La letra con sangre (Ensayo)
Es curioso ver como el humano se encamina, forma su vida y su mente al margen del dolor, y cómo el resultado de éste se refleja en la sociedad. Lo vemos en todos lados de la misma: protestas, propuestas, grupos subversivos, en demás anomias y en demás casos en los que el hombre ha llegado a tal punto de estrés que ha tenido que ir en contra de lo dictado para que éste, en su individualidad, se exprese. Pero la intención primera no es dar una base de algún estudio sociológico o psicológico, sino adentrarse a lo que sería un factor vicioso común en la sociedad colombiana. No será con intensión de criticar o denigrar a tal punto que se crea que ese factor es enemigo de la verdad, oponiéndose a ideales como la justicia o la paz. Será con la intensión de dar una conciencia de cambio, que cuya falta se ha dado notar en campos como la política actual y la calidad de vida en sociedad.
Este factor no podría ser identificado con una sola palabra, pero una sola palabra podría ser el agujero del huracán que ha traído a Colombia (y a demás estados) a la decadencia de valores; piedra angular de la crisis social y política del país: La conformidad. A veces disfrazada de “bacanería”, otras de “optimismo”, y otras más descaradas como “el amor a la patria”. Pero esto ya lo sabe hasta el más flojo o chévere de los colombianos. ¿Qué pasa entonces? El dolor vuelve a parar aquí, pero no uno lo suficientemente fuerte. Y más que por no serlo, es por no ser conscientes de que es. Se es más fácil huir del dolor que enfrentarlo, ignorarlo o negarlo, aunque se sepa que es una burda mentira este acto. El colombiano se ha resignado a este dolor y llegado a un estado de entumecimiento tal que, aunque sepa y sienta las irresponsabilidades públicas por parte de la gente que el mismo colombiano puso a cargo para que se le otorgara lo justo, éste solo se encogería de hombros aceptando “la vida que mi Dios le dio” y el lugar donde le tocó nacer, sencillamente porque estas irresponsabilidades no lo afectan directamente, o en la mayoría de casos, no lo suficiente. Y es que siempre será difícil salir de la zona de confort a conciencia propia. El dolor ha sido siempre un sentimiento intenso y expresado la mayoría de veces con emociones vanas como la ira, la tristeza o la frustración. Son pocas las veces en la que se ha expresado de manera constructiva haciendo que la intensidad de este sentimiento lograse, como cualquier pasión que nos cega de nuestra realidad, a veces con ansias menos egoístas que la venganza y el dolor, como las de la justicia o la de la verdad, imponer su voluntad haciendo lo que quería escapándose, gracias a una emoción, de su zona de confort. Pero de esto no se escapan los casos en los que el dolor es expresado de la peor manera; causando más y más dolor. El colombiano, como cualquier otro ser viviente, se adaptó después y durante tanto conflicto por “oídos sordos”, de tanta injusticia por lo “justo”, de tantas burlas a la lógica e insensateces por parte de los “sensatos”, en medio de tanta sangre, pena y rabia, a este dolor.
Y en medio de este dolor, al colombiano se le olvido cómo soñar.
Absorbido por la frustración, rodeado de esta cultura sin rostro y sin patrimonio digno de guerra (o al menos no una en la que éste esté dispuesto a enfrentar), convierte estas realidades en opciones por su carácter ad populum. Ya que, a diferencia de muchas de las ideales leyes, el daño, la trampa, el celo, se le parece más efectivo para sus intereses. Entonces vemos situaciones de todo mal en las que la ley es burlada por acciones viciosas como lo son la corrupción y la violencia como medio de acción. No más que reflejo de los valores en los que la persona crece. Como si en algún punto de la vida se hubiese borrado el significado de la identidad humana para colocar en su nombre y significado algo más dañino. Como si se hubiera borrado o tapado con más y más dolor la conciencia del mismo y, por consiguiente, de lo que sentía el hombre que eran actos buenos o malos, quedando así actos útiles e inútiles dentro de un criterio facilista e individualista, resultado de este mal trato de las emociones.
Pero ya centrándonos a la intención de este escrito, y dejando solo un poco atrás los axiomas filosóficos que acarrea tomar temas que tocan la esencia de una realidad, llegaremos a preguntas esenciales: ¿Qué queda por hacer? ¿Acaso esta indiferencia nos llevará a la perdición moral? Es muy probable que lo haga si sigue así. ¿Qué se necesita entonces para empezar un cambio? ¿Más dolor? ¿Qué tan cierto es el dicho que: la letra con sangre entra?
Colombia no ha entrado aún a experimentar el dolor de la decadencia, de la desesperación o la masiva impunidad, pero su pueblo lo ve; sabe que es posible y de esto sí es “consciente” gracias a nuestros medios de comunicación (pero algo si hay que dejar claro, y es que la intención de los medios de comunicación nunca fue eliminar el mal del mundo). Y bien dicto entre comillas consciente, pues esto no es el verdadero dolor, no es más que miedo que los medios quieren propagar para manejar al colectivo en su interés. Huye de esas posibilidades como el niño que trata de escapar de la correa de su madre e intenta en el proceso de explicar porque no merece ese dolor. Bien claro tienen que nadie merece tales penas. ¿Por qué deberían ellos padecerlo entonces? Pero esto no es más que un capricho infantil. Lo que el colombiano aquí no tiene en cuenta es de la existencia de un dolor necesario. El colombiano promedio no sabe de sacrificio más allá del menos peor, no sabe lo que es un yugo y no conoce del balance entre lo que tiene y lo que merece; no lo ve ni lo quiere ver, no más que causa de sus pasiones.
Podemos ejemplificar los saturados casos de corrupción en la que la gente opta por su pasión a la “viveza”, no más que producto de unas leyes ilegitimas creadas por unas autoridades igual de corruptas que el del colectivo de dónde salieron, que con el beneficio que trae individualmente su “inteligencia”, hace que esta ceguera de conformidad a corto plazo se vuelva la zona de confort. El dolor necesario entra aquí como factor clave para que el pensamiento del colombiano se haga más colectivo y maduro. Esto último no es más que saber con asertividad cómo, cuándo y dónde ser y no ser. Todo esto requiere el conocimiento del porqué y del sentido del bien, que es la conciencia colectiva. Entonces, ¿Cómo se puede llegar a tener conciencia del por qué? Nos limitaremos al dogma de la razón para poder adentrarnos a la conclusión. Surge la pregunta: ¿conocer de qué manera? Porque es evidente que el colectivo ya está enterado de todas las maneras en la que su insistencia es vana y de los vicios que traen todas estas acciones. Lo oímos en todas partes por quejas que se resumen en un: “este hijueputa gobierno” y a un encogimiento de hombros. Entonces: ¿Es realmente necesario hacer conocer enseñando? Teniendo en cuenta que lo justo es aquello que se hace con asertividad, en el momento justo con las herramientas justas, en las que en el caso justo traerían un bien que es conveniente en ese momento: ¿Sería justo para el colombiano la enseñanza? ¿Para quién no? Pero, ¿será esto realmente lo justo? ¿Qué clase de pedagogía sería capaz de generar una conciencia tal que llegase a cada persona del país y que sea efectiva en cada persona de este? Entonces, a lo que se quiere llegar: ¿Es justo para el colombiano la letra con sangre?
No es un misterio que las mejores lecciones las da las penas de la vida, y los mejores conocimientos los dan los más temidos maestros y que el factor inhibidor, violento o tedioso en estos casos son indispensables para el completo aprehendimiento de los conceptos, que terminan siendo, en todos los casos, representaciones de las enseñanzas que el individuo no deja hasta que llegue un nuevo y más intenso dolor; un mayor conocimiento. Concluimos entonces que el aprehendimiento es un conjunto de emociones, sensaciones y conocimientos. Pero, ¿Por qué hace falta el dolor para alcanzar el aprehendimiento de la conciencia colectiva?; el sentido del bien. Uno de los axiomas que este texto defiende es el presentado por Rousseau que afirma que el hombre nace bueno, pero la sociedad lo corrompe, ergo, esta es su voluntad natural, así como la de conocer e interactuar con su mundo exterior e interior. De esta interacción el individuo aprende y empieza a acumular conocimientos empíricos de lo que es. Después de esto, como si fuera el sentido ontológico de la mente, de su pensamiento e inteligencia, el individuo crea o destruye, con o sin diligencia, dependiendo del entorno cultural en dónde crece. Pero la destrucción no es más que reflejo de un cambio mal asimilado e individualizado, reacción compulsiva que viene desde las raíces de nuestra bilogía en una necesidad de sobrevivir cuando se está o se siente el ser en peligro que, en el caso último, el pensamiento del hombre se desarrolla a tal punto de tener deseos de venganza o maldición, no más que resultado de la conciencia de sí que solo el hombre en su inteligencia superior posee; de su ego malherido.
Pero no es necesario destruir el ego para acabar con la destrucción; no queremos dar alguna enseñanza budista por muy conveniente que fuera. Es evidente que en muchos casos la destrucción es necesaria para una nueva creación. Así, de manera análoga, la conciencia de sí del individuo tiene que ser destruida para crear otra mejor. Y siempre será mejor, ya que, al igual que la mente del recién nacido, la del individuo transformado empieza desde cero, sin ningún tipo de identificación o representación de algún conocimiento previo que lo estigmatice y limite su voluntad natural del bien y lo justo, ergo, de lo justo de manera inconsciente o conscientemente, entendiendo (como antes ya mencionado, pero no sin razón resaltado) como justo aquello que se hace en el panorama justo, en el momento justo, con las actitudes y aptitudes justas.
Así como el alumno arrogante que después de una burla por parte de sus compañeros se dispone a escuchar cuando se da cuenta de su error o ignorancia, o el formal y elegante ciudadano que corre como un loco en las calles de algún barrio bajo cuando trata de huir por su vida cuando se le ha herido con algún tipo de arma. Vemos en ambos casos una especie diferente de dolor; uno psicológico y otro físico. En los dos casos el individuo naturalmente ha optado, razonable e instintivamente, por su conciencia natural que es la de lo justo y lo más provechoso. El dolor entonces es uno de los medios (en este caso el naturalmente más asertivo) por el cual el hombre ha sabido a lo largo de la historia los parámetros de lo que es mejor en su contemporaneidad. Como pieza clave del más básico método de descubrimiento: prueba y error. Vemos que la naturaleza humana no tiene problema alguno para hallar tales ideas y de construir conceptos que van formando su individualidad.
El problema entonces empieza cuando ésta ya formada individualidad se da cuenta de todo menos de que está inmersa dentro de un colectivo y que cada una de sus acciones pueden afectar para bien o para mal el entorno, ya que la cotidianidad en la que se haya, sometida por necesidades que el mundo actual ha generado (como bien lo son el dinero, transporte, trabajo, reconocimiento, etc.), hace que la mente se distraiga. Pero, entre otras cosas, no se puede afirmar que, por culpa de, por ejemplo, el dinero o del deseo de reconocimiento es que el hombre se hace con forme a un egoísmo individualista. Son públicos los casos de grandes mentes que, a pesar de su reconocimiento o dinero, terminaron siendo bastante filántropos, y también de otras que hacen lo que hacen sabiendo el beneficio que trae para su entorno y consecuentemente para sí mismo.
Pero entre otros factores, el que hayan sido bien recompensado o bien merecidos estimula mucho a la mente, independientemente de que haya sido un estímulo interior o exterior. Entonces, ¿Es la falta de premios un causante del egoísmo individual? ¿Como si se tratara de un perro que, para que pueda acatar órdenes de buen comportamiento, tenga que recibir golosinas? Porque el problema de que no haya estímulos para el deber y lo justo bien es un tema de la lógica y el sentido de verdad, ya que, ¿cómo sería posible que haciendo bien se termine mal? Es lógico afirmar que, entre injustos, al justo le va mal, y que la definición del bien se rebaja a una mera percepción de lo que es útil o no. Luego vemos cuando un colectivo cae en el vicio de, por ejemplo, la corrupción, es imposible sobrevivir dentro de él sin ser como el colectivo en general. Como reflejo de una ética utilitarista, es evidente que no existen límites de las cosas consideradas buenas o malas. Pero el hombre es lo suficientemente evolucionado como para tomar conciencia de sus acciones. A diferencia de animales como el perro, tiene el don de conocer y, sobre todo, de ser consciente de que conoce. Solo necesita ser consciente de ese conocimiento que lo hace diferente a la clase de conocimientos que poseen los demás seres vivos; Aprehenderlo.
¿De qué clase de conocimientos estamos hablando? de un conocimiento de la naturaleza universal individual. ¿Cuál es esta naturaleza universal individual? El hombre es una trinidad en la analogía de la mente, cuerpo y mente primordial. Es en la mente primordial que podemos encerrar la naturaleza de los otros dos componentes: la mente, cuya naturaleza está en conocer, y el cuerpo, cuya naturaleza está en el ser reflejo de la mente. En orden de relevancia sería: el cuerpo, mente y mente primordial. ¿Cuál es la naturaleza de la mente primordial? La respuesta es más complicada de lo que aparenta ser, pero entre otras cosas, se puede decir que una de sus máximas expresiones es la conciencia colectiva; de un todo que fluye e influye. Llámelo alma, llámelo corazón. Cual sea el nombre con el que se atribuya, es esto lo que hay en todos los humanos que nos conecta con todo nuestro alrededor. Pues la mente primordial es también el principio creador que hace y deshace, en la evolución o la extinción todo lo que en este mundo yace.
Esta expresión de la mente primordial hace del humano un hombre, si tenemos en cuenta que la connotación “hombre” lleva consigo símbolos y valores que lo hacen separar del concepto materialista de “humano”. Porque es evidente que muchas de las problemáticas que en este mundo existen, son producidas por la naturaleza humana. Una que es formada por la mente y (sobre todo) el cuerpo y todo lo que su alrededor influencia de manera recíproca. La tradición, la moda, los estereotipos, los conceptos moralistas, los ideales contemporáneos, la idea de vida, el miedo a la muerte. Todas estas cosas son tomadas por la mente y reflejadas por el cuerpo de una manera meramente superficial, a corto plazo y con poca profundidad. Con un pensamiento del presente inmaduro pues, se vive el ahora pero no se piensa el después, teniendo la plena convicción de lo que se hace está acorde a la razón y que, en otros aspectos, es la naturaleza de la vida. Esto es lo que causa que el humano se distraiga de su entorno distrayéndose de sí; del peso de sus pensamientos y de sus actos; de la verdadera naturaleza de la vida.
Concluimos entonces que el dolor es parte primordial de la transformación de un individuo para que llegue a su estado natural, ya que, resumiendo lo antes dicho, el dolor es un componente purificador del ego individual. Volviéndonos a preguntar: ¿Es justo para el colombiano la letra con sangre? Si tenemos en cuenta que la conformidad antes mencionada es un valor producto del entorno corrupto, pero mediocre por el que el colombiano se desarrolla. Que incluso sabiendo de los diferentes daños que trae el vicio de sus acciones, este tenga el deshonor de reclamar por las consecuencias, viéndose en un sinsentido como lo es la contradicción de comportamientos que solo lleva a ofender a la lógica, pero aun sabiendo que de todo esto puede sacar su propio beneficio, y que a fin de cuentas no es más que semilla de todas las anomias presentes en el ámbito político y social. ¿Qué se tiene que hacer para salir de este pozo séptico lleno de corrupción, fanatismo, conformismo y confusión? Sencillo. Dar riendas sueltas a todo lo que genera esto. Legalizar el asesinato y la venganza, para que la rabia no sea acumulada y se exprese en entornos tan importantes como en la familia. Que la gente de los barrios tenga la plena libertad de asesinar a un violador o a un ladrón a machetazos y piedras para generar miedo a quien esté tentado por tales actos y así acabar con la criminalidad. Que la gente pueda portar armas para que maten a quienes quiera que ponga en duda su seguridad y la de sus más queridos bienes o familiares. Que se den guerras civiles. Que se legalice el asesinato de presos. Que cualquier ofensa grave hacia cualquier inocente individuo sea penada por cárcel. Que los presidentes con el poder del ejército en sus manos puedan acabar con cualquier disturbio u oposición que ponga en peligro la democracia o la seguridad estatal. Que recuperen todas las tierras que el narcotráfico maneja asesinando a los administradores. Que la gente viva en carne propia todo lo que sus deseos y emociones mal asimiladas conllevan. Que las familias de hijos perdidos lloren sin poder hacer nada. Que los vengadores se vuelvan el hampa y el líder social de una comunidad. Que los campesinos afectados por la desigualdad no tengan más remedio que morir. Que la sociedad acepte el silencio y la sumisión por la seguridad nacional. Que el pan de cada día de los colombianos sean los chismes de las vecinas de muertes a otros vecinos. Que la juventud sea útil y utilice esa vitalidad que solo la juventud posee para cumplir las demandas del colectivo. Que la gente viva en un constante miedo a cambio de orden y justicia.
Y tal vez así, el colombiano sea realmente consciente del dolor que su actitud causa.