Una mañana cualquiera
Hace una hora que Fran está encerrado con dos botellas de alcohol etílico, trapos y encendedores en la habitación. Todo lo que significa vida para aquellos dos está allí dentro. Y él está dispuesto a desaparecerlo. Al menos eso dice.
_ ¡Salí de ahí!
Golpea la puerta con los puños.
_ ¡Calláte!
_ ¡Dale! ¡Salí de ahí!
_ ¡Calláte te dije!
La puerta de madera rechina. Toc toc toc toc toc toc toc toc.
_ ¡Por favor!
Los puños de Rita están rojos.
_ ¡Siempre tenés que estar haciendo un escándalo! _ dice él.
_ ¡Te lo pido por favor!
Rita explota en llanto. Da una patada a la puerta. Luego otra y otra, pero no la abre. La traba doble está puesta al otro lado.
_ ¡Por favor! ¡Salí de ahí!
No era la primera vez.
_ ¡No voy a salir! ¡Dejame solo! ¡Llamá a quién quieras!
Le parece curioso que le diga eso. Sabe perfectamente que, hasta el teléfono, está al otro lado. Y su ropa. Y su dinero.
Fran y Rita habían llegado a Los Fauces al mismo tiempo, cada uno con su valija de mano, sin preguntar por el pasado. Se conocieron en el bar de la única casa de huéspedes que existía en el pueblo. Lo regentaba una anciana con una cicatriz que le cruzaba toda la frente y que dependiendo de cómo se asomara a su balcón, podía verse el brazalete de prisión domiciliaria. Como no hablaba nunca, comenzaron a hacerlo entre ellos dos. A veces, la soledad se confunde con el amor. Ya hace más de diez años.
_ ¡Salí, te digo!
_ ¡Llama a la policía!
Está claro que ni ella, ni la vecina la llamarán. Rita siente rabia. ¿Por qué una persona que dice amarla, le está haciendo esto? Niega con la cabeza, aunque nadie la mire. Ahora, no puede pensar en la rabia. Ahora, la prioridad es que Fran no se mate, QUE ÉL NO LO HAGA.
Puños. Toc toc toc toc toc toc toc toc.
_ ¡Dale! ¡Salí!
¿Por qué, si realmente quiere hacerlo, no lo hace en soledad? piensa Rita. La invade una presión en el pecho. Sigue golpeando. Llora.
_ ¡Mirá lo que voy a hacer! ¡Sólo te pedí un abrazo!
Él la culpa. Una y otra vez. Lo había hecho durante todos estos años. Ésta es una mañana cualquiera en la vida de aquellos dos.
_ ¡No! ¡No lo hagas!
_ ¡Un abrazo te pedí! ¡Un abrazo!
Mira por la rendija de la cerradura. Fran está tirando alcohol en los trapos. Rita corre hasta el baño. Sabe que muchas de sus acciones son absurdas. Se mira en el espejo: El labio inferior tremolando. Pone la yema de sus dedos sobre él. Y luego en la pera y en el cuello. Pero no, no se trata de una caricia. Sus músculos están reaccionando. Ella lo nota.
Para bajar el movimiento involuntario de su boca, se echa agua fresca. No funciona. Un rato con la toalla en la cara. Tampoco. Solloza y se avergüenza de su propia voz. Aprieta preventivamente el grifo y vuelve al pasillo. Tropieza con esa baldosa saliente y casi, voltea una maceta de Aloe. Entonces, empieza. Otra vez.
Patea la puerta y no puede abrirla. Siente cómo su rostro se convierte es una pelota contraída y desfigurada, que nunca volverá a ser lo que era.
_ ¡Nena! ¿Por qué sos así conmigo?
¿Así cómo? piensa.
Nota que cuando se aleja, no se escucha ningún quejido. Fran solo parece actuar en público. Ella es su único público.
_ ¡Sólo te pedí un abrazo!
_ Voy a picar a la vecina.
_ ¡No! ¡No! ¡No!
_ Tengo miedo, por favor.
_ ¡Lo voy a hacer! ¡Lo voy a hacer!
Más puños. Toc toc toc toc toc toc toc toc.
_ ¡Mira!
Rita se aleja y viene el silencio.
_ ¡Un abrazo! ¿Tan difícil es?
Es una pelea dispar. En los galpones oscuros de su corazón, Rita lo sabe. Algo no anda bien en ellos dos.
_ ¡No seas así conmigo!
_ ¡Andate!
_ ¡Basta!
_ ¡Me voy a matar!
_ ¡No! ¡No lo hagas! ¡No hagas esto!
Quizás la vecina esté escuchando, aunque nunca ha dicho nada.
_ ¡Me voy a matar! ¡Si! ¡Por tu culpa!
_ ¡No hagas esto, por favor!
_ ¡Si ni te importa!
_ ¡No me hagas esto!
_ ¡Me odias!
_ ¡Basta! ¡Me hace mal! ¡Me haces mal!
Más llanto.
_ ¡Me voy a matar!
Rita se vence y se va dejando caer hasta quedar sentada en el escalón del piso. Siente unos pasos por las escaleras. Fran abre el pestillo y se asoma. Tiene el pelo alborotado y los ojos con los párpados hacia arriba. Se queda mirándola.
_ ¡Estoy tan cansada! _ dice ella. Su labio inferior no para de temblar.
Fran tiene un encendedor en una de las manos y una botella de alcohol etílico en la otra. Por el costado del patio interno, se asoma la anciana. Fran mira a Rita.
_ ¿Qué hiciste, hija de puta?
Una espuma blanca sale de entre los dientes de Fran. Entonces, la anciana levanta una pala con la plancha desatornillada y se la incrusta en la cabeza.
_ ¡Dejame dormir!
La voz de la anciana es rasposa y gutural. Rita se lleva las manos a la boca y grita. Fran cae. La anciana golpea otra vez.
_ ¡Dejame dormir! ¡Dejame dormir!
La botella de alcohol etílico se vierte al costado del tobillo de la anciana. El pelo de Rita se llena de pintas rojas.
_ ¡Dejame morir! ¡Dejame dormir!
@vanessamartazaccaria









