Miriam salió de la Facultad como toda la semana y se dirigió a la parada del colectivo. Miriam tiene 24 años, está en el último año de la carrera que eligió y cursa con tanto apego, es de contextura mediana y tiene el pelo rubio y los ojos marrones. Vestía jean, zapatillas blancas y una remera negra de su banda favorita.
Salió de la Facultad a las 21:35, se demoró esperando a sus amigas y llegó tarde a tomar el colectivo que acostumbraba. No pasa nada, pensó. Sus amigas también lo pensaron y allí se despidieron. No le quedó otra que esperar el siguiente recorrido de la única línea que pasaba por su casa y con seguridad, la dejaba a dos o tres cuadras de donde residía con su amiga Brenda, de la misma edad.
El próximo colectivo pasaba después de las 22:00 horas y no tenía muchas posibilidades. O lo esperaba o caminaba, las dos opciones tenían sus pros y sus contras. Acostumbraba a caminar por la ciudad que conocía, pero le asustaba la idea de hacer ciertas cuadras sola puesto que normalmente se encontraba con callejones oscuros y desolados. Y si encontraba a alguna persona que le hiciera compañía durante el trayecto, normalmente era esa persona la que más le causaba terror.
Desde chiquita sus papás le decían que no se pare a hablar con nadie, que camine rápido y elija el mismo camino siempre, que busque zonas claras y transitadas. Que si le querían robar que les diera todo y que no preguntara ni se negara, que lo material se reponía, pero su persona jamás. Miriam los escuchaba y les hacía caso. O eso intentaba, eso deseaba poder hacer.
Si vienen a robarme, pensó, tiro la mochila y salgo corriendo. O por favor, le pido al chorro que no me lleve las cosas que más necesito de la Facultad. Le doy el celular, ¡Pero que me deje sacar los apuntes!
De repente, se vio paralizada ante la ficticia situación que sólo había proyectado en su imaginación. Si tal vez, se tuviera que afrontar a tal miedo, sabía que no iba a poder tirar la mochila, ni pedirle a un tipo que le devolviera los apuntes, lo que sí podía, tal vez, era pedir que no la mataran. Aunque nunca sabía si eso iba a ser posible.
Miriam caminó con el pensamiento fijo en lo que sucedía desde que tenía memoria y que en sus días al fin se había hecho viral, aunque como todo lo que pasa con las mujeres, no se le suele dar la importancia que merecen.
Miró el celular y mandó un mensaje a Brenda, su compañera de departamento y reenvió el mismo a su mamá: “Voy caminando hasta la próxima parada, desde Bolívar y Chacabuco, derecho a casa”. Melina, la mamá de Miriam, le respondió cuasi al instante: “Dale, gorda, mándame cuando entrés”. Entrar, pensó Miriam, mientras guardaba el celular entre su abdomen y su pantalón de jean, sitio seguro por si alguien se le acercaba y le quería robar. Como se sobreentiende, no podía ir caminando tranquila ni podía dejar sus pensamientos paranoicos y aterradores lejos de ella, es más, sentía que cada vez caminaba más lento, paralizada por sus ideas, que diría su papá, son un poco locas.
Mientras caminaba con el corazón acelerado, sentía que se le hinchaban las manos, agarró, sin darse cuenta, por calle Córdoba, donde no había ni un foco, ni personas en la calle. Le entró un pánico que la hizo caminar mirando para atrás, y de vez en cuando, a los costados. Por fin, en pocos segundos que para ella fueron eternos, Miriam consiguió pasar por el negocio “La Negrita”, donde atendía el novio de su prima, lo que la hizo sentirse más tranquila. De ahí, le quedaban solo dos cuadras, las peores, si hablamos de sombrío y de poca gente en la que resguardarse. En esas cuadras se cruzó a varios hombres, desconocidos y a algunos de la residencia de estudiantes en la que vivía, a ninguno pudo saludar, es más, hasta cruzó de vereda, desesperada por el miedo y con las ansias de llegar.
Por suerte, llegó rápido y entró a su departamento con el corazón acelerado, pero mucho más tranquila. Colocó la llave en la cerradura, logró abrir la puerta y saludó con un abrazo a su amiga Brenda, feliz de que ella también había llegado. Feliz, porque esa vez no fueron ellas, pero muy triste de que sabía, que, en algún lugar del mundo, y sin ir tan lejos, en algún rincón del país, otras chicas no podrían llegar a su casa para abrazar a sus amigas, a sus familias ni mandarles el mensaje que ella le mandó a Melina: “Mamá, llegué”.