Está mal que lo diga, que lo piense siquiera, pero extraño verdaderamente fumar. Tal vez debiera ser claro. No extraño ni la opresión en el pecho, ni las manos dormidas, ni los derrames sorpresa en los ojos, ni el aliento de muerte… Pero tal vez el sabor del tabaco y el dejo de ceniza muerta, metálica, electricidad en la lengua.
Está mal que lo diga, que lo piense siquiera, pero extraño verdaderamente fumar. No extraño la ansiedad ni el zumbido en los oídos. Pero sí el juego en los dedos, el calor en las manos, el humo que juega suspendido en las habitaciones, esas carreteras mitificadas, blancas y grises, como elevándose pedazos de la conciencia que se escapan irremediablemente de entre los dedos; como se escapa a veces la vida, como se escapan a veces las caricias no dadas.
Extraño fumar, sentir que incorporo dentro de mí. Que incorporo las memorias tangibles y los recuerdos, la luz de las estrellas que se filtran en mi ventana. Fumaba estrellas y nubes, paisajes, el bullicio y la calma; las fumaba todas, las inspiraba, las respiraba, y también exhalaba las lágrimas y los gritos, los anhelos que se mueren en el pecho, las esperanzas dinamitadas por los monosílabos, los saludos de la muerte siempre acechante, jadeante y lisonjera.
Extraño sostener en la punta de mis dedos la circunstancia, las miradas de censura, también las sonrisas y el reconocimiento; el pretexto de la plática, esa abertura que invita e inspira el vicioso que se halla sorprendido ¿Tenés un cigarrillo? ¿Lumbre? ¿Fuego? Despierta entonces cavernícola oculto y cómplice; despierta entonces la ocasión, camarada, oportunidad, la codicia de los dulces que se alejan tan pronto del paladar de los niños que crecen, dulces para los viejos.
Dejé de fumar, sí, cuando me quitaste a mi amigo. No alcanzó humo suficiente a través de mi boca para tapar esas desvergonzadas lágrimas, ni el temblor en las manos, ni la fragilidad de mis piernas. Confieso, me asqueaste, querida muerte. Ya no fue gracioso, ni divertido, inhalar melancolía, exhalar resignación e impotencia; respirar silencios y mojada contención, humear callados lamentos… Respirar muerte, suspirar muerte ¿Qué sentido tenía ya?
Perdió su manto la luna de mis noches, ahora el humo sólo me anuda la garganta. Extraño fumar, creo, creo que extraño fumar, porque a lo mejor es más fácil extrañar el humo que a quienes te llevaste, porque es más fácil extrañar esa ilusión de poder y magia que contar a cuantos se han ido, que contar cuantos se siguen yendo, a cuantos te llevas y cobijas con tu negra capa.
No me cuenta más secretos el crepitar del tabaco encendido, callada mi habitación, tan limpia, blanqueada; silenciosa pieza de ceniceros vacíos, sin vasos y con un reloj que sin pilas se detiene cada noche para mostrarme el callar del teléfono. Diré que extraño fumar ¡Eso! Extraño fumar, eso es, las cajitas y el papel estaño, la compañía del tabaco molido en el piso y ese olor que no es mío y me acompaña en las tardes solitarias. La bocanada antes de la palabra, la bocanada antes de la carcajada, la bocanada antes del hasta luego. Nos vemos, cuídate.