ir. Su alma ya sabía que la mía había saltado por la borda mucho antes de que mi cuerpo llegara hasta la proa. Soltó mis manos y el vacío que dejó en ellas fue más profundo que el océano en que caían mis huesos. Otro ser más abrumado por mis desvaríos, engañado por mi amor, que no encuentra cabida en otros ojos, pero que busca desesperado acuñar en cualquier pecho. Yo pude haber fingido demencia para permanecer recostada en su cubierta, con el sol chocando en mis ojos y mis manos perteneciendo a las suyas. Pero fue la primera vez que mi espíritu y mi conciencia me dictaron el mismo camino. Y si hay algo a lo que le tengo fe, es a las certezas del alma. Entonces, después de que caí, partiendo en mil salpicaduras la superficie, nadé hasta la línea que separa tu océano del mío. Desde aquí te observo, desde aquí te extraño. Tu risa traída como eco, tus palabras siempre tan iguales, la calma en la que te mantienes cuando estás lejos de mí y la forma en que tus manos no buscan a las mías... es todo lo que me mantiene del otro lado de la línea y no haré nada que pueda perturbar tus aguas. Cada movimiento será lento, premeditado y aguardaré hasta que tu velero quiera venir a recogerme, para recostarme contigo en tu cubierta, rozar nuestras frentes y esperar por la próxima tormenta que te haga ir o me haga ahogarme; porque no somos destino, ni un soplido ahilado al universo. Somos catástrofe, el resultado colateral de una casualidad bien fundamentada. Como el Pacífico y el Atlántico, cercanos, pero no unidos.
Así va septiembre; en la orilla de tus aguas. Me notas, pero también lo estás premeditando. Sabes que mis intenciones no tienen destino. Y que mi permanencia en tus límites indican que he aprendido a no cruzar lugares vedados. Que ahora puedo extrañarte en la lejanía, acompañada del silencio y esquivando las tormentas sin tu ayuda.
Te extrañaré también en octubre. Y seguiré en tu orilla hasta que el alma de indicaciones contrarias. He aprendido, mi velero, que tampoco existen los definitivos y que así como hoy permanezco, mañana puede que no. Nadie le gana a los designios de su propia alma, ni si el camino es simplemente sentarse a esperar (a que suceda o se pase) y extrañar...