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NERVADURA
Dibujaba las hojas y me cautivó la belleza de sus nervios. Quise trazarla con precisión.
Estuve embebido horas en la tarea. Sin embargo los nervios, trasladados con esmero, eran feos.
Tenía entonces diez años y parece tan remoto. Han pasado más de treinta años.
De nuevo me cautivan hoy las hojas, turbado por la brevedad de los más de treinta años de vida.
Maravillado examino los nervios y repaso la fealdad de esos treinta años, tan cercana a la de aquel esbozo infantil.
*
葉脈
僕は木の葉を写生してゐた 僕は葉脈の美しさに感嘆した 僕はその美しさを描きたかつた
苦心の作品は しかし その葉脈を末の末までこまかく描いた 醜悪で不気味な葉であつた
それはたしかに十歳位の頃だつた それはついこの間のやうで あゝ その日から三十何年経つてゐる
三十何年振りに僕は 葉脈の美しさに感嘆してゐる 三十何年の早さ短さに感嘆してゐる
感嘆しつゝこまかい葉脈を見てゐると 嘗てのこまかい写生の醜さのやうに 自分の三十何年のこまかい醜さがありありと思ひ出される
Takami Jun
Sólo allí arriba, en en el ápice, siguen temblando las hojas. Pero el susurro no parece viento, ¿voló dentro un pájaro? Ese murmullo de hojas sin motivo, ese murmullo que no significa nada, me recrea el espíritu.
¡Qué bello el asfalto mojado por la lluvia en el crepúsculo de primavera!
Esta luz ecuánime, franca, modesta… ¡esta bella luz en la carretera, leal, sin asomo de arrogancia!
¡La felicidad es simplemente caminar por la carretera con la botas que crujen!
Takami Jun
Dibujaba las hojas y me cautivó la belleza de sus nervios. Quise trazarla con precisión.
Estuve embebido horas en la tarea. Sin embargo los nervios, trasladados con esmero, eran feos.
Tenía entonces diez años y parece tan remoto. Han pasado más de treinta años.
De nuevo me cautivan hoy las hojas, turbado por la brevedad de los más de treinta años de vida.
Maravillado examino los nervios y repaso la fealdad de esos treinta años, tan cercana a la de aquel esbozo infantil.
僕は木の葉を写生してゐた 僕は葉脈の美しさに感嘆した 僕はその美しさを描きたかつた
苦心の作品は しかし その葉脈を末の末までこまかく描いた 醜悪で不気味な葉であつた
それはたしかに十歳位の頃だつた それはついこの間のやうで あゝ その日から三十何年経つてゐる
三十何年振りに僕は 葉脈の美しさに感嘆してゐる 三十何年の早さ短さに感嘆してゐる
感嘆しつゝこまかい葉脈を見てゐると 嘗てのこまかい写生の醜さのやうに 自分の三十何年のこまかい醜さがありありと思ひ出される
Takami Jun
Tomé el tren de las 2:13 a Tokio.
Estaba casi vacío. En Yokohama subieron varios soldados negros y comenzaron a hablar a gritos. Carcajadas escandalosas. Después empezaron a hacer payasadas sin ningún miramiento. Molesto, evité deliberadamente mirarlos, pero estaban armando tal alboroto que sin darme cuenta dirigí la vista hacia donde estaban. Fue entonces cuando advertí a un joven oficial japonés que estaba sentado cerca de los soldados, cuyas risas estentóreas descubrían dientes de un blanco que contrastaba llamativamente con sus caras. Algo en el japonés me llamó la atención. Cuando me fijé, vi que llevaba un gabán con botones dorados y botas de oficial. Su uniforme era de oficial pero la insignia de estrella de su gorra estaba retirada: había sido desmovilizado. Probablemente salió de la universidad para el ejército con grado de teniente o subteniente. Su rostro era el de un intelectual.
¿Qué debía sentir mientras contemplaba la conducta inhumana de los soldados? Imaginándomelo, no era capaz de mirarlo a la cara.
Pero, preocupado al fin, lo miré de reojo. En su rostro campaba una serena sonrisa. No era de desprecio. Y desde luego tampoco era una sonrisa servil o forzada. Era absolutamente natural. Las chiquilladas inocentes de los soldados negros le habían movido a sonreír de forma natural.
Me sentí aliviado. No, agradecido.
En verdad sentí algo cercano a la gratitud de que existieran tales japoneses, que japoneses de tal gentileza hubieran sido llamados a filas y hubieran llegado a oficiales. Tales japoneses existían. Incluso había habido oficiales así. Puestos a exagerar, me había salvado de la desesperanza. Así era como lo sentía. Gracias a él podía tener un concepto de todo el pueblo japonés como un pueblo excelente: afable, conciliador, en absoluto agresivo. Me sentí redimido: ésa fue la naturaleza de mi sentimiento. Este oficial tenía que haberse mostrado valiente en el campo de batalla, no podía ser un cobarde sino un héroe magnífico. Tal excelencia también existía en el pueblo japonés.
Una hermosa joven estaba sentada junto al oficial desmovilizado. Se bajaron juntos en Shinagawa. Seguramente eran pareja. Recé por su felicidad.
[…]
En ciertos aspectos los japoneses han sido castrados. El reinado del terror los ha reducido a corderitos incapaces de expresar abiertamente su ira, sea en palabras o hechos: seres humanos débiles, pusilánimes. Pero no puede afirmarse que porque no hayan sido capaces de colgar cabeza abajo a Tōjō, como los italianos han hecho con Mussolini, los japoneses sean un pueblo que aborrece la crueldad.
Los japoneses también son crueles. Sería más exacto decir que los japoneses son especialmente crueles. Las tropas japonesas en el frente de China se entregaron a actos de crueldad hasta hartarse.
Los japoneses se vuelven crueles cuando tienen poder. Cuando se les arrebata son tan dóciles como corderos, incluso serviles. ¡Qué bajeza! Pero tal cosa ocurrió porque se había defraudado al pueblo de su soberanía, de manera que cuando se les dio poder quisieron exhibirlo. Se volvieron inhumanos, brutales. Rebasaron todo límite. Fue como una histeria colectiva debida al hecho de que jamás antes se les había concedido autoridad. Pobres japoneses.
Takami Jun
GUIJARRO
No me des un puntapié quiero dormir justo aquí con todo mi empeño, déjame dormir.
小石
蹴らないでくれ 眠らせてほしい もうここで ただひたすら 眠らせてくれ
SOMBRA DE UN AVE
Sobre los árboles del farallón un ave lanzó una hermosa sombra y voló lejos.
Quisiera mientras camino en esta mañana que siquiera un gorrión posase su pequeña sombra fresca en mis hombros y mi cara.
鳥の影
崖の木々に 鳥が きれいな黒い影を落して 飛んで行つた
僕も こんな朝は 外を散歩して 肩から顔にかけて 雀などの小さなすがすがしい影をうけてみたい
Takami Jun
Sólo allí arriba, en en el ápice, siguen temblando las hojas. Pero el susurro no parece viento, ¿voló dentro un pájaro? Ese murmullo de hojas sin motivo, ese murmullo que no significa nada, me recrea el espíritu.
¡Qué bello el asfalto mojado por la lluvia en el crepúsculo de primavera!
Esta luz ecuánime, franca, modesta... ¡esta bella luz en la carretera, leal, sin asomo de arrogancia!
¡La felicidad es simplemente caminar por la carretera con la botas que crujen!
Takami Jun
Tomé el tren de las 2:13 a Tokio.
Estaba casi vacío. En Yokohama subieron varios soldados negros y comenzaron a hablar a gritos. Carcajadas escandalosas. Después empezaron a hacer payasadas sin ningún miramiento. Molesto, evité deliberadamente mirarlos, pero estaban armando tal alboroto que sin darme cuenta dirigí la vista hacia donde estaban. Fue entonces cuando advertí a un joven oficial japonés que estaba sentado cerca de los soldados, cuyas risas estentóreas descubrían dientes de un blanco que contrastaba llamativamente con sus caras. Algo en el japonés me llamó la atención. Cuando me fijé, vi que llevaba un gabán con botones dorados y botas de oficial. Su uniforme era de oficial pero la insignia de estrella de su gorra estaba retirada: había sido desmovilizado. Probablemente salió de la universidad para el ejército con grado de teniente o subteniente. Su rostro era el de un intelectual.
¿Qué debía sentir mientras contemplaba la conducta inhumana de los soldados? Imaginándomelo, no era capaz de mirarlo a la cara.
Pero, preocupado al fin, lo miré de reojo. En su rostro campaba una serena sonrisa. No era de desprecio. Y desde luego tampoco era una sonrisa servil o forzada. Era absolutamente natural. Las chiquilladas inocentes de los soldados negros le habían movido a sonreír de forma natural.
Me sentí aliviado. No, agradecido.
En verdad sentí algo cercano a la gratitud de que existieran tales japoneses, que japoneses de tal gentileza hubieran sido llamados a filas y hubieran llegado a oficiales. Tales japoneses existían. Incluso había habido oficiales así. Puestos a exagerar, me había salvado de la desesperanza. Así era como lo sentía. Gracias a él podía tener un concepto de todo el pueblo japonés como un pueblo excelente: afable, conciliador, en absoluto agresivo. Me sentí redimido: ésa fue la naturaleza de mi sentimiento. Este oficial tenía que haberse mostrado valiente en el campo de batalla, no podía ser un cobarde sino un héroe magnífico. Tal excelencia también existía en el pueblo japonés.
Una hermosa joven estaba sentada junto al oficial desmovilizado. Se bajaron juntos en Shinagawa. Seguramente eran pareja. Recé por su felicidad.
[...]
En ciertos aspectos los japoneses han sido castrados. El reinado del terror los ha reducido a corderitos incapaces de expresar abiertamente su ira, sea en palabras o hechos: seres humanos débiles, pusilánimes. Pero no puede afirmarse que porque no hayan sido capaces de colgar cabeza abajo a Tōjō, como los italianos han hecho con Mussolini, los japoneses sean un pueblo que aborrece la crueldad.
Los japoneses también son crueles. Sería más exacto decir que los japoneses son especialmente crueles. Las tropas japonesas en el frente de China se entregaron a actos de crueldad hasta hartarse.
Los japoneses se vuelven crueles cuando tienen poder. Cuando se les arrebata son tan dóciles como corderos, incluso serviles. ¡Qué bajeza! Pero tal cosa ocurrió porque se había defraudado al pueblo de su soberanía, de manera que cuando se les dio poder quisieron exhibirlo. Se volvieron inhumanos, brutales. Rebasaron todo límite. Fue como una histeria colectiva debida al hecho de que jamás antes se les había concedido autoridad. Pobres japoneses.
Takami Jun