Dolorosamente insoportable.
Él lo supo más pronto de lo que creí.
Con exactitud, sólo le tomó un día.
No supe el momento en el que me analizó; quizá en la cafetería o en uno de mis exhaustivos intentos por comprender el arte (dicha materia, la única que podía darme dolores de cabeza).
Lo sé porque soy observador, y Sam Winchester ha dejado de escribir todo sólo un día después de haber llegado.
Por supuesto, no puedo evitar fruncir el ceño cuando la clase teórica de química inicia y él no saca bolígrafo y papel. El resto bosteza, hacen comentarios de vez en cuando y sobre todo, se escucha el rasgar de sus escritos; la profesora levanta una ceja al menos dos veces durante su clase, aunque continúa hablando y moviéndose de izquierda a derecha frente a nosotros sin cuestionarnos a Sam o a mí la razón de por qué no escribimos lo que está diciendo. Claramente sabe que no es necesario para nosotros.
Nosotros...
Odio que haya un "nosotros".
—Gabriel, –me menciona la profesora antes de irse, así como el ochenta y cinco por ciento ya han salido. —siempre puedes pedir material de apoyo en la biblioteca... O enviarme un correo electrónico. Con gusto te responderé.
Yo asiento descuidadamente mientras busco un libro en mi mochila, pues habrá tiempo libre y no puedo esperar a saber cómo acaba la historia. Voy a darle las gracias a la señora Hill, cuando noto de reojo que un pequeño grupo de chicos y chicas rodean a Sam Winchester, quien todavía yace en la silla contigua.
Mi cerebro se fuerza rápidamente intentando darle una respuesta cuerda a la profesora, a la par que intenta escuchar lo que esas personas le están diciendo al chico nuevo.
"¿Vas a cumplir quince años?"
"¡Luces muy bien para ser tan joven!"
"¿Cómo sabes tanto?"
—Eh... Quiero agradecerle, profesora. Aunque no entiendo por qué me dice esto a mí. –Logro pronunciar. Aunque definitivamente el no escuchar las respuestas de Sam Winchester es lo que me pone nervioso, pues apostaría que no les está respondido pero ellos ríen amigablemente y eso me deja saber que él habla muy bajo. No he escuchado su voz todavía.
—No tomaste apuntes. –Dice la señora Hill, aparentemente sin darse cuenta de cómo colapsa mi mente.
—No lo necesito. –Le aseguro, pero ella hace una mueca acercándose más a mí.
Supongo que ella habría querido disimular, más justo en el momento en que pronuncia esas palabras, mi inexistente suerte actúa haciendo callar a todos los que están a mi derecha para que escuchen: —No te fue muy bien en tu último examen.
Siento que el mundo se detiene un momento; el necesario para obligarme a mirar a Sam Winchester y encontrarlo viéndome también.
Está confundido. Lo sé. Soy bueno leyendo a las personas.
Regreso a la realidad para observar a la profesora, quien luce apenada por haber dicho aquello en voz alta. Pero antes de que pueda modular, carraspeo poniéndome de pie dispuesto a salir de una maldita vez. —Un fallo lo tiene cualquiera, nunca ocurrió y tampoco volverá a pasar. Gracias nuevamente por la propuesta, sé que me tiene fe como estudiante y le aseguro que no debe preocuparse otra vez.
Caminamos juntos hacia la puerta, deteniendonos bajo esta. —Precisamente, confiando en tu capacidad... Cariño, no te dejes manipular.
Oprimo los labios evitando sonreír, sólo le puedo repetir: —Un fallo.
Ella me da una sonrisa honesta, palmea mi brazo despidiéndose y se va del todo. Aprovecho para buscar la última página que leí de mi libro y pongo un dedo usandolo como separador, luego me marcho hacia la salida del edificio.
Me muerdo el labio pensando en que Sam debe estarles diciendo a sus nuevos amigos que él no comete fallos.













