Cuando era niña, era la típica empollona de manual: voz aguda, pegada siempre a un libro, boletines de notas con progresa destacando y los mejores comentarios de los profesores. Siempre me he identificado con Matilda, aquella niña rara, cuyos mejores amigos eran los personajes de las historias que leía. Desde pequeña crecí escuchando que era muy trabajadora y responsable; los niños necesitan palabras que les definan, etiquetas que les den luz a su oscuridad interior. ¿Cómo soy?, ¿quién soy?, ¿soy importante?, ¿pertenezco?, ¿hay algo malo en mí? Me fui construyendo en los ojos de los demás. Aún hoy tengo secuelas: a menudo me siento alerta cuando veo un gesto extraño en los ojos de alguien. Es como si se encendiera una hoguera en mi cuerpo, quemándome la incertidumbre: "no soy lo que espera, he fallado". Mi cabeza de adulta empieza a susurrarme para que respire, pero aunque no me ahogue, el corazón sigue a mil por hora. Hoy me he dado cuenta de que uno de mis grandes miedos sin fundamento eran las matemáticas. Era el gigante, ese que me miraba sin compasión y me hacia temblar. Me frustraba, rehuía, me hacia temblar la idea de salir a la pizarra y equivocarme. Claro, si ya no era perfecta, ¿quién sería? Paradojas de la vida: después de estudiar una carrera de letras, ahora doy clases de matemáticas y, sólo con la propuesta, sentí ardor de estómago. Pero, curiosamente, es una sensación agridulce. Cada vez que resuelvo un problema, siento que he ganado una batalla, conquistando la tierra prometida. O quizá, es una reconquista. Porque más allá de mi miedo, siempre pude vencer.