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"El neurótico ama a su síntoma como el psicótico a su delirio"
—Sigmund Freud
Don Ggatto
Gabriel Rolón nos dice que para saber si debemos terminar una relación o darle otra oportunidad, es necesario identificar entre una "copa golpeada" y una "copa rota". Una cosa es tener diferencias, desacuerdos, otra muy distinta sentir que el otro te rompió en mil pedazos. Si estás roto, debes abandonar esa relación.
“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida. Una es hacerse el idiota y la otra serlo”.
Sigmund Freud
Fue un médico y neurólogo austriaco nacido en Pribor hoy República Checa en mayo de 1856. Se le considera el padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX.
Nació en el seno de una familia judía, y aunque su nombre aparece como Sigismund en su acta de nacimiento, y con un segundo nombre hebreo de Salomón, nunca usó su segundo nombre y comenzó a firmar como Sigmund hacia 1875. Tenía 6 hermanos (5 mujeres y un varón) y dos hermanastros de un matrimonio previo de su padre.
En 1860, cuando tenía tres años, sus padres se mudaron a Viena, buscando la prosperidad perdida en su negocio de lanas.
En 1881 se graduó como médico y fue discípulo en el Hospital de Viena de Theodore Meynert, uno de los más grandes neuroanatomistas y psiquiatras de Europa. Como investigador médico, fue Sigmund uno de los primeros médicos en recomendar el uso terapéutico de la cocaína como estimulante y analgésico.
Para amarse a uno mismo hay que cagarse a piñas. Sin anestesia, sin preámbulos. Hacerle frente a las sombras como quien se mete en un ring con los ojos bien abiertos, sabiendo que los golpes vienen de adentro. Porque amarse no es abrazarse bien frente al espejo, no es mirarse con ojos tiernos, como un perro mojado esperando que el reflejo nos devuelva algo lindo, no,no es eso. Amarse a uno mismo es sentarse en el barro con uno mismo y no escapar cuando aparecen las partes feas y oscuras de la obra de teatro.
Hay que encontrarse con los defectos como quien mira a un viejo enemigo, reconocer las cicatrices, saberse roto, imperfecto, un muñeco descosido con hilos colgando, con fibras faltando en las entrañas. Y aceptarlo. Porque sí, todos estamos rotos, pero lo importante no es solo qué hacemos con eso. Es también aprender a quedarnos ahí, en ese lugar incómodo, habitando la falta, respirando en el hueco.
Porque no se trata de remendarse rápido ni de inventar un cuento lindo para tapar el agujero. Se trata de soportar: soportar el defecto, la herida, la propia incomodidad. Porque solo así, cuando dejamos de huir de nuestro propio vacío, podemos empezar a habitarlo, y entonces y solo entonces— aprenderemos a soportar el vacío del otro.
Amarse, al final, no es un acto de perfección ni de pureza. Es una pelea sucia, una rendición honesta. Es quedarse a solas con la propia sombra y no salir corriendo.
Por eso, entonces, soportarás tu vacio, para habitar el hueco del otro, que tan Amado es.
La selfie Lacaniana
¿A quién le sonreímos cuando tomamos una selfie?
La pregunta parece simple… pero quizá no lo sea tanto.
Cuando sonreímos frente a una cámara, ¿realmente nos sonreímos a nosotros mismos?
O quizá —inconscientemente— le sonreímos a alguien que todavía no ha mirado.
Porque incluso cuando estamos solos, pareciera existir una mirada imaginaria. Una audiencia invisible. Un “otro” al que le mostramos una versión de nosotros. Aquí es donde entra una idea interesante del psicoanálisis de Lacan:
El deseo es el deseo del Otro.
No solo deseamos cosas, deseamos ser deseados; aceptados, reconocidos y tener un lugar.
La selfie entonces deja de ser solo una fotografía y se convierte en una negociación con nuestra imagen.
Con cómo queremos ser vistos.
Con quién creemos que somos.
O con quién queremos llegar a ser.
Tal vez por eso existen dos sonrisas posibles dentro de una selfie.
La sonrisa hacia el yo social.
La versión de nosotros que proyectamos hacia los demás, la imagen socialmente legible, esa parte de nuestro ser social que busca aceptación, pertenencia o reconocimiento.
Incluso el no querer encajar en el status quo… sigue siendo una forma de dialogar con el status quo.
El rebelde.
El alternativo.
El antisistema.
Incluso quien decide no sonreír.
Todos siguen proyectando una identidad frente al otro social. Porque hasta la rebeldía necesita ser reconocida como rebeldía.
Pero existe otra posibilidad.
La sonrisa hacia el yo ideal.
Hablamos no el yo que somos, sino el yo que aspiramos a ser.
La selfie como un pequeño acto de reafirmación personal.
Arreglar el cabello.
Buscar el mejor ángulo.
Corregir imperfecciones.
Intentar capturar “esa” imagen.
Como si por un instante pudiéramos decir:
Aquí estoy bien... Aquí soy la versión de mí que quiero ser.
Y quizá por eso borrar veinte fotos hasta encontrar una no parece un acto superficial. Tal vez es un intento de coherencia. Porque la imagen tiene algo que la vida no posee:
La capacidad de congelar.
De detener el tiempo.
La fotografía convierte un instante fugaz en algo aparentemente eterno.
Y quizá ahí hay algo profundamente humano:
La necesidad de capturar una versión estable de nosotros mismos en medio del caos.
Como si inconscientemente pensáramos:
Por ese instante… fui suficiente.
O incluso:
Por ese instante… fui perfecto.
Pero esto abre otra pregunta incómoda. Si la selfie es una conversación con una mirada imaginaria…
¿qué pasa cuando vivimos sabiendo que podemos ser observados todo el tiempo?
Ya no solo por personas: cámara, algoritmos, seguidores, desconocidos.
Quizá hemos pasado de:
“Pienso, luego existo.”
A algo mucho más contemporáneo:
“Soy visto, luego existo.”
Porque hoy pareciera que lo no registrado desaparece: el viaje sin foto, la comida sin historia, el concierto sin video, el momento sin evidencia, como si existir necesitara testigos.
Y entonces la pregunta inicial vuelve…
¿A quién le sonreímos cuando tomamos una selfie?
¿A nosotros mismos?
¿Al otro social?
¿A la persona que queremos ser?
¿O al miedo silencioso de no ser vistos?
Narcisismo
Lacan diría que el Uno no se reparte. Cada quien quiere ser el número 1… y Freud ya nos había advertido que el narcisismo no se cura, apenas se negocia con él.
Mientras tanto, el sujeto contemporáneo hace fila para ser el primero en sanarse… pero solo si puede subir la foto al feed.
Como diría Lía Ricón: el yo moderno no busca análisis, busca admiradores.
La neurosis es una religión, es una religión del Otro, hace existir al Otro, así se lo creo malo o se aspire a que sea a la medida, en ambos casos se cree en él. Freud subrayó sobre todo el lado creyente del obsesivo, al punto, por otra parte, de hallar una homología entre los ritos de la religión y el síntoma obsesivo. Creo, efectivamente, que si la versión religiosa que es la obsesión está sobre todo del lado del ritual, ello no impide que la histeria también crea. Cree sobre todo en un estilo místico, no en el estilo ritualizado, pero eso no impide que el sujeto histérico crea. Pues bien pienso que el psicoanálisis aporta, en este punto, la solución de la neurosis. Quiero decir que en este punto hay una incidencia del psicoanálisis, porque ¿qué se hace en el psicoanálisis? Se produce la división del sujeto en acto, se le pone a trabajar en la transferencia y esto hace que Lacan pueda decir que se construye esta división. ¿Hasta dónde? Hasta el punto de hacer desfallecer la religión del Otro. La caída del sujeto supuesto al saber no es más que esto, es una destitución del Otro, del Otro que se supone goza o sabe.
—Colette Soler