Domingo estival
La primavera traía consigo
el áspero pólem del árbol- acera.
Afectaba gravemente los ojos y
daba una cosa como de no-poder-parar
de estornudar y
sacudirse torpemente de forma involuntaria.
Los árboles ovularon y yo
salía a quitar los huevos inflados de nube
acumulados debajo de las sillas.
Un silbido al vacío recorrió Urgell esquina Londres.
Los vecinos parecían marionetas o
malos actores que ni siquiera se esforzaban
por hacer de cuenta que les agradaban sus propias vidas.
Apoyada sobre la escoba, dejé los minutos pasar.
Una lluvia de estruendos pintó el firmamento
y en mí la certeza que me dio tranquilidad.
La noche, la mente, el cosmos…
/Nadie iría a cenar al restaurante.
Vanessa Zaccaria











