¿Qué somos?
¿Amantes? No creo. Los amantes se desesperan por verse, se vuelven adictos al contacto, se persiguen sin descanso. Nosotros no. No hay esa urgencia, ese "no puedo vivir sin ti". Hay algo más… algo que no depende del deseo ansioso. Algo que fluye sin ataduras.
¿Amigos con derechos? Tampoco. Esos inventan excusas para quedar: un café, una película, cualquier pretexto para rozarse. Pero nosotros… ni siquiera eso necesitamos. Nos juntamos porque sí, porque la química nos arrastra sin planearlo. No hay reglas, ni horarios, ni promesas. Solo piel y silencios que lo dicen todo.
¿Novios? ¡Para nada! Los novios viven pendientes del otro: mensajes cursis, canciones cursis, planes de futuro. Nosotros no hablamos de mañana. No hay promesas ni dramas. Lo nuestro es como una tormenta de verano: intensa, impredecible, y cuando pasa, queda el eco. Un eco que no se va, aunque intentes ignorarlo.
¿Momentos bonitos? Sí. Eso. Fragmentos de tiempo que guardo bajo llave. Algo que no se explica, solo se siente. No somos una historia con principio y final, somos un incendio que nace en la oscuridad, que arde hasta consumirse y deja cenizas que no se barran. Nos encontramos, chocamos, nos perdemos… y así, una y otra vez, sin preguntar por qué.
¿Entonces? Somos lo que decidimos ser cuando nadie mira. En un cuarto a oscuras, lejos del mundo, donde no importan los nombres ni las etiquetas. Aquí solo importa el ahora: tus manos, mi respiración, el ritmo de dos cuerpos que se entienden sin palabras.
¿Sabes lo que somos? Instantes. Pedazos de vida que robo para sentirme vivo. Algo que no es del todo real, pero duele cuando se va. Somos casi nada… y al mismo tiempo, todo lo que necesito cuando tus ojos me encuentran.
Eso somos: Algo que no se nombra, pero se graba a fuego. Una cicatriz dulce. Y está bien así. Porque algunas cosas pierden magia cuando les pones nombre.















